100 días alrededor del mundo - Suazilandia, bienvenido a Terra Mítica
Monday, 01 de March de 2010
Autor: Stevie
Richard era un sudafricano que, igual que tantos otros compatriotas blancos, regentaba una empresa turística en Mozambique. Se dirigía a Suazilandia para asistir a al concierto de un tal Oliver Mtukudzi, un guitarrista de Zimbabue que, según nos comentó, era una leyenda por aquellas tierras.

El sudafricano nos recogió a primera hora de la mañana y en un par de horas, tras atravesar sin incidentes la frontera, llegamos a Swaziland Backpackers (recomendado), un confortable hostal ubicado en la base de una pronunciada colina entre las ciudades de Mbabane y Mancini y totalmente alejado del bullicio de éstas. Durante el recorrido observé sorprendido el acentuado cambio de escenografía que se producía al atravesar la zona norte de Suazilandia, conocida como el Alto Veld. Su topografía, un repertorio de extensas llanuras y altivas colinas totalmente revestidas de prados y sembrados, se tornaba de un rutilante verde esmeralda, algo poco habitual en el sur de África al final de la época seca. Infinidad de reses pastaban por aquellas tierras montañosas cuyas cumbres ultrajaban sin pudor el denso manto de nubes que las cubría y donde las cuidadas carreteras habían de flexionarse con cierta destreza para adaptarse a su accidentada orografía. Era como un parque temático.
El día se desarrolló de forma muy pausada, compartiendo cervezas y conversaciones con algunos empleados y viajeros del hostal que se habían apuntado al concierto. Estos nos relataron, por ejemplo, cómo la imagen de país pseudo desarrollado que ofrecía el antiguo protectorado británico chocaba frontalmente con sus estadísticas, tradiciones y forma de gobierno; una monarquía absolutista que ignoraba sistemáticamente la constitución y sus instituciones y cuyo anterior rey había desposado la friolera de 70 vírgenes dejando una prole de más de 210 vástagos. Su población, una combinación de bantúes y zulúes, tenía la tasa de infección de VIH más alta del mundo, con un 26% de sus adultos infectados, lo que no permitía que su esperanza de vida superara los 32 años.
A la mañana siguiente, aún con las melodías del artista africano resonando en nuestros oídos, Ben y yo decidimos trasladarnos a Mlilwane Wildlife Sanctuary, una reserva biológica próxima y el primer y más importante área protegida del país. El autobús nos dejó en el puesto de rangers de la entrada donde nos informaron de que el único alojamiento disponible estaba a varios kilómetros de allí y que deberíamos haber informado de nuestra llegada para que estos mandaran a alguien a recogernos; no iba a ser posible llegar ese día. Comprobé que aquella adversidad, por algún motivo desconocido, me evocaba una extraña sensación de placer. Imaginé que echaba de menos las complicaciones y sin más reflexión me eché a la espalda a 20-p-k y a 5-pe-ke, convencí a Ben de que no nos demoraríamos más de una hora, y comenzamos a caminar por las espectaculares colinas del coto en busca del albergue perdido. A nuestro paso los innumerables animales que las poblaban levantaban la cabeza del pasto y nos miraban desconcertados, intentando descifrar qué tipo de fieras eran aquellos inmensos bultos multicolor que tan torpemente avanzaban por sus dominios. Manadas de antílopes, cebras, avestruces o jabalíes verrugosos nos dedicaban unos segundos antes de volver a su condumio pasando a ignorar nuestros tropiezos o nuestras constantes paradas a tomar aire. El trayecto duró tres horas.
Sondzela Backpackers (muy recomendado) era un alberge en lo alto de una colina desde cuyos jardines, por los que pastaban indiferentes todo tipo de animalillos salvajes, se podía observar gran parte de aquella reserva natural. Allí depositamos nuestros zurrones y dedicamos un par de días día a dar larguísimos paseos por aquellas inmaculadas colinas en busca de algunos de los insólitos herbívoros que las poblaban y a departir, de nuevo, con algunos de los viajeros que allí se alojaban. Por fin, saciado hasta el delirio de aquel bucólico aroma a paz, me despedí de Ben, que había decidido quedarse por ese edén algún tiempo, y me dirigí a Mbabane, la capital del reino, donde tenía pensado pasar un día antes de coger algún trasporte que me llevara de vuelta a Johannesburgo. Allí pasaría un último día antes de abordar un avión a Camboya, la siguiente etapa del viaje.
En la única casa de huéspedes que encontré en Mbabane, ya sometido a la insidia del tremendo resfriado que me había abordado, me informaron de que habían colgado el cartel de 'completo' puesto que un tropel de jóvenes cheerleaders ensayaban allí para el acto de inauguración del inminente mundial de fútbol de Sudáfrica. Tras sonarme efusivamente me permitieron acampar en el jardín. Cuando se destapó la noche y sin previo aviso me abordó un pequeño grupo de aquellas impulsivas saltimbanquis que, ocultas a las concienzudas miradas de sus bedeles y entre insistentes preguntas sobre mi estado civil y mis gustos sexuales, me pedían que les comprara cervezas y les invitara a cigarrillos. Cuando me disponía a satisfacer sus demandas otro insolente hilo se descolgó de mi nariz indicándome que debía elegir entre aquella pequeña soiree improvisada y mi salud. ‘Vaya por Dios…’ pensé mientras me arropaba ya en mi tienda-capsula. Un segundo después, justo antes de que una intensa lluvia comenzara a desplomarse sobre la capital, caí en un profundo sueño.
Y comenzó otro día africano y de nuevo abordé otro viejo furgón (siempre recordaría los amaneceres africanos a bordo de algún destartalado medio de transporte). En unas horas llegué de nuevo a Johannesburgo, casualmente a South Gate, aquel centro comercial donde olvidé mi pasaporte al comienzo del viaje, lo que se me antojó una prueba de que la vida, al igual que mi expedición, era una aventura circular. Volví al mismo hostal en el que me había alojado los primeros días del viaje, deposité mis huesos en la cama y, mientras unas gotas tan grandes como nísperos arremetían con furia contra la ciudad, dediqué mi último día en el continente a distintos menesteres burocráticos como poner al día mis notas, repasar la guía de Camboya o comprobar que mi pasaporte no se había vuelto a descarriar.
NOTA 6
Mi primer contacto con el sur de África me ha dejado un sinfín de emociones positivas. La principal, lo agradecidas que son sus gentes para las que una sonrisa sincera suele ser suficiente aval a la hora de abrir cualquier puerta, y esto es algo que desgraciadamente muchos turistas no entienden y siguen pensando que tratar a los locales como si esto siguieran siendo colonias les va a llevar a algún sitio.
NOTA 7
El país más agradecido de todos es, sin duda, Malaui, donde, una vez te acostumbras a su manía de hablar todos a la vez, la sonrisa es un gesto ineludible para comenzar cualquier intercambio.
Mozambique es un país espectacular, con paisajes increíbles y bellísimas mujeres, aunque la falta de infraestructuras y las dificultades que el gobierno pone para la inversión extranjera supone la mayor complicación para un posible desarrollo.
Suazilandia y Sudáfrica por el contrario son países que se pueden considerar a otro nivel. Infraestructuras más modernas y una economía más desarrollada hacen que en ocasiones, al menos en las ciudades, el ritmo sea más parecido al de un país europeo que al de uno africano, aunque sus zonas rurales son de espectacular belleza.
NOTA 8
También me ha llamado la atención que, a pesar de las estadísticas, en ninguno de estos países se aprecia la pobreza extrema que uno podría imaginarse, la que por ejemplo se ve en las calles de Howra en Calcuta, más bien se podría decir que sufren de un subdesarrollo exagerado. Apenas tiene carreteras, medios de transporte, o cualquier otro tipo de facilidad para el desarrollo de alguna economía estable. Y lo mejor de todo (o lo peor, según quién lo juzgue) es que no tienen el menor interés en que sea así. El africano vive al día y no quiere vivir de otra forma. ¡Bien por ellos!
NOTA 9
Por fin han empezado las lluvias. Me alegro por toda esa gente que anda tan preocupada por que cada año empiecen más tarde, no se merecen lo que les estamos haciendo.
NOTA 10
Recordar en Camboya: 1$ = 4.000 Rieles

[En busca del albergue perdido]
100 días alrededor del mundo - Todos los capítulos:
Parte primera - África:
Sudáfrica:
Mozambique:
Malaui:
Mozambique:
Suazilandia:
Multimedia:
Parte segunda - Sudeste Asiático:
Camboya:
Laos:
Camboya
Multimedia:
Parte tercera - Japón:
Tokio:
Multimedia:
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