- La duda es una condicin tan desagradable como absurda es la certidumbre. Voltaire -



100 días alrededor del mundo - Sihanoukville, pesadilla en Benidorm


Mi primer contacto con Sihanoukville se produjo a la mañana siguiente de mi llegada, ya que la noche anterior había conseguido alcanzar una habitación en un hostal próximo a la playa por algún medio que no recordaba.

Salí a dar una vuelta y en la misma puerta del hostal (Mick & Craig’s, recomendado aunque un poco ruidoso) me asaltó un conductor de tuk-tuk que lucía sin ningún tipo de pudor 6 largos pelos negros perfectamente distribuidos sobre su labio superior. Imaginé que les había puesto nombre. -‘Buenos días señor, ¿qué desea hacer hoy?’- preguntó (en inglés). Le agradecí la oferta y le expliqué que prefería caminar. –‘Muy bien señor, ¿y desea fumar algo?, tengo la mejor marihuana que va a conseguir aquí’- insistió. Le volví a explicar que prefería caminar y además caminar sereno. –‘’Ajá, muy bien señor, ¿y cocaína?, no la va a encontrar mejor, se lo aseguro’-. Empecé a impacientarme. Le explique que ni marihuana, ni cocaína, ni opio, ni anfetaminas, que quería disfrutar a solas de una tranquilo día de sol y playa. –‘Ya veo por dónde va el señor’- continuó, -‘Quizá lo que el señor necesita es una mujer, una joven, ¿quizá vietnamita?, le puedo ofrecer a las más baratas de la ciudad, y además las vietnamitas chupan, no sé si me entiende, seguro que no se va a arrepentir’-. Sonreí, sin duda era un tipo persistente. –‘Mira macho, no quiero nada, no sé cómo explicártelo, no me drogo cuando viajo, ni pago por sexo, ni te compraría nada con lo pesado que eres, ¿entiendes?’- le expliqué cansado ya del juego. –‘Uy, uy, uy, haberlo dicho antes, no hace falta que se ponga así, si lo que el señor quiere es una chica ‘muy jovencita’ sólo tiene que pedirla, no sé si me explico’-. No daba crédito. Recogí la mandíbula, que se me había clavado en el pecho, introduje de nuevo mis ojos en sus cavidades y sin más di la vuelta y me marché ignorando a aquel energúmeno al que sospechaba me iba a encontrar más veces por aquel pequeño pueblo costero.

Tras una pequeña caminata por las 2 calles que me separaban de ella alcancé la playa. Occheuteal era una estrecha franja de arena invadida hasta la misma orilla por chiringuitos y tumbonas en los que ingentes cantidades de rosados turistas, embadurnados de crema hasta la costura del tanga, consumían inmensas bebidas coronadas por sombrillas multicolor mientras bailaban al ritmo de una espantosa música electrónica. Me froté los ojos intentando despertar de aquella ‘pesadilla en Benidorm’ pero nada ocurrió. Todos los kilómetros de extensión de aquella playa, debajo de cuyo manto humano debían de encontrarse la arena blanca y el hermoso mar que me había prometido la Lonely Planet, eran una burda falsificación asiática de la más hortera de las playas mediterráneas. Eché tanto de menos África que me invadió una tremenda desazón.

Por fin, tras mucho caminar encontré un chiringuito de gente local donde me senté a dejar pasar la mañana. Observé curioso a las innumerables señoras que recorrían la playa portando sobre sus hombros unas peculiares balanzas, alacena a un lado, cocina de carbón al otro, en las que preparaban en cuestión de minutos unos deliciosos camarones. Vacilé con la caterva de niños que recorrían la playa mendigando algún riel a cambio de cualquier cosa que se les ocurriera, y coqueteé con algún grupo de acaudaladas jemeres de la capital que, rodeadas de sirvientes, neveras y cestas de mimbre, pasaban el día en la playa.

La sensación era ciertamente agridulce. Más allá de los turistas se podía entrever la belleza de aquel lugar. Su litoral, en el que las hermosas casuarinas se reclinaban sobre el mismo agua del mar, sus construcciones tradicionales, separadas del suelo por unos frágiles pilares de madera, sus gentes amables y dinámicas practicando una de sus mayores pasiones: el comercio… pero todo ello ensombrecía ante la turba de gruesos señores en tanga abrazando a jovencitas asiáticas que apenas superaban la mayoría de edad, ante los grupos organizados de floreados excursionistas que seguían las instrucciones de su guía como si de un caudillo se tratara, ante la barahúnda que aquella mezcla de armonías electrónicas producía, ante los locales de masajes, las tiendas de moda y los spas. Pedí otra cerveza…

Tras una breve visita al bullicioso mercado del pueblo, donde por primera vez me vi inmerso en la intensa vida jemer al encontrarme acorralado por una colección pequeños puestos tan juntos entre ellos que apenas se diferenciaban los pasillos de las trastiendas, me dirigí a una pequeña agencia de viajes donde compré un billete de autobús para el día siguiente, destino: Los montes Cardamomo, un sistema montañoso cubierto por un extenso bosque lluvioso donde pensaba acampar un par de días y realizar algún trecking.

Volví al hostal y me senté en su terraza a ver la vida transcurrir. Mientras disfrutaba de otra inmensa Angkor observé como aquel conductor de tuk-tuk, el deficiente mental que me había interrogado por la mañana, me saludaba desde la acera opuesta de la calle. Intenté ignorarlo, lo que no le disuadió de empezar a vocear como un becerro. –‘Esta noche, ¿eh señor?’- bramó, –‘Una vietnamita, ¿verdad?, ¿a qué hora le recojo?’-. Mi rostro comenzó a teñirse de un rojo jemer. Quise explicar a todos los clientes de la terraza que aquel tipo estaba loco, que no sabía de qué hablaba, pero finalmente opté por esconder la cabeza en el vaso de cerveza y, cual avestruz beoda, esperar a que aquella situación se disipara por combustión espontánea.

Y anocheció. Y asumí que aquella horrible localidad costera no era el mejor sitio para encontrar algún amigo con quien compartir una cerveza circunstancial. Comencé a caminar solo por sus calles. Había poca gente y la mayoría de los locales se encontraban cerrados. Seguí caminando hasta la playa. Ésta también estaba medio desierta y apenas se podían ver algunos de los turistas de la mañana que seguían totalmente bebidos. Quería celebrar mi llegada al continente con una copa y una buena conversación. Me sentí solo.

Decidí volver al hostal y preparar el viaje del día siguiente pero de camino observé a lo lejos un local del que salía el bullicio característico de un sitio animado. Entré. Había bastante gente y muchas señoritas de excepcional belleza que charlaban animadamente con los clientes. Sospeché. Una de aquellas damas se acercó y me propuso jugar al 4 en raya con uno de esos antiguos artilugios en los que se iban introduciendo fichas por las rendijas superiores hasta conseguir la línea. Flipé. Por un momento volví a ser consciente de mi soledad y pensé que tomar una copa rápida no me haría ningún daño. Acepté.

2 horas después, sin saber muy bien cómo, me había bebido media botella de ron Negrita y charlaba animadamente con varias de aquellas señoritas que se encontraban ligeramente ofendidas por mis pesquisas sobre su oficio. Me explicaron que no eran prostitutas, más bien eran como modelos florero que adornaban el local y se llevaban una pequeña comisión por las copas que tomaran los clientes, aunque, me aseguraron, tenían prohibido irse con ellos. Recordé haber leído en alguna guía que las animadoras o 'chicas de la cerveza' eran una tradición en los países del Sudeste Asiático, en especial en Camboya, y que era muy difícil encontrar algún local que no albergara algunas de ellas. Realmente eran muy agradables y dada mi necesidad de contacto humano decidí tomarme ‘otra’ última copa antes de irme a descansar.

2 horas después, ya vacía la botella, me sorprendí apostando al billar con Ritha, una de aquellas hermosas muchachas de ojos rasgados. Habíamos acordado que si ella ganaba, yo invitaría a sus amigas a una ronda, por el contrario si ganaba yo podría elegir lo que quisiera, sin ningún tipo de límite o restricción. ‘Es una buena apuesta’, pensé…

Perdí la partida por muchas bolas, pagué la ronda y, como si fuera un personaje secundario recién sacado de ‘El color del dinero’, salí de aquel extraño y amable lugar, satisfecho, a pesar de todo, por haber ahogado mi nostalgia en algunos vasos de ron y unas risas. No había andado más de 20 metros cuando la experta jugadora de billar salió corriendo del local y me llamó. Se había cambiado de ropa y portaba un pequeño bolso en su brazo. La miré sorprendido, sonrió pícara. Me pidió el móvil, hizo una llamada y en menos de un minuto apareció de la nada un tuk-tuk. Nos acomodamos en la parte trasera y, tras unas breves indicaciones de la muchacha, el remolque se adentró raudo en las profundidades de la noche…

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