100 días alrededor del mundo - Senga Bay, de tradiciones y playas
Autor: Stevie (Thursday, 18 de February de 2010)
Navegacin: La Isla Mgica | Ocio, cultura, viajes, libros, cine, cartelera
Acampados en la pradera de un hostal llamado Cool Runings (recomendado a pesar de su propietaria) pasamos los siguientes 5 días, entregados al más infame de los asuetos y departiendo con viajeros y peculiares personajes locales cuya única ocupación conocida era la de relacionarse con turistas.

Jiraffe, Little Boy o Chocolate nos hacían compañía por el día, intentando vendernos esporádicamente alguna de las pulseras o collares que ellos mismos confeccionaban o sentándose en alguna terraza con nosotros con la esperanza de terciar en alguna de las rondas de cerveza que pedíamos.
Al segundo día nos fuimos a dar un paseo por la pequeña población y nos topamos con la primera de las maravillosas sorpresas que ésta nos tenía reservadas. En una explanada adyacente al colegio, una multitud de niños y jóvenes se reunían alrededor de una pequeña tarima en la que una banda interpretaba de forma magistral piezas de ‘gospel’ mientras un grupo de exorbitantes señoras ‘de a 100 kilos la unidad’ cantaban y bailaban entregadas al más profundo de los frenesíes evangélicos. La multitud acompañaba los cantos con sus bailes y sus coros, los niños indiferentes y traviesos, los adultos sometidos a un sincero fervor religioso, envolviendo el evento con un cautivador halo de armonía y pasión.
La muchedumbre nos recibió alegremente y los niños, excitadísimos, corrieron en nuestra dirección al grito de ‘¡Mzungu!’ (blanco en chichewa). En unos segundos nos vimos rodeados por hordas de pequeñas criaturas que nos tocaban y salían corriendo despavoridos a la espera de algún tipo de sortilegio. El acto duró todo el día y lo pasamos compartiendo con esas gentes devotas y entregadas que disfrutaban de nuestra presencia casi tanto como nosotros del maravilloso espectáculo. Malaui era ya el prometido país de la eterna sonrisa.
Al día siguiente, otro de esos en los que uno repara en que el tiempo está pasando tan sólo cuando comienza a anochecer, Jim y yo nos aventuramos al pueblo para tomar alguna copa y conocer un poco más de las costumbres y tradiciones locales. Caminamos sin rumbo fijo por los oscuros callejones del pueblo hasta que, guiados por una estridente música, localizamos un local bastante animado. El recinto consistía en un descuidado patio interior en el que decenas de locales perdidamente etílicos consumían una extraña bebida local envasada en ‘tetra-brick’. El ‘chibuku’ era una bebida a base de maíz lista para consumirse tras tres días de fermentación, produciendo, probablemente, daños irreversibles en la corteza cerebral de sus consumidores además de reacciones imprevisibles en su actitud.
Inmediatamente se nos acercaron los clientes de aquel antro con intención de saludarnos, de practicar intrincados choques de mano, de hacer infinidad de preguntas en ese inglés que, a pesar de ser la lengua oficial del país, casi nadie dominaba. La mayoría eran tipos cordiales que tras un par de preguntas o unos minutos de guasa volvían a sus brebajes, aunque también nos encontramos a algún ‘mal bebedor’ que colgaba su pesado brazo sobre alguno de nuestros cuellos y comenzaba a hablar en ‘chichewa’ sin que hubiera manera de quitárselo de encima. Uno de estos personajes me insistió tanto en que probara la ginebra local que accedí y sin más me sacó del local y me llevó, un par de callejones más abajo, a una casa particular en la que varios hombres sentados sobre la arena, frente a una hoguera en el centro de la única estancia de la casa, se pasaban una botella de ginebra casera como si se tratara de una pipa de la paz. Me la ofrecieron. Bebí y cuando mi estómago dejó de arder como si hubiera explotado una granada incendiaria dentro y recuperé el habla, agradecí el detalle a mis anfitriones y me dirigí de nuevo hacia el local. En la puerta me asaltó de nuevo el tipo que me había llevado hasta la casa y me entregó una botella de ginebra aún con el precinto puesto. Le intenté explicar que no quería una botella, que un trago había sido suficiente, pero el tipo comenzó a ponerse agresivo y a insistir con excesiva vehemencia: Insinuaba que estaba obligado a comprar la botella por los favores que me había hecho. En unos minutos se había montado una trifulca desproporcionada en la que ya participaban demasiadas personas, todas etílicas, y Jim y yo buscábamos de reojo una vía de escape por si aquello empeoraba. Pero antes de que así fuera apareció Little Boy, uno de nuestros amigos de la playa, y agarrándonos del brazo nos sacó discretamente de allí.
La noche duró muchas horas y, de mano de Little Boy, tuvimos la oportunidad de conocer algunos ‘shabeen’, locales casi siempre ilegales donde sólo se consumía ‘chibuku’ al ritmo de una frenética música entre el ‘reggaetton’ y los ritmos tradicionales y donde se daba cita lo más granado del panorama local, como borrachos, camellos, prostitutas y policías fuera de servicio…
Tantas emociones bañadas en cerveza de maíz dejaron mi cuerpo en una situación lamentable y pasé los siguientes dos días deambulando entre la tienda de campaña y la tumbona, esperando que el terrible pinchazo que me atravesaba el abdomen emigrara sin el concurso de un médico, hechicero, o similar… Y así fue. La mañana que habíamos previsto salir de aquel vergel de paz y serenidad me desperté en perfectas condiciones. Adorné a 20-p-k con sus mejores galas y, tras despedirnos del resto de viajeros con los que habíamos compartido crónicas y cervezas a partes iguales, los tres nos dirigimos a la estación de autobuses. Allí pasamos por un momento bastante emotivo al despedirnos de Nelly, que se dirigía al norte del país, y Jim y yo abordamos un autobús en dirección a Lilongwe, la capital de la antigua colonia inglesa y la segunda ciudad más poblada del país.
El paso por la capital tan sólo se demoró lo que tardamos en hacer algunas encomiendas administrativas, y constató que las grandes ciudades no me cautivaban en exceso (aunque probablemente ésta fuera la más tranquila y ‘segura’ de las que había estado). A la mañana siguiente me despedí de Jim, cuyo camino lo habría de llevar hasta Namibia atravesando Zambia en un disparatado viaje contra reloj, y me subí a otra ‘matola’ en dirección al sur del país, a un pequeño parque natural llamado ‘Liwonde National Park’, donde esperaba poder acampar un par de días. Durante el trayecto recordé algunos de los momentos estelares vividos con mis nuevos amigos y por un momento me invadió una tremenda sensación de pena: habían sido diez días juntos plagados de aventuras y emociones y su compañía había resultado un auténtico regalo… Aún así el viaje había de continuar.
100 días alrededor del mundo - Todos los capítulos:
Parte primera - África:
Sudáfrica:
Mozambique:
- Beira, atrapado en el infierno
- Quelimane, caminando se hace camino
- Ilha de Moçambique, el descaso del guerrero Mandinga
- Tren a Cuamba, en pos de la frontera
Malaui:
- Malaui, el país de la eterna sonrisa
- Senga Bay, de tradiciones y playas
- Liwonde National Park, el día de las bestias
- Dedza, la lujuriosa noche africana
- Mtendere, la misión
Mozambique:
Suazilandia:
Multimedia:
Parte segunda - Sudeste Asiático:
Camboya:
- Camboya, el sonriente reino jemer
- Sihanoukville, pesadilla en Benidorm
- Phnom Penh (I), la excelencia del caos
- Phnom Penh (II), la cuna imperial
- Kratie, el ocaso de los delfines
- Banlung, el otoño perpetuo
- Virachey, de etnias y junglas
Laos:
- Si Pan Don, las 4.000 islas
- Bolaven Plateau (I), easy riding…
- Bolaven Plateau (II), la ruta del altiplano
- Bolaven Plateau (III), cazadores de cataratas
Camboya
Multimedia:
Parte tercera - Japón:
Tokio:
Multimedia:
Comentarios:
La verdad es que es cierto lo de la eterna sonrisa, me viene a la cabeza un tio muy simpático llamado Cherry, con el pelo lleno de rastas eternamente sonriente y muy fumado que nos llevó a la playa a escuchar a unos colegas suyos que tocaban los tambores. Estuvo guay, pero mi cuerpo tampoco aguantó ni dos sorbos de la cerveza casera esa que tomaban.
Besos
Floren
Hola Floren, es verdad que Malaui es muy especial y sus gentes de lo más amables, en especial los niños que no apartan la sonrisa y la expresión de asombros de sus ojos. Es muy llamativa tanta 'felicidad' rodeada de tanta miseria...
Un beso!
Entradas Trackback
La direccin trackback de esta noticias es: http://www.laislamagica.com/trackback.php/100-dias-mundo-senga-bay-tradiciones
No hay entradas trackback para esta noticia.




