- Yo creo en Dios, pero lo llamo Naturaleza. Frank Lloyd Wright -



100 diás alrededor del mundo - Si Pan Don, las 4.000 islas

Ocio, cultura, viajes, libros, cine, cartelera

El destino elegido era Si Pan Dong, también conocido como las 4.000 Islas, un archipiélago fronterizo de millares de pequeños islotes ya en territorio laosiano. Durante el trayecto entablé una interesante conversación con Amitai, un extrovertido israelí que disponía de 3 meses para recorrer varios países del Sudeste Asiático y que venía siguiendo una ruta similar a la mía.

Tras un fugaz cambio de furgoneta en la ciudad de Stung Treng, donde ya olía a frontera -y es que el carácter de las localidades limítrofes es similar en el mundo entero- por fin alcanzamos el puesto fronterizo de Laos. Los trámites fueron bastante ágiles: una declaración de salud, una declaración de aduanas, el pago de las primas, que solía variar dependiendo de la hora del día o del funcionario que te atendiera, los sellos correspondientes, y por fin Laos, la nueva etapa en mi ruta del Mekong. En el puesto volvimos a cambiar de transporte y en 20 minutos alcanzamos el embarcadero desde el que partían las canoas motorizadas en dirección a las islas. Yo aún no tenía claro a cuál de ellas me dirigía así que opté por dejar la decisión en manos de mi nuevo compañero de aventuras, Amitai, y disfrutar como un chiquillo de aquel trayecto en canoa por los miles de pequeños afluentes en los que las ínsulas seccionaban los 14 km de anchura del gran Mekong. Finalmente Don Det fue el destino elegido, principalmente porque también era el destino de la balsa que habíamos abordado.

Don Det era una de las pocas islas habitadas del archipiélago y toda su extensión, una sucesión de praderas y campos de arroz entremezclados con palmerales y pequeñas construcciones tradicionales hilvanadas a lo largo de sus riberas, se podía recorrer en bicicleta en no más de una hora. En la zona norte se concentraba la actividad de aquella paradisíaca isla y allí encontramos nuestro alojamiento: unas pequeñas cabañas de madera construidas sobre el propio río, al que no se despeñaban gracias a las frágiles pilastras ancladas a su lecho. Advertí que llevaba una temporada tan relajado que ni reparaba en los nombres de las fondas en que me alojaba. La vida fluía con la placidez propia de un espíritu eximido de cualquier compromiso con su existencia anterior, de una razón entregada al hechizo de la más inmaculada realidad y de un corazón enarbolando la enseña de la mayor de las dichas. Apenas recordaba las adversidades de mi existencia anterior, apenas recordaba nada…

La vida en la pequeña ínsula se desarrollaba de una forma tan pausada como dinámica. Tan pronto recorríamos sus senderos en bici como disfrutábamos de deliciosas cervezas BeerLao en alguna terraza ribereña. Tan pronto navegábamos sus costas en piragua como nos recostábamos en nuestras hamacas para escuchar el abrumador silencio, tan sólo roto por el paso de algún esquife de pescadores locales Entre peripecia, correría y naufragio departíamos con la multitud de viajeros de pausado ademán que poblaban el islote o entonábamos melodías clásicas junto a intérpretes que improvisaban algún recital. A veces éramos felices, a veces simplemente afortunados…

El segundo día en aquel vergel visitamos Don Khon, una isla contigua a la que se accedía a través de un pequeño puente de piedra. En la isla vecina inspeccionamos unos imponentes rápidos conocidos como Li Phi Falls, por los que el Mekong fluía con una vehemencia tan inusitada que se convertía en uno de los pocos tramos innavegables de todo el río. Nos bañamos en sus playas del sur y disfrutamos como chiquillos trepando a las decenas de pequeños cayos que habían emergido a la superficie por la falta de lluvias, o dejándonos arrastrar por la corriente mientras fantaseábamos con la posibilidad de terminar de vuelta en Camboya. Por la tarde, sentados en una terraza que ocupaba un lugar privilegiado a la orilla del río, conocimos a Kate y a Marie, dos encantadores australianas que habían decidió abandonar sus trabajos de un día para otro y viajar por Laos durante un tiempo indefinido. La energía que transmitían era prueba irrefutable de la paz interior que habían alcanzado al tomar aquella contundente decisión. Ya por la noche, tras varias horas de risas y vino, mis ojos toparon con unos inmensos ojos azules que ondeaban sobre la sonrisa más sincera que jamás había visto y sin enmienda posible, en secreto, le entregué mi corazón a la dulce Kate.

Al día siguiente, otro de esos en los que la prisa se disipaba entre la armonía del entorno, asistimos a otra puesta de sol de esas que quedan talladas a fuego en la memoria. Mientras el sol se filtraba por el manso horizonte laosiano, los contornos de los cientos de cayos y arrecifes que colmaban toda la extensión del Gran Río proyectaban tal profusión de luces y sombras sobre aquella sucesión de instantáneas que el cerebro dejó de transmitir información para evitar el colapso de mi corazón. Amitai me confió su guitarra y, sin apartar la vista de aquella antología de tonalidades inverosímiles, nos entregamos al delirio espiritual más indolente mientras la cadencia de la bossa-nova marcaba el latido de nuestros corazones.

Cuando pudimos recuperar el habla, ya de vuelta a las cabañas, reparé en que a la mañana siguiente tenía previsto salir de aquel edén y no había tenido la oportunidad de encontrarme de nuevo con la dulce Kate. Recorrí inútilmente alguno de los locales donde había quedado embriagado por su hermosura, pero no la encontré. Me sentí levemente decepcionado: hubiera querido desearle lo mejor en la vida y sumergirme en esos ojos turquesa por última vez…

A la mañana siguiente, tras despedirme de Amitai, me embarqué de nuevo en una canoa motorizada en dirección a tierra firme y, mientras veía cómo los últimos vestigios de la Isla Mágica se disipaban entre el horizonte y sus islas mellizas, dejé salir de golpe la inmensa pena por mi partida. ‘Mejor cuanto antes’, pensé, ‘no quiero llevármela a mi próximo destino.





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