- ¿Es el hombre un desacierto de Dios o es Dios un desacierto del hombre?. Alguien -



Otra vez elecciones y otra vez NO VOTO.

Cada vez que se aproximan elecciones comienzo mi pequeña campaña anti voto. Es como un rutina masoquista en la que no consigo nada más que críticas y e insultos de algunos integristas de la papeleta que no asumen que se puede ser demócrata y no votar.

Siempre son esos mismos que prohiben partidos cuando se aproximan las elecciones, con la excusa de no pasar por su aro democrático, esos mismos que utilizan todos los recursos públicos para su propio lucro y esos mismos que son capaces de prometer, sin ningún tipo de pudor, cosas que hasta el más necio sabe que son imposibles de cumplir, los que evocan un espíritu democrático transitorio para imponer, de nuevo, la dictadura de la papeleta cada vez que lo necesitan.

Emulando a Tomás Moro, a lo largo de muchos años de rebeldía, más de los que un psicóloco tradicional consideraría sano, he llegado a imaginar lo que para mí sería un sistema perfecto e, igual que en la ínsula de Tomás Moro, es un sueño inalcanzable. Pero las cosas nunca son blancas o negras y el hecho de que el sistema perfecto sea impracticable no da validez automática al que ya tenemos.

Lo que quiero decir es que no es imprescindible desarrollar una alternativa plausible para rechazar el sistema según está planteado, es ilógico pensar que tan sólo se puede considerar que algo es malo cuando hay pruebas de una contrapartida, de una opción sustitutoria. Por otro lado el gran orden mundial está establecido, votes a quién votes, y es inamovible. El liderazgo de EE.UU, los G10, G20 y compañía, el Banco Mundial, el FMI, la OMC, la UE, las Iglesias, los gobiernos centrales... todos pertenecen a una estructura de poder perversa, parcial y ajena a los intereses de los individuos. El otorgar tu voto a un partido u otro básicamente les da derechos sobre la gestión económica de algunos recursos, y poco más. Los principios políticos, sociales, económicos, éticos y morales vienen impuestos por poderes, los anteriormente mencionados, inaccesibles a un sistema democrático e intocables sea quien sea el vencedor en unos comicios.

Y a pesar de que mi no voto valga tan poco contra semejante Goliat como el voto de cualquier ciudadano modelo a su partido, elijo esa opción política porque siento que estoy defendiendo un ideal: el fin de semejante distropía antidemocrática.

En todo caso me pongo en lugar de los votantes y, de tanta pena, hasta me despiertan cierta ternura. Si yo tuviera que escoger entre las derechas dominantes (el fundamentalismo neoliberal del PP, la indolencia monárquico-populista del PSOE o el oportunismo lingüístico de UPyD) o la izquierda apática y colaboracionista de IU, simplemente... ¡NO VOTARÍA!.

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