- La gente que no tiene vicios tiene muy pocas virtudes. Abraham Lincoln -



100 días alrededor del mundo - Tren a Cuamba, en pos de la frontera


Eran las cuatro de la mañana. Nos reunimos en la parada de chapas que había en un extremo de la isla y tomamos la primera chapa en dirección a Nampula, casualmente la misma desvencijada furgoneta que me había traído hasta aquí. Evité los asientos partidos, ya sabía cuáles eran, y nos dispusimos emprender otro agotador viaje por los polvorientos caminos de Mozambique.

Cuatro horas después llegamos a la ciudad de Nampula en cuya bulliciosa estación, y en un despiste nuestro, Nelly sufrió el robo de algunos billetes que llevaba en un bolsillo tras ser arrastrada por una multitud que, supuestamente, peleaba. Caminamos por sus sucias calles en busca de una habitación donde hacer noche. Nampula era una ciudad extremadamente fea y peligrosa. Sus calles no conservaban nada de esa decadente belleza colonial que rezuman el resto de ciudades del país y sus gentes, siniestras y mal encaradas, nos observaban a nuestro paso con, pensamos, oscuras intenciones. Tras varios intentos dimos con una habitación en otro de esos hostales lúgubres de largos pasillos sin ventanas, alumbrados por luces intermitentes y rastros de vida no humana por casi todos sus rincones. El recepcionista-botones depositó un colchón en el suelo de la habitación, originalmente de dos camas, y dejamos los bártulos. Nampula es la última ciudad del mundo donde uno querría quedarse atrapado más de un día así que nos dirigimos inmediatamente a la estación de tren a comprar los billetes para el día siguiente, último día de esa semana en que habría convoy. Compramos los billetes sin problemas y regresamos a la zona de la pensión a intentar que el día pasara lo antes posible. Tras una incursión nocturna en otra zona de la urbe que sirvió, además de para cenar, para confirmar nuestra corazonada de que nuestros culos exponían abiertamente su inocencia, volvimos a la pensión y nos acostamos.

Eran las cuatro de la mañana, de nuevo. Llegamos a la estación de tren, éste acababa de llegar. Decenas de pasajeros se amontonaban tras una verja esperando que abrieran las puertas. Uno de los guardias que la protegían nos hizo un gesto para que nos acercáramos y nos pidió que le enseñáramos el billete. Comprobó que se trataba de pases de segunda clase y nos permitió el acceso ante las miradas furibundas del resto de pasajeros; el suyo era de tercera. Subimos al tren y comprobé con profunda ilusión que se trataba de un viejo y destartalado tren, probablemente de la primera mitad del siglo anterior, en el que, entre otras cosas, se podía ver la vía a través de algunos de los boquetes que lucía en el suelo. Iba a ser, sin duda, un viaje muy emocionante.

Tras colocar nuestras cosas en el nuestro compartimento dentro del único vagón que disponía de ellos (en el resto del tren la gente se hacinaba en tableros de madera transversales intentando no caer a la vía durante el trayecto) salimos al estrecho pasillo y tomamos posiciones en las ventanas para no perder detalle de lo que estaba a punto de comenzar: un grandioso viaje de 12 horas que nos habría de llevar hasta la ciudad de Cuamba, cerca de la frontera con Malaui, atravesando las profundidades del Mozambique más rural.

El viaje, como habíamos previsto, fue sobrecogedor. Durante 12 horas atravesamos la sabana mozambicana parando en toda suerte de aldeas y poblados de sus llanuras, donde decenas de señoras y niños introducían por las ventanas bandejas llenas de productos de la tierra: caña de azúcar, cacahuetes crudos, tapioca, huevos cocidos, pollo frito… todo menos cerveza fría ya que, a pesar de que una línea eléctrica flanqueaba la vía por algunos de sus tramos, ésta no ‘enganchaba’ con ninguno de los paupérrimos poblados de arcilla, arena y paja que íbamos encontrando. En muchas de las paradas tuvimos ocasión de bajar y mezclarnos con esas gentes rurales, tan pobres que asusta y tan felices e integradas con el medio que enternece.

Cuando el sol comenzaba a amilanarse llegamos a la desapacible y polvorienta ciudad de Cuamba. Recorrimos sus cuatro calles sin pavimentar en busca de una cama hasta que por fin, al tercer intento, dimos con una pensión en uno de sus extremos, a la que llamamos ‘Pensión Bajón’. Una vez asumida la vida invertebrada que poblaba sus pasillos y su mobiliario y la falta de cualquier tipo de iluminación en las habitaciones se nos planteó el reto de asumir su aseo. Un habitáculo compartido por todo el edificio cuyos únicos utensilios eran un agujero en el suelo y un barreño repleto de agua turbia en la que flotaba un cazo. Un par de minutos después ‘desfize’ el entuerto. El cazo servía para verter el agua sucia sobre uno mismo con el fin de realizar las abluciones personales así como para deshacerse de cualquier desecho previamente 'depuesto' dentro del agujero arrojándola dentro. Opté por demorar un día cualquier necesidad higiénica.

Tras tomar unas cuantas cervezas con Jim me dirigí a mi cama y me hice una pelota en el centro de ella, vestido y evitando apoyar la cabeza en la almohada, y yací derrotado por el agotamiento.

Eran las cuatro de la mañana, otra vez. Nos dirigimos a toda prisa a la estación de chapas en busca de una que nos llevara a Mandimba, última población antes del paso fronterizo con Malaui. En la estación, como en casi todas, nos saltaron toda suerte de sombríos personajes ofreciéndonos cualquier cosa que uno pueda imaginar, pero, como en casi todas, íbamos bien prevenidos. Avanzamos con una mano en la cartera y la otra abriendo paso hasta que llegamos a la chapa correspondiente. Subimos y nos acomodamos en los asientos posteriores. No se abría ninguna ventana. Subió más gente. Pasó una hora. Seguía subiendo gente. Hacía ya algunos trayectos que había aprendido una de las máximas del viajero africano: ‘Siempre, siempre, siempre cabe más gente’. Pasó otra hora, subió más gente, gallinas, niños… El conductor ni siquiera estaba por allí. Me dio un breve episodio de claustrofobia en el que casi tengo que hacer bajar a las 28 personas que abarrotaban el vehículo para que me diera un poco el aire. Pasó otra hora. Por fin apareció el conductor y arrancó. Circulamos durante 20 minutos. La chapa se paró, dio media vuelta y regresó a la ciudad. El conductor, al que ya odiaba como si hubiera violado a mi gata, puso gasolina (se le había olvidado) y regresó a la estación. Subió más gente, unos encima de otros, hechos una bola para no chocar contra el techo. Pasó otra hora. Empecé a llorar pero la presión no dejaba salir las lágrimas. Y volvimos a partir, esta vez en serio…

Por el camino paramos varias veces a dejar y recoger pasajeros, pero por fin, después de varias horas por los caminos más intransitables y polvorientos que había visto hasta la fecha, llegamos a Mandimba, un minúsculo pueblo fronterizo que recordaba más a un pueblo del oeste americano que a África. El ‘cobrador’ bajó nuestras mochilas del techo y la chapa se marchó a toda velocidad, dejando tras de sí un densa nube de polvo rojizo.

Cuando la nube se disipó observamos estupefactos una jauría que se acercaba a toda prisa hacia nosotros levantando una nueva polvareda inmensa. Nos quedamos inmóviles, intentando determinar la situación. En un abrir y cerrar de ojos nos encontramos rodeados por una turba de enormes personajes montados en bicicleta que bramaban extraños enunciados en un idioma irreconocible, al menos mientras nuestros culos siguieran tan apretados, y nos empujaban de un lado para otro mostrándonos inmensos fajos de billetes. Jim y Nelly se refugiaron en un soportal mientras él se desgañitaba gritando –‘Go away motherfuckers!’- y agitando su puño en actitud violenta.  Tras unos minutos de auténtico desconcierto y una vez descartada la idea de terminar en una gran olla repleta de tapioca y rábanos, comprendí: El paso fronterizo se encontraba a un par de kilómetros del pueblo y esta gente trataba de negociar con nosotros un transporte en bici hasta allí, además de ofrecernos su servicio de cambio de divisas. Aún así la marabunta no cesó hasta que nos subieron a la parte de atrás de unas desvencijadas bicicletas y nuestros conductores se alejaron de la multitud, que nos seguía a poca distancia vociferando y mostrando sus fajos de Kwatcha, en dirección al ansiado puesto fronterizo entre Mozambique y Malaui.

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