Se acabó el placer, el mar, la brisa, la cálida arena del atardecer. Los desayunos a base de gazpacho y tinto de verano, a las 4 de la tarde, en el chiringuito, ése que será interfecto de la estupidez humana. El 'pescaíto', los helados y los carajillos de Baileys, en el mismo chiringuito, para qué cambiar... El grandioso espectáculo del sol sumergiéndose en el inmenso Atlántico, dando paso a extensas noches de júbilo y alborozo a lomos de una vieja guitarra de cuerdas humedecidas, de juvenil audiencia e ibérica belleza de piel tostada y breve ajuar... y es que Madrid duele en verano.
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