Anoche el mundo se libró de una de las peores lacras a las que podría haber hecho frente en toda su historia. Y no me refiero a un derrumbe en los mercados de divisas internacionales debido al pánico inversionista, de tal magnitud que haya desembocado en una crisis de hambruna mundial, millones de muertos y desplazados, plagas y enfermedades incurables azotando rincones del planeta que otrora fueron prósperos... no. Me refiero a una señora de Alaska, EEUU, cuyo aforo intelectual es inversamente proporcional a su truculencia, cuya hipocresía se puede medir tan sólo en fanegas cúbicas, toneladas métricas, o similar, y cuya devoción religiosa parece un compendio entre las enseñanzas de
Tomás de Torquemada y el "Manual del buen talibán".
Poco se puede esperar de un país cuyos gobiernos, demócratas o republicanos, mezclan con total indulgencia política y religión y proclaman haber inventado la democracia por la gracia de Dios, pero al menos podemos estar tranquilos sabiendo que Sarah Palin no tendrá ningún tipo de autoridad fuera de esas fronteras que nunca ha traspasado...
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