Bautismo: el sacramento que enfrenta Iglesia y Constitución

Tuesday, 23 de December de 2008

Autor: Stevie


Ayer estuve en una de esas celebraciones religiosas de máximo nivel, también llamadas sacramentos, en los que los católicos se disfrazan con sus mejores trapos para hacer apología de su profunda iconoclastia. En los últimos meses, por distintas circustancias, me ha tocado asistir a casi todos ellos, matrimonio, extremaunción, confesión... aunque he de decir que el de ayer, el bautismo, me pareció el más chungo de todos.

Los sacramentos, según la iglesia católica son "signos sensibles y eficaces de la gracia invisible de Dios a través de los cuales se otorga la vida divina", y según esta misma iglesia son siete: bautismo, confesión, comunión, confirmación, matrimonio, orden sacerdotal, extremaunción. Los creyentes voluntariamente, o influídos por sus familias y comunidades, se entregan al apadrinamiento divino con la esperanza de una vida eterna, de una salvación certificada, de un pequeño apartamento en segunda línea de Playa Paraíso...

Siempre he dicho que esta entrega incondicional a un poder omnipotente, cuya única evidencia es la interpretación interesada que hace una institución tan enferma como vetusta de una selección de escritos milenarios que relatan las aventuras y desventuras de la proyección terrenal de este misterioso poder, y refrendada únicamente por ese enigmático axioma llamado 'fe', no me acababa de convencer del todo. Pero si un adulto en plenas facultades mentales decide someterse incondicionalmente a este absurdo, tenga mi bendición (valga la ironía). Ahora, ¿qué derecho tienen estos adultos a imponerle a un ser indefenso este galimatías deontológico?, ¿no están los niños protegidos, al menos en los países desarrollados, ante todo tipo de manipulaciónes?, ¿marcar a un niño con esta rúbrica para el resto de su vida no supone una vulneración de los preceptos de la propia Constitución española?

Artículo 16.

  1. Se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades (menos la de los niños) sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la Ley.

De verdad que la ceremonia entera me pareció absurda, pero desde el momento que el cura dijo que desde ese momento el pequeño ya sería hijo de Dios para el resto de su vida y vinieron a mi cabeza los últimos 'incidentes' protagonizados por el Tribunal Supremo al negarse a legalizar la apostasía, tuve claro que el hombre no mentía. Ya nadie, nunca, ni siquiera el propio interesado, podrá cambiarlo. Católico hasta que convaleciente, en su lecho de muerte, reciba la extremaunción mientras los asistentes, emocionados, confunden sus lágrimas de desaprobación desesperada con un reencuentro con Dios. ¡Alabado sea!

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