- La fe no es otra cosa que no querer saber la verdad. Friedrich Nietzsche -



100 diás alrededor del mundo - Virachey, de etnias y junglas.


A lomos de la pequeña scooter y con intención de aproximarnos tanto como pudiéramos antes de comenzar la caminata por Virachey, nos desplazamos raudos por interminables caminos de polvo, atravesando pequeñas aldeas y extensos bosques hasta que por fin llegamos a la diminuta población de Voen Sai, en la ribera del Tonlé San.

Allí Makara negoció con un barquero que había de cruzarnos sobre las 4 tablas que daban forma al frágil transbordador y en unos minutos nos situamos en el margen opuesto, en la población de Virachey, a poca distancia ya de la entrada del parque. Makara me confirmó que se nos estaba haciendo un poco tarde si pretendíamos completar el extenso trecking que teníamos previsto y que la mejor manera de proceder era desplazarnos en moto a través de los bosques ubicados detrás de la aldea, hasta adentrarnos en los límites del parque, aunque por algún motivo obvió el hecho de que íbamos a evitar el acceso principal y a sus ranger. Me explicó también que si existían tigres o rinocerontes en el parque estos habitaban en las zonas más profundas, algunas de ellas aún inexploradas, y que las probabilidades de toparnos con alguna de estas especies era prácticamente nula. Me sentí contento al saber que, por el momento, se encontraban a salvo de su mayor depredador.

La aventura por aquellos bosques a lomos de la moto y portando mochilas y sacos repletos de nuestro instrumental de supervivencia se convirtió en una empresa ciertamente comprometida. La maleza se erguía sobre una gravilla totalmente inconsistente que por etapas se asemejaban a la arena de la playa y sobre la que nuestro vehículo patinaba como una tabla de surf. En más de una ocasión caímos al suelo mientras escuchábamos quebrarse alguna pieza de la moto y veíamos nuestros zurrones rodar sin control. Pero el viaje continuó durante un par de horas más, hasta que la vegetación se espesó de tal manera que resultó imposible circular sobre la moto y tuvimos que empujarla.

En un punto del camino observamos a un grupo de jóvenes ataviadas con unos ropajes que bien podrían haber datado de varios siglos atrás, que corrían hacia la espesura tras desprenderse a toda prisa de unas extrañas alforjas en las que portaban ramas. A Makara pareció divertirle aquel episodio y, tras indicarme que permaneciera en silencio, salió en busca de las jóvenes.

Tras escuchar unos gritos despavoridos seguidos de unas risas, todos ellos confluyeron en la senda principal, donde yo me encontraba. Makara me explicó que se trataba de leñadoras que pertenecían a algún asentamiento laosiano, etnia que junto a jemeres, chinos y kreung componía el crisol de inquilinos de aquel extremo de Virachey, y que se habían asustado al ver visitantes por aquellos remotos parajes. Tras unos minutos de solaz con las singulares leñadoras continuamos nuestra ruta.

Por fin llegamos a una pequeña población. Un conjunto de casas tradicionales desperdigadas entre la maleza que, junto a un edificio de estructura más sólida que hacía las veces de escuela, conformaban aquella diminuta aldea laosiana. Enseguida multitud de niños corrieron en nuestra dirección abalanzándose sobre mí en actitud entre extrañada y traviesa. Tras nuevos minutos de esparcimiento con aquella camarilla Makara me expuso las opciones de que disponíamos. Podíamos alojarnos en aquella aldea asentada en los límites del parque y adoptarla como base para nuestras distintas expediciones o podíamos dejar allí la moto y acampar en las profundidades del coto. Consulté el inventario de energía y comprobé que andaba bastante escaso, así que finalmente, tras un rápido intercambio de información, optamos por adentrarnos un par de kilómetros en la selva hasta la casa de una familia cuasi ermitaña que habitaba en ésta, donde nos alojaríamos.

El hogar de mis nuevos caseros, ya en la espesura del parque, era otra de esas construcciones ancestrales de madera que se sostenían sobre los eternos pilares que las mantenían alejadas de la humedad. En un terreno adyacente, un pequeño porche también elevado del suelo haría las veces de alcoba. Me pareció la morada perfecta y mi espíritu se inundó de júbilo. Tras depositar nuestros aperos, Makara, un pequeño ranger de no más de 10 años que nos habíamos traído de la aldea y yo nos adentramos en las profundidades del parque, por fin, para realizar mi anhelada caminata. No era mi primera experiencia en la selva, de hecho mis experiencias anteriores habían sido de tal intensidad que aquello me pareció un agradable paseo por el monte que apenas me castigó con un par de rasguños. Tras el largo paseo, en el que el pequeño ranger dejó patente su habilidad como primate al escalar a un árbol de casi 20 metros para talar una rama en la que crecían unas inmensas orquídeas, volvimos al campamento, agotados y felices.

Colgamos nuestras hamacas en el porche de aquella agradable vivienda y, bajo el inmenso manto de estrellas que se adivinaba entre las copas de los prominentes árboles, charlamos animadamente con la familia que allí habitaba mientras cenábamos alrededor del fuego en el que habíamos cocinado algo de arroz y verduras. Cuando terminamos, ya en plena armonía con el entorno y sumidos en un mágico estado de felicidad incondicional, dimos cuenta de una botella de algo llamado vino de arroz y que al primer trago identifiqué como el clásico aguardiente cabezón. Asumí que aquello era un ritual ineludible si pretendía convocar al sueño en aquellas incomodísimas hamacas en las que hacía un tremendo frío, lo que, por otro lado y de forma inexplicable, aumentaban aún más mi inagotable estado de dicha. Había sido un día perfecto y sin duda lo recordaría para siempre.

La mañana siguiente, en cambio, no lo fue tanto. Entre la resaca y el crujir de mis huesos, que intentaban recuperar su forma tras haber superado la noche plegados sobre sí mismos, decidí que no me quedaban fuerzas para muchas aventuras forestales, por lo que le sugerí a Makara, que por esos tiempos ya era mi amigo del alma, que realizáramos cuanto antes el camino de vuelta. Decidimos que él se adelantaría con la moto, lo que me permitiría disfrutar tranquilo y en soledad de un último vistazo a aquella amable selva. Acordamos que si el pequeño sendero se bifurcaba él me esperaría para indicarme cuál era la ramificación correcta. Tras un par de kilómetros de caminata llegué a la primera bifurcación. Makara no estaba allí. Deduje que, dado que una de las opciones era descaradamente más ancha que la otra, no se habría dado cuenta del desvío así que opté por el sendero más obvio y continué mi marcha. Por el camino me crucé con algunos leñadores y ancianos que me miraban totalmente sorprendidos. Recorrí otros dos kilómetros antes de llegar a la siguiente bifurcación. Makara tampoco estaba allí. Empecé a sospechar que me había equivocado al elegir el sendero anterior ya que este ramal era prácticamente simétrico. Opté por retroceder hasta la derivación anterior. Makara no estaba allí. Decidí, tras unos breves segundos de pánico, regresar a la casa donde habíamos pasado la noche con la esperanza de que el exiguo guía entrara en razón y regresara hasta allí a buscarme. Llegué a la casa, casi 3 horas después de haber partido, y los caseros me miraron desconcertados. Intenté explicarles inútilmente la situación. Recordé mi pequeño vademécum jemer y comencé el ritual de subrayar distintas palabras y frases con la esperanza de que tuviera algún sentido. Descubrí, casi desmoralizado, que no sabían leer. Por fin llegó una de las hijas que fue capaz de interpretar lo que, ya con bastante desesperación, les estaba intentando transmitir. La joven desapareció en la maleza y a los pocos minutos apareció junto a un muchacho que empujaba una moto. Éste me miró, sonrió, y dibujó una cifra en la arenilla del piso. Me estaba comunicando el precio por el transporte hasta la civilización, tan disparatado como cuantiosa era mi desesperación. Negocié durante unos minutos más y cuando por fin llegamos a un acuerdo caminamos hasta los lindes del parque y me subí en el destartalado vehículo. Una hora y media después llegamos a la aldea de Virachey, donde Makara se estaba tomando tranquilamente un refresco en el bar del embarcadero. Mi disgusto, aún así, no duró más de lo que el posadero tardó en servirme una cerveza helada. Era imposible irritarse con aquel risueño personaje que no albergaba ningún tipo de malicia en sus acciones.

El posterior viaje hasta la capital fue tremendamente largo ya que, por exigencias de mis nalgas, tuvimos que realizar diversas paradas en las que Makara aprovechaba para amarrar de nuevo a la moto la inmensa planta repleta de orquídeas que, junto a las mochilas y sacos, se había empeñado en transportar hasta su casa. Por fin, a media tarde, alcanzamos de nuevo Banlung. Con un pequeño remanente de energía improvisado nos dirigimos al lago Boeng Yeak Laom, un extenso lago formado en el cráter de un ancestral volcán de más de 4.000 años y cuya base se encontraba a casi 50 metros de profundidad. La espectacular puesta de sol en el lago fue la culminación de una conmovedora etapa rural que quedaría grabada para siempre en mi memoria.

Por fin volvimos a la ciudad. Dejé mi alojamiento ante la sorpresa de mis caseros, una familia china que trataba con absoluto desprecio a sus empleados, y me dirigí a un nuevo hostal recomendado por Makara. Por la noche, tras comprar mi billete de autobús para el día siguiente e ignorando las evidencias del agotamiento que me sobrevenía, volvimos a visitar la feria, que aún se estaba celebrando, y tras dar cuenta de algunos tragos de vino de arroz terminamos interpretando magistralmente unas tonadillas de música tradicional jemer -ahora sí- en un sórdido karaoke local que albergaba un singular surtido de animadoras y personajes totalmente alcoholizados. Mi paso por Ratanakiri se podía considerar ya un rotundo éxito.


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Comentarios:


100 diás alrededor del mundo - Virachey, de etnias y junglas.

Increíble el lago en el cráter... precioso! E increíble cómo trepa el chavalito...

- GB -


100 diás alrededor del mundo - Virachey, de etnias y junglas.

Sí, era un auténtico mono. Luego tuvimos que llevar la planta que se ve a la izquierda en la moto, una odisea, oíga...

Gracias por el comentario!



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