4 días con los Shuar
Después de mi intenso día en bici por los Andes (6 horas) y de descansar unos momentos en un banco del pueblito, aún sumido en un mágico estado de felicidad, seguramente debido al exceso de ejercicio y a la hiperventilación, decidí ir en busca de Ángel, un guía de la etnia Shuar (Jíbaros… uuups) con el que había hablado varias veces de posibles excursiones. El era, de todos los guías y agencias con las que había hablado, el que mejor me había caído, el que más confianza me había dado y el que me parecía que me podía ofrecer una experiencia lo menos turística posible.
De esta forma hablé con él, acordamos un precio y quedamos para la madrugada siguiente, ya que el viaje era largo, largísimo. Dedique el resto de la tarde-noche a comprar una mochila adecuada, algo de zampa, a organizar todo el material, y a intentar dormir un rato, aunque la emoción no me lo permitía.
Y dieron las 4 de la madrugada. En 20 minutos estaba preparado. Dejé el hostal, lleve todas mis cosas al local de Ángel, que ya estaba más que preparado, y salimos corriendo a coger un bus de línea que nos llevaría a Puyo, ciudad famosas por ser uno de los puntos de entrada a la selva más importantes del país. Ahí cogimos otro bus de línea que nos habría de llevar por caminos de tierra y piedras lo más adentro de la selva que pudiera, en dirección al Perú.
En un punto del camino, después de 5 horas de duro viaje en autobuses varios nos bajamos en medio de la nada, un camino de tierra rodeado por todas partes por vegetación tan profunda que no se veía ni un pequeño claro. Tan sólo algún caminante, también de la etnia Shuar, ya que estábamos en su sector, me explicó Ángel. Uno de ellos habló con mi guía, en dialecto Shuar por supuesto, y quedó contratado como porteador para parte del trayecto (llevábamos, además de dos mochilas inmensas cargada cada una con ropa, hamaca, saco, aislante, tienda y demás utensilios selváticos, dos bidones de agua de 5 litros cada uno y una gran caja de cartón con los víveres para 4 días)

Y sin más nos pusimos a caminar. Caminar por la amazonía es una experiencia que jamás habría imaginado y jamás olvidaré. Si algo hay anárquico en el mundo es la distribución de la selva. Tupida vegetación de toda especie y color se entrecruza sin orden ni concierto, ramas y brotes que jamás sabes donde nacen ni por donde discurren, raíces inmensas que salen de la tierra formando curiosas formas, troncos caídos, lianas entrecruzadas y enrolladas alrededor de grandes hojas de plantas de un intenso color verde, piedras, hojas secas, barrizales, resbaladizos lodazales, ríos, arroyos... es absolutamente imposible pisar en firme... Pasada media hora llegamos a una choza, propiedad de la hermana de Ángel, y después de un breve descanso desayunamos, me enseñaron a disparar una cerbatana de 3 metros que acabé manejando con cierta pericia, nos despedimos de nuestros porteador, distribuimos la comida por las mochilas, cargamos cada uno con 5 kg de agua embotellada, y nos pusimos en camino, esta vez de verdad...
Ahora sí, comentó Ángel en su singular castellano, estábamos en selva primaria, y efectivamente… levanté la mirada y descubrí que no se veía el cielo. Los árboles alcanzaban, sin exagerar, los 20 y 30 metros de altura, y eran tan tupidos que sólo dejaban deslizarse finísimos rayos de luz. De ellos colgaban cientos de lianas y extrañas hojas y plantas de todo tipo (parecía que crecieran en los propios árboles). El piso era cada vez más impracticable, y cada 4 pasos me hundía en un lodazal inmenso, a veces hasta más arriba de la rodilla, me atacaban ramas y ramas desde todos los flancos, como si hubieran detectado que era un extraño en aquel paraíso. Empecé a notar las picaduras de mosquito sin parar, ¡cómo privan los perros! En cada descanso, cada vez menos distanciados entre si, Ángel me iba contando las bondades y curiosidades de su tierra, describiéndome cada extrañísimo insecto que veíamos, hablándome de cada sonido de ave que escuchábamos, enseñándome la resina que usaban de desodorante, advirtiéndome sobre las serpientes venenosas, enseñándome huellas recientes del tigre...¡¡DIOOOOS, HABÍA UN FELINO POR ALLÍ!! (sería un puma o un jaguar ya que en América no hay Tigres, pero ellos lo llaman El Tigre). De verdad que llegó un momento que me invadió una angustiosas sensación de pánico. Habíamos caminado más de 3 horas por senderos impracticables, hacía un calol y una humedal que me estaba disecando por segundos, no dejaba de meter las pezuñas en lodazales dejando muchas veces una bota dentro... no podía más cuando Ángel me dijo: "bueno, ya hemos caminado un cuarto del camino, podemos tomar unas galletas".
El caso es que saqué fuerzas de la sensación de aventura que estaba disfrutando y después de 7 horas de camino (20 km.) por parajes tan inhóspitos como espectaculares, llegamos a un sendero más amplio. “Éste es el sendero que lleva a mi comunidad”, me dijo mi guía, y por fin me relajé, completamente extenuado.
Por el sendero encontramos la primera choza, apartada 1 km. del poblado, propiedad de la madre de Ángel. Allí paramos, realizamos las presentaciones pertinentes, descubrí con emoción que nadie hablaba castellano, y nos sentamos alrededor de una hoguera hecha en el suelo de tierra, en el centro de la choza. ¡Una hoguera!, no daba crédito, ¡están locos estos Shuar!, me disculpé y salí fuera de la cabaña a tirarme en el suelo completamente empapado en sudor, con los pantalones desgarrados desde el tiro hasta la rodilla, y sin apenas aliento.
Por fin llegamos a la comunidad indígena. En un amplio claro en medio de aquella ponderación vegetal y alrededor de un campo de fútbol de tierra (sí, no es coña) se distribuían varias chozas de madera y tejados de hojas secas tejidas, la mayoría protegidas por maleza y grandes plantas amazónicas, a una distancia considerable unas de otras. A la derecha un río separaba otro “barrio”, de iguales características. En total unas 14 chozas albergaban a 32 miembros de la comunidad indígena Mukucham, de la etnia Shuar (antiguos Jíbaros).

Nos dirigimos a casa de la hermana de Ángel, donde nos alojaríamos durante los siguientes días. Allí nuevas presentaciones (Ángel iba traduciendo), la hoguera de rigor, aunque la cabaña era bastante grande y se podía aguantar sin derretirse, colocamos los aperos, colgué la hamaca y me tumbé a descansar y a reflexionar sobre lo que me estaba pasando… aunque reconozco que no podía dejar de pensar que en unos días tenía que volver a pasar por todo aquello para volver, y eso no me dejaba acabar de disfrutar del momento tan glorioso que estaba viviendo.

Cuando saqué el melón de aquellas cavilaciones encontré a Ángel preparando la cena en la eterna hoguera del hogar que me acogía (la mantenían encendida 24 h al día). Cenamos, con la familia, con las manos, sentados en el suelo arcilloso, a la tenue luz de la hoguera, rodeados de mosquitos y miles de sonidos increíbles que provenían de la maleza. Montamos las pequeñas tiendas de campaña allí dentro y me desplomé en su interior tan exhausto como feliz, sintiéndome un poco grosero por no atender a distintos miembros de la comunidad que iban llegando a conocer al patoso y agotado visitante (creo que no veían uno desde hacía unos meses... no me extraña)



El otro barrio del poblado, con línea directa de transporte cada 10 min (había que dar un silbido y un miembro del otro lado remaba hasta esta orilla para recoger a quien lo necesitara)...

A la mañana siguiente abrí un ojo eso de las 7. Había dormido un poco y mal por el cansancio, los ruidos (el maldito gallo, que junto a 6 o 7 gallinas y unos 20 pollitos vivían dentro de la casa, cantaba 24 h. al día) y la dureza del suelo, tan pisoteado que parecía cemento. Mi cuerpo no terminaba de responder a las órdenes de mi cerebro y, en lugar de realizar el movimiento ordenado, devolvía un intenso dolor cada vez que intentaba mover una pierna. Al fin pude ponerme en pie. Ángel había preparado ya el desayuno: café y frutas silvestres variadas.
No tardamos mucho en ponernos en marcha; había pocos días y muchísimas cosas por ver y conocer. Hoy por la mañana tocaba visitar toda la colina que, por detrás de la cabaña en la que nos alojábamos, presidía la comunidad…y allá fuimos.
Otra vez terroríficas ascensiones rompe-piernas y maleza impenetrable, aunque esta vez tan sólo duró media hora. Llegamos a la loma y haciéndonos hueco con el machete alcanzamos el mirador. Desde el punto más alto de la loma obtuvimos una visión espectacular: kilómetros y kilómetros de selva y bosque húmedo (hasta el punto del que habíamos partido el día anterior) y abajo, como si fuera una maqueta, el poblado Mukucham y el río. Me quedé alrededor de una hora mirando aquello completamente impresionado, amortizando los cuartos que había invertido en prismáticos, analizando lo sobrecogedor de aquella exageración…


Por fin Ángel me conminó a seguir la excursión. Caminamos, esta vez cuesta abajo, durante otra media hora. En el camino encontramos un tronco caído y podrido y al guía se le iluminaron los ojos: durante al menos 10 minutos se dedicó a pelar el tronco con el machete, arrancándole toda la corteza para, introduciendo la mano en el interior podrido, sacar unos inmensos gusanos que puso sobre una gran hoja, envolvió y ató con una fina liana que arrancó de un árbol. ¡Ya teníamos la comida de hoy! (…ni de coña)

Seguimos nuestro camino hasta llegar al “área de recreo”. Allí, me explicó, jugaban los niños Mukucham, ya que aquellas lianas inmensas nunca se podrían ni rompían. Y sin pensarlo nos pusimos a hacer el Tarzán por la ladera de la empinada colina hasta que mis brazos y mis manos dijeron ¡basta!, ¡que ya no tienes 20 años, coño!.
El camino de vuelta lo realizamos por una zona donde se acumulaban varias plantas usadas desde tiempos ancestrales por los shamanes Shuar para sus prácticas curativas (seguramente alguna de ellas sea parte de la receta secreta para reducir cabezas). En una de ellas nos detuvimos, Ángel practicó una breve incisión con el machete y, cogiendo con el dedo la resina que brotaba, comenzó a extenderla por toda la zona de mi brazo forrada con picaduras de mosquito… doy fe de que en 30 segundos el picor, escozor, y color enrojecido había desaparecido.
Mis viejas piernas no daban más de sí, necesitaba al menos un día de descanso absoluto, día que no teníamos ya que en dos jornadas iniciaríamos nuestro vieja de regreso. En la cabaña, sobre la hoguera eterna, preparamos la comida y recostados en el suelo la comimos en silencio. Eran demasiadas experiencias y emociones para mi mente urbanita, no sólo mis piernas estaban agotadas. Después de la comida salté como un tigre hambriento sobre la hamaca, y allí me quedé, pensativo y solo, durante un par de horas hasta que Ángel entró en la choza y me dijo que era hora de conocer a su familia del “otro lado”.
Caminamos hasta la ribera del río, Ángel dio un fuerte silbido, y en unos segundos otro miembro de la comunidad apareció corriendo, subió a la canoa, y remó hasta esta orilla. Subimos a la canoa, yo haciendo malabarismos para que no volcara con mi torpeza, ellos riendo a carcajada limpia, y en menos de 1 minutos estábamos en el otro lado. Allí caminamos hasta la cabaña más grande del barrio. Al entrar me quedé un poco cortado. La comunidad al completo estaba allí reunida, celebrando una asamblea comunitaria sentados en bancos de madera pegados a las paredes de la choza, en forma circular. Ángel no me había dado ninguna instrucción, así que simplemente imité todos sus movimientos. Hicimos la ronda completa dando la mano a cada uno de los allí presentes, que no apartaban ni por un segundo sus asombrados ojos de mí (sospeche que no estaba actuando bien) y al terminar me senté en un hueco libre de un banco. Mientras cada uno de ellos se levantaba a expresar su opinión y a dar su discurso, varias mujeres en cuclillas removían con la mano un denso líquido dentro de unos barreños. Luego, también con la mano, extraían una masa blanca que obtenían del fondo y la exprimían sobre un rudo cuenco de madera hasta llenarlo. Una vez lleno se lo acercaban a cada uno de los asistentes y estos bebían hasta vaciarlo, momento en el que escupían con fuerza hacia el centro del círculo y se lo devolvían a la mujer. Llegó mi turno y pensé sobre todo en mi estómago y los posibles resultados, pero qué coño, no había andado 20 km para andar con esas chorradas, así que bebí del riquísimo jugo de yuca y se lo pasé al indio quechua (invitado como yo a la asamblea) que se sentaba a mi izquierda. Éste me miro tan sorprendido que entendí mi error. Cada persona debía devolver el cuenco a la mujer para que ésta limpiara el borde y lo rellenara de nuevo con el extracto de yuca… en fin, novatos de ciudad…
Por fin acabó su asamblea y todos giraron sus ojos hacia mí. Ángel comenzó a hablar y a señalarme mientras todos asentían… y yo flipaba. Por fin comenzó a traducir. Me estaba presentando y era el momento de decir unas improvisadas palabras ante todos ellos (qué con bastante corte procedí a realizar), mostrarme sus artesanías y animales domésticos (como loros y lechuzas), y explicarme que estaban realizando numerosas asambleas en los últimos tiempos con el fin de llegar a un acuerdo sobre el futuro turístico de la comunidad: querían que el poblado se convirtiera en un destino para turistas y yo era el ejemplo. Me sentí triste por la noticia, otro paradisíaco rincón del mundo globalizado y dolarizado (de hecho todos ellos vestían con ropas de lo más occidental, aunque sus usos, idioma y costumbres se mantenían completamente tradicionales).
Por fin acabo todo y los jóvenes salieron corriendo hacia una cancha de volleyball situada en el centro del barrio, invitándome a jugar con ellos (alguno hablaba un poco de español). Educadamente lo rechacé explicando que no tenía la menor idea de jugar y que mis piernas no daban más de sí, así que acordamos que yo sería el árbitro. Durante los 3 siguientes sets arbitré el partido alucinado por la destreza que mostraban los indios Shuar al jugar: parecía profesionales, ¡qué bestias!.
Comenzaba a anochecer y finalmente Ángel y yo volvimos a nuestra cabaña, se puso el bañador y nos dirigimos al río a realizar las labores higiénicas del día, es decir, un baño integral sin jabón. A eso de las 8 toda la comunidad se reunía en ambas orillas para lavarse. Por mi presencia las mujeres se tapaban los pechos con un brazo mientras con el otro se frotaban con agua turbia todo el cuerpo, mientras que los hombres jugaban echándose agua unos a otros. Y llego la noche cerrada y Nantu (luna) presidió el cielo.
El resto del día lo dedicamos a cenar y charlar un rato a la luz de la hoguera antes de derrumbarme de nuevo en mi tienda completamente alucinado y rebosante de felicidad.
Y otra vez a las 7 de la mañana comenzó un nuevo día en la jungla. Salí de la tienda y encontré a Ángel con el desayuno preparado y metiéndome muchísima prisa, ya que a las 6 había comenzado uno de los rituales Shuar más esperados por todos ellos: Se habían ido a “lavar” el río. Aun medio dormido me vestí y salimos para allá como alma que lleva el diablo. A la altura del hogar de la madre de Ángel, 1 kilómetro más arriba del poblado, giramos y atravesamos pequeños senderos hasta llegar al río. Lo que allí estaba sucediendo me dejó pasmado.
El poblado en su totalidad estaba dentro del río, desperdigados por todo el curso hasta donde alcanzaban mis ojos: Estaban “lavando” el río. Esta práctica consistía echar distintas raíces y plantas en la orilla y con grandes ramas apalearlo a modo de mortero, hasta que toda la savia exprimida formaba una pequeña corriente y se derramaba en el río. Esta mezcla venenosa iba extendiéndose por todo el curso matando a lo peces más pequeños y atontando a los grandes. A lo largo de todo el río el resto de los miembros de la comunidad, machete en ristre, iban golpeando a los peces que iban llegando, cogiéndolos y lanzándolos a las rocas de la orilla donde los niños los cogían, limpiaban y amontonaban por todas partes. Lavar el río no era otra cosas que vaciarlo de peces en una intensiva jornada de pesca con veneno (el veneno duraba sólo varias horas).

En 2 minutos estábamos el guía y yo metidos dentro, el con machete, yo con un palo, caminando agachados, con los ojos a 10 cm del agua ya que estaba tan turbia que apenas se veía, buscando peces moribundos. 10 minutos después obtuve mi primera presa y la levante en alto gritando. Los Shuar que estaban próximos rieron y aplaudieron, tenían un nuevo pescador.
Las mujeres que no participaban en la pesca iban recogiendo el pescado amontonado en las rocas, introduciéndolo dentro de una cesta de mimbre que por medio de unas lianas llevaban colgadas de la frente por la espalda, y llevándolo a una gran hoguera situada en la cabaña materna para ahumar o cocinar a la manera local. El Yunkurak consistía en introducir los pescados dentro de unas grandes hojas de palmera y arrojarlos a las brasas durante 10 o 15 minutos hasta que se cocinaban. Una vez cocinados iban trayendo algunos de nuevo al río para que los cansados pescadores fuéramos dando buena cuenta de ellos.

Así transcurrió el día, hasta que se anunció que el río había quedado lavado y la comunidad al completo se fue distribuyendo por distintos senderos, en dirección a vaya usted a saber donde. Ángel, junto con 6 o 7 de sus hermanos y hermanas y yo, nos dirigimos a la casa materna. Allí había formada una gran hoguera donde estaban ahumando pescado y cocinando Yunkurak sin descanso. Por lo visto debería quedar todo preparado para que a la mañana siguiente uno de los hermanos de Ángel y su cuñada (mi casera), se dirigieran a la carretera de la que habíamos partido, y de allí por distintos caminos a la provincia de Morona Santiago (frontera con Perú) donde lo venderían todo en los mercados indígenas antes de regresar un par de días después.

Los pescadores nos sentamos en un círculo próximos al fuego, en el exterior de la casa, mientras las mujeres iban trayendo cantidades ingentes de peces cocinados y litros de extracto de yuca para celebrar el exitoso día de pesca. Para ser sincero he de decir que me resulto ligeramente desagradable el sabor y el tacto de aquellos pescados, duros como piedras y cocinados con el mismo agua envenenada del río en el que habían sido pescados, pero aun así di buena cuenta de varios de ellos, hasta que no puede más. Di por hecho que la diarrea de la mañana siguiente, día en el que nos tocaba realizar el viaje de regreso era ya un hecho.
Tras el festín regresamos a la cabaña, descansamos y nos dispusimos a realizar otro ritual antes de la cena y reunión de despedida. Ángel, machete en ristre, se dirigió a cortar el tronco de un pequeño árbol y comenzó a darle forma a machetazos hasta que fue adquiriendo la forma de una lanza. Una vez obtenida la forma me lo ofreció para que yo fuera lijando las partes más ásperas y terminando de darle forma, siguiendo sus instrucciones. De esta forma obtuve mi Nanky (lanza de guerrero Shuar).

Anocheció y llego la hora de la reunión en nuestra choza. Llegaron algunos familiares, cocinaron más pescado (esta vez me abstuve) y charlaron durante largo rato de nuevo sobre el turismo. Luego me hablaron a través de la boca de Ángel sobre la alegría que les producía recibir visitantes, me explicaron que esperaban que hablara bien de su comunidad para que más visitantes como yo los visitaran, que una vez vivido con un Shuar el recuerdo debía permanecer para siempre en los corazones de ambas partes, y que según su tradición yo ya era parte de su familia. Ahora era mi turno. Les expliqué que había sido una experiencia única, que nunca olvidaría, que les deseaba toda la prosperidad que se merecían pero que tuvieran cuidado de mantener sus costumbres y tradiciones a pesar del dólar que se les venía encima, y que esperaba volver pronto a visitarlos, junto con mi gente. Fue bastante emotivo. Nos dimos la mano, nos deseamos lo mejor, y Ángel y yo nos fuimos a nuestras tiendas para descansar lo mejor posible antes del terrorífico viaje de vuelta.

Una última mirada a mi hogar Shuar...
Y por fin llegó el día. De nuevo a las 7 en pie, comenzamos a recoger todos los bártulos, hamacas, tiendas, aislantes, y demás parafernalia campista. Llenamos un bidón de 5 litros con agua del río almacenada en la casa, le eché unas cuantas pastillas potabilizadoras (benditas ellas) y a la repugnante mezcla le eché medio sobre de Tang de naranja que hábilmente había comprado antes de venir. El sabor del agua del río era bastante desagradable, pero se convertía en algo intragable al añadirle el gusto a amoniaco.
Mis caseros estaban ya de camino a vender el pescado, así que nos despedimos rápidamente de los pocos miembros de la comunidad que fuimos encontrando hasta la salida del poblado. Eché un último vistazo al lugar donde había vivida la más importante experiencia de mi vida hasta la fecha, y enfilamos el sendero que nos llevaría de nuevo a lo más profundo de la selva. Al pasar por la casa materna paramos a despedirnos y a desayunar más pescado, del que de nuevo me abstuve.
La madre de Ángel estaba cabizbaja. Me explicaron que la noche anterior no había podido venir a la reunión de despedida por que era imprescindible que todo el pescado quedara ahumado y cocinado antes de llevarlo a los mercados, que hubiera querido hacerme una despedida al estilo Shuar, y que iba a intentar compensarlo de alguna forma. Sin más comenzó a balancear el tronco de atrás hacia adelante, y se puso a entonar varias canciones Shuar que, según me iba traduciendo Ángel, hablaban de la caza, de los colores de los tucanes, de El Tigre (jaguar, puma, o el felino al que se refirieran al decir El Tigre) y de antiguos y feroces guerreros. Una vez terminados sus cánticos me habló otra vez de la importancia de “Los Amigos” (así llamaban a los visitantes de la comunidad), me dijo que sentía que dos de sus hijos se iban y que no sabía cuándo iba a volver a vernos, lo cual le ponía muy triste… y sin más se puso a llorar desconsoladamente. Se me encogió el corazón. Me pareció que de verdad le daba pena mi partida, así que comencé a hablarle de lo feliz que había sido, de que pronto volvería, y de que me esforzaría en hablarle a las gentes sobre la comunidad para que vinieran a visitarla y a traer prosperidad (aunque se que el turismo en masa nunca llevará prosperidad, si no todo lo contrario…). Aun entre lloros sacó un collar hecho por ella con materiales de la selva, sobre todo pepitas de frutas, y me lo puso alrededor del cuello. No se me ocurría mejor despedida que este pequeño ritual de manos de la cabeza de familia. Y así, con una profunda emoción, partimos.

Esta vez todo fue muchísimo mejor. Mis piernas estaban más descansadas, las mochilas pesaban menos ya que habíamos dado cuenta de todos los víveres, comenzó a diluviar unas gotas tan gruesas que parecían nísperos, con lo que el calor se desvaneció, Ángel escogió un camino con más ascensos pero sin el agotador lodo, la lanza Shuar me sirvió de apoyo firme durante todo el recorrido, y yo tuve la gran idea de ponerme los auriculares con los temas más duros que llevaba en el mp3. De esta forma, sin demasiados percances (un par de culebras, que es como llaman a las serpientes, y un par de huellas de El Tigre) alcanzamos el camino principal en 4 horas y media. ¡Todo un récord!
Nos cambiamos de ropa, lavamos las botas de agua en un arroyo, Ángel escondió el bidón vacío, el machete, y algunas cosas más en un lugar secreto que siempre revisan los miembros de su comunidad que van o vienen del poblado para llevarlo de vuelta, y nos sentamos a esperar una camioneta, autobús o algún tipo de vehículo público que nos llevara de vuelta a la civilización. 5 horas y media después, ya de noche, llegamos a Baños…

Mi aventura había terminado: Había estado 4 días viviendo la experiencia más increíble que haya vivido hasta la fecha. Hacía más de un año y medio que me había asaltado por primera vez la idea de ir a Ecuador, a raíz de un programa de la tele sobre las culturas indígenas, su organización política cuasi anarquista, su vida en total sintonía con la naturaleza, pero jamás imaginé que iba a experimentar todas aquellas sensaciones de primera mano y hasta ese punto tan real. Acababa de vivir 4 días en plena selva primaria, con una auténtica comunidad indígena, había compartido sus costumbres, ritos y tradiciones, incluso había asistido a alguna de esas asambleas auténticamente democráticas en las que todas las decisiones se toman en común, y que tanta curiosidad me había despertado. Había visto monos, serpientes, aves de toda especie, forma y color, inmensas mariposas de colores imposibles, arañas del tamaño de una mano y miles de especies de insectos. Había caminado por la selva a pocos minutos del paso de un felino totalmente libre (y menos mal que no vi)… lo había cumplido todo…
Me despedí de Ángel hasta un par de horas después, cuando quedamos para tomar una cerveza con otro guía amigo suyo y hablar de todo lo vivido, volví al mismo hostal en el que me había alojado anteriormente para coger una habitación, y me desplomé en la cama, agotado, rebosante de espiritualidad, de felicidad, y con miles de ideas bombardeando mi hiperactivo cerebro: No tardaría mucho en volver.
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