100 días alrededor del mundo - Tokio, corte imperial
Autor: Stevie (Monday, 29 de March de 2010)
Navegacin: La Isla Mgica | Ocio, cultura, viajes, libros, cine, cartelera
‘Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos’. Fernando Pessoa
Un intenso haz de luz que entraba por una rendija en las cortinas me despertó. Miré a mi alrededor. Me encontraba en una cómoda y aseada cama en lo que parecía una diminuta habitación de hotel. No recordaba ni un detalle de cómo había llegado hasta allí.Tan sólo era capaz de invocar retazos de un infernal viaje a bordo de distintos aviones que me había llevado desde la capital camboyana hasta el aeropuerto de Tokio. Noté que una intensa debilidad, secuela de la misteriosa afección que me había tenido los últimos días debatiéndome entre el delirio y el vómito, competía con una emergente sensación de agrado. Comprendí que, fuera lo que fuera que me hubiera acometido los días pasados, estaba comenzando a remitir.
Me incorporé en la cama. Lo primero que observé fue una televisión de pantalla extra plana que descansaba sobre un mueble empotrado junto a la ventana. A su lado un descodificador y un mando a distancia, y un poco más allá un teléfono inalámbrico junto a un menú de canales de pago. A mi alrededor 2 metros cuadrados de habitación enmoquetada, escuetamente decorada con socorridos detalles minimalistas.
Me volvió a invadir una penetrante sensación de frío, pero comprendí que esta vez no tenía que ver con la temperatura de mi cuerpo, sino con la del entorno. No cabía duda, estaba en Tokio

Tokio, corte imperial.
Tras conseguir darme una ducha en un cuarto de baño tan pequeño que casi había que distribuir los pies entre el plato de ducha y el váter, bajé a recepción con cierta emoción por descubrir lo que aquella metrópoli tenía para regalarme. Desde luego el hotel no se parecía a nada en lo que me hubiera alojado durante los últimos 2 meses. Ascensor, moqueta, máquinas expendedoras, recepcionistas uniformados, zona wi-fi... me di cuenta de lo extraños que me resultaban todos estos elementos, por otro lado tan comunes. Tras una breve conversación con uno de los empleados de la recepción que, no sin cierta dificultad, me indicó dónde estaba la boca de metro más cercana y me hizo entrega un mapa del suburbano que bien podía haber sido una obra ignota de algún artista Dadá, salí a dar mi primer paseo.

Según pisé la calle sentí el guantazo de la intensa helada que acechaba la capital. Era 24 de diciembre. Atravesé rápidamente algunos callejones que ocultaban el acceso al Hostal Sakura Ikebukuro (recomendado) en el que me alojaba y por fin me imbuí de lleno en la fastuosa capital nipona. La primera impresión fue la de estar sumido en el proceso creativo de un mangaka de cuya pluma salían enajenados esbozos de la realidad más futurista. Mis últimos recuerdos emulaban la fragancia de las selvas del Sudeste Asiático, de las riberas del Mekong, de pueblos flotantes y cataratas, de gentes sencillas y de transpiración permanente, y sentí cómo aquella ponderación de ladrillo y colores chillones que me acorralaba me provocaba, además de un intenso frío, cierto recelo.
El siguiente detalle que percibí fue que la imponente ciudad de cómic funcionaba con la velocidad de una maquinaria de absoluta precisión de la que no conocía ni un detalle, ya que mi enfermedad de los últimos días me había impedido estudiar las distintas guías que me acompañaban. Reparé en que nadie fumaba por la calle, en que todo el mundo respetaba religiosamente los semáforos aunque no se aproximaran vehículos, en que los viandantes mostraba total consideración por los carriles para bicicletas que, repletos de éstas, compartían la acera con ellos. Reparé en que los coches, al igual que las calles, estaban impolutos y sus motores apenas emitían sonido alguno, en que las puertas de los taxis se abrían y cerraban automáticamente y en que nadie, bajo ningún concepto, utilizaba el claxon. Reparé en que los jóvenes tokiotas parecían obligados a cumplir las normas estéticas de alguna tribu urbana, en que los adultos tokiotas satisfacían todas las tradiciones japonesas vestidos de Armani y en que las mujeres tokiotas, jóvenes o adultas, desafiaban impávidas al intenso frío con insignificantes minifaldas que misteriosamente jamás enseñaban nada. Finalmente me dejé deslumbrar durante largo rato por los exorbitantes edificios que, totalmente recubiertos de carteles y neones escritos en japonés, acotaban el laberinto de calles y avenidas que conformaban Ikebukuro, el barrio dónde me encontraba, dificultando hasta el abuso el paso de la luz natural. Me empecé a marear.
Mis únicos objetivos para el día eran comprar algo de ropa de abrigo y comer, ya que, aunque no sabía decir cuánto, sospechaba que llevaba mucho tiempo sin hacerlo. Entré en una cafetería en la que había visto en el escaparate unos curiosos modelos en plástico de los platos que servían. Me senté en la barra circular que, en el centro del pequeño local, rodeaba a las 2 camareras que lo atendían. Una de ellas se acercó y comenzó disparar un torrente de vocablos en japonés mientras depositaba en la barra una extraña colección de instrumentos: dos bolsas con paños impolutos, un paquete con 2 tipos de palillos, un pequeño cuenco con algún producto líquido y un menú escrito exclusivamente en japonés. Mi debilidad se alió con mi recelo y me zambullí en un desconcierto total. La miré con cara de pánfilo. La camarera insistió en las extrañas cláusulas anteriores -por si en ese par de segundos me hubiera dado tiempo a aprender el idioma- y volví a no entender una palabra así que decidí caminar hasta el escaparate e intentar señalarle el modelo en plástico del plato que había elegido. Finalmente la camarera optó de salir de su perímetro y acompañarme hasta la calle donde pude señalarle lo que habría de ser mi condumio. ‘Esto va a ser muy complicado’ conjeturé mientras intentaba adivinar de qué lado se sostenían los palillos, simulando que no notaba cómo todo el mundo me analizaba con disimulo.
Tras comprar, no sin cierta dificultad, unos guantes de lana y una bufanda y recorrer algunas zonas peatonales del barrio de Ikebukuro en las que la tradición se mezclaba de forma asombrosa con una imagen futurista avalada por la antología de pancartas, carteles, letreros y rótulos escritos en japonés que tapizaba cada palmo arquitectónico, decidí volver al hostal a descansar. Estaba agotado, aún tenía algo de fiebre, y esta ciudad disponía de tanta información que una mente ágil y despierta era condición indispensable para poder disfrutarla, o al menos entenderla.
Ya en la habitación, de noche, justo después de ingerir la última toma del tratamiento anti-malárico, me harté de valor y llamé a mi hermano, al que suponía reunido con mi padre para celebrar la Noche Buena. Intenté suavizar el episodio febril todo lo que pude, pero resultó imposible. Me arrepentí de haberlo siquiera mencionado. Finalmente, tras sorprenderme por el hecho de que no me afectaba demasiado no estar celebrando la navidad junto a mis allegados, me proyecté contra la cama con vehemencia comedida y me dormí, agotado.

100 días alrededor del mundo - Todos los capítulos:
Parte primera - África:
Sudáfrica:
Mozambique:
- Beira, atrapado en el infierno
- Quelimane, caminando se hace camino
- Ilha de Moçambique, el descaso del guerrero Mandinga
- Tren a Cuamba, en pos de la frontera
Malaui:
- Malaui, el país de la eterna sonrisa
- Senga Bay, de tradiciones y playas
- Liwonde National Park, el día de las bestias
- Dedza, la lujuriosa noche africana
- Mtendere, la misión
Mozambique:
Suazilandia:
Multimedia:
Parte segunda - Sudeste Asiático:
Camboya:
- Camboya, el sonriente reino jemer
- Sihanoukville, pesadilla en Benidorm
- Phnom Penh (I), la excelencia del caos
- Phnom Penh (II), la cuna imperial
- Kratie, el ocaso de los delfines
- Banlung, el otoño perpetuo
- Virachey, de etnias y junglas
Laos:
- Si Pan Don, las 4.000 islas
- Bolaven Plateau (I), easy riding…
- Bolaven Plateau (II), la ruta del altiplano
- Bolaven Plateau (III), cazadores de cataratas
Camboya
Multimedia:
Parte tercera - Japón:
Tokio:
Multimedia:
Comentarios:
Hola a todos,
Me llamo Sara Claveria y soy una estudiante de último curso de turismo en la Escuela de Hostelería y Turismo CETT, en Barcelona. Estoy haciendo el Proyecto Final de Carrera sobre las tendencias a la hora de dar la vuelta al mundo.
Como punto de partida del estudio estoy buscando gente que haya dado la vuelta al mundo para pasar una pequeña encuesta (prometo que es muuuuy corta). Necesito bastantes personas para obtener unos resultados fiables y no es nada fácil, así que os pediría (casi suplicaría) a todos aquellos que hayáis hecho realidad vuestro sueño (para envidia sana de los que aún estamos aquí) que colaboréis conmigo.
Me comprometo a haceros llegar una copia del proyecto una vez esté acabado y, sobretodo, a poneros en los agradecimientos, ¿quien se podría negar a semejante honor?
Os dejo el link directo a la encuesta y al blog que he creado donde iré colgando las conclusiones que vaya sacando.
Link encuesta: http://www.encuestafacil.com/RespWeb/Qn.aspx?EID=682509
Blog: unavueltaalmundo.crearblog.com
Un saludo a todos,
Sara
Entradas Trackback
La direccin trackback de esta noticias es: http://www.laislamagica.com/trackback.php/100-dias-mundo-tokio-corte-imperial
Esto es lo que se comenta sobre '100 días alrededor del mundo - Tokio, corte imperial':
http://topsy.com/trackback?url=http://www.laislamagica.com/article.php/100-dias-mundo-tokio-corte-imperial
[...] Retweet Button to your Blog or Web Site. WordPress Web Sites 1 tweet tweet 100 dÃas alrededor del mundo - Tokio, corte imperial - La Isla Mágicawww.laislamagica.com/article.php/100-dias-mundo-tokio-corte-imperial – view page [...] [leer ms]
Enviado el Monday, 29 de March de 2010





