Dormir en Madrid: un sueño imposible.

Friday, 16 de January de 2009

Autor: Stevie


El hecho de que una pérfida alarma sea la causante de interrumpir en el momento menos adecuado un proceso tan esencial para la calidad de vida como es el sueño es de por sí una tremenda rémora para el correcto funcionamiento del intelecto. Máxime cuando cada persona tiene, de forma natural, un ritmo de sueño diferente. A pesar de ello si se consigue un correcto descanso durante las horas de sueño esta interrupción antinatural se puede llegar a asumir con el tiempo...

Por razones que no hace falta detallar últimamente vivo como un nómada. Desde hace un año, en que me trasladé a vivir al centro de Madrid, cada día vuelvo a mi antiguo pueblito, cerca de la sierra, donde está mi oficina, y todas las semanas paso un par de noches en mi antigua casa. Anoche fue una de esas y cada día se me antoja más evidente la diferencia entre un sitio y otro...

Un día amaneces en el centro de Madrid (o cualquier otra ciudad grande) y cuando consigues incorporarte de la cama y a duras penas te forjas un café, te sientas delante del portátil para comenzar como cada día abrazado a varias pestañas con correo, blogs, readers, 'reders'... hasta que por fin arranque la neurona, y cuando por fin arranca piensas: 'joder, qué cansado estoy'.

En ese momento empiezas a recordar... a la 1 de la madrugada pasó el camión de la basura. Siempre me los imagino vestidos con raídas ropas de miliciano y un casco de cuero con gafas de aviador, subidos en un descomunal 'boogie' recubierto con planchas metálicas y equipado con inmensas taladradoras y toda suerte de armas de destrucción masiva, como una grotesca aleación entre Mad Max y Aviador Dro. A las 2:30 la vecina de arriba terminó su ritual de cada noche que consiste básicamente en recorrese la casa andando sobre sus talones, descargando con exuberante virulencia sus 110 kilos sobre mi cabeza. A las 5:10 comezó el atasco del alba, en el que los más madrugadores aprovechan esos ratos inmóviles para acelerar a tope a ver si se caldea la calefacción mientras hacen uso constante del cláxon del coche, como anunciando el nuevo día. A las 8:30 las calles de Madrid se llenan de camionetas de reparto en segunda fila. Nunca había reparado en el ruido que pueden llegar a hacer las cajas de coca-cola vacías cuando se lanzan contra una una furgoneta desde el otro lado de la acera, mientras una fila de coches que espera a que les dejen pasar muestra su impaciencia haciendo sonar doblemente sus 'pitos', como fichas de una partida de dominó...

Y empiezas a hacer uso de la neurona y piensas... ¿y a qué hora he dormido yo?, vamos a ver, entre 2:30 y 5:10 he dormitado 2 horas y algo. Entre las 6:00 y las 8:30 he dormitado otras 2 horas y pico. Bueno, más o menos en la media.

Y al día siguiente amaneces en el pueblito. Suena el despertador, como cada día a las 9:30 (para los que hayan empezado a despotricar explicaré que muchos días a las 12 de la noche aún sigo currando). Te despiertas despacito, te estiras aún dentro de la cama. Peregrinas a la cocina a fabricarte el café y mientras te sientas a a ver qué arranca antes, la neurona o el ordenador, piensas: 'Joder qué bien he dormido, así del tirón, casi 9 horas'.

Hoy está siendo un buen día, y es que no hay duda de que el sueño es una de las condiciones indispensables para una vida de calidad, y esta ciudad que tanto quiero es sin duda el arquetipo de lo que podríamos llamar 'la estridente vigilia perpetua'.

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