- La literatura, como todo arte, es la demostración de que la vida no basta. Fernando Pessoa -



100 días alrededor del mundo - Quelimane, caminando se hace camino


A las 3 de la madrugada me vinieron a recoger Vitor y un amigo suyo, ambos borrachos como una cuba. 10 minutos y varios derrapes después estábamos en la terminal de TCO, de noche cerrada.

Una de las recomendaciones sobre las que más insisten las guías de viaje es la de jamás pasear de noche y solo por terminales de transporte ya que el riesgo de sufrir un atraco es máximo. Tras un tiempo en el país entendí que los trayectos son tan largos, las carreteras tan malas y los asaltantes de caminos tan numerosos, que los buses han de salir siempre a horas intempestivas para llegar a sus destinos aún de día. Imaginé que los escritores de esas guías no habían viajado nunca en autobús...

Al ver que había suficientes viajeros por allí como para garantizar mi seguridad me despedí de mis acompañantes, que se volvían de juerga, y subí al bus. Me dormí. Cuando desperté miré por la ventana y tuve por primera vez consciencia del viaje que estaba haciendo. El color encarnado de la tierra africana combinado con el verde de la abundante vegetación otorgaba a la escena un aura mágico. Cientos de poblados, uno detrás de otro, se amontonaban a la orilla de la autopista, la única del país, mostrando sin vergüenza alguna a todos los viajeros su orgulloso estilo de adobe y paja. Multitud de habitantes locales viviendo en la mayor de las pobrezas realizaban variadas actividades como labrar la tierra, no hacer nada, o correr al paso del descomunal autobús de dos pisos propiedad del señor Oliveira. Y más aldeas, y más vegetación… la imagen del África rural me impactó de tal manera que dediqué el resto del viaje a mirar por la ventana con la mandíbula apoyada en el pecho.

Superamos por un puente de reciente contrucción el inmenso río Zambezi, lo que, a riesgo de parecer egoísta, me apenó bastante ya que anteriormente había que bajarse del bus y atravesarlo en una balsa de madera, convirtiéndolo en una fascinante aventura. Los espectaculares paisajes rurales se siguieron sucediendo hasta que, muchas horas después, llegamos a la ciudad de Quelimane, la puerta al norte del país. Bajé del bus agotado y pregunté al conductor dónde se sacaban los billetes para Pemba o cualquier ciudad más al norte. Me miró extrañado. –‘Não há autobus até a segunda-feira, senhor’-. ¿Segunda feira?, ¿qué será eso?. Tras un nervioso intercambio de información comprendí que ‘segunda feira’ significaba lunes… ¿lunes?, -'¡pero si estamos a viernes!'-exclamé desesperado. No daba crédito, atrapado de nuevo durante varios días en otra ciudad que, en principio, no estaba en mi ruta.

Me dirigí a la oficina de venta de billetes, una agencia de viajes venida a menos (Zambezia Travel, muy recomendada) cuya propietaria, una encantadora y elegante señora llamada Odete, me confirmó que TCO no viajaba al norte hasta el próximo lunes. Tuve un momento de ira. Toda la información que había ido obteniendo de la guía Lonely Planet estaba equivocada. Es verdad que la guía era de 2007, dos años antes, ¡pero es que no habían acertado ni una!. Y la ira me volvió a cegar. –‘Pues deme un billete de avión que vuele a cualquier ciudad del norte ‘- La señora se sorprendió, no estaba acostumbrada a estos derroches, y comenzó a consultar su ordenador. –‘El domingo há um voo a Nampula numa avioneta privada que faz charters'- confirmó. –‘No me digas más, Odete, lo quiero’- y obviando el detalle de que llevaba gastado en una semana el presupuesto de casi un mes, reservé mi vuelo y salí a la calle a buscar una habitación para los dos días que iba a estar atrapado allí.

En la puerta de la agencia me asaltó una inmensa y simpática señora que había escuchado toda la conversación y me comentó que ella tenía una casa de huéspedes en una zona muy tranquila de la ciudad (por llamarlo de alguna manera). Y sin gastar más saliva se subió en una moto del tipo 'Derbi Obrero' completamente destartalada y me hizo un gesto para que subiera detrás. La escena de la descomunal señora ocupando casi todo el sillín y de mí agarrado a sus lorzas como si de bridas de caballo se trataran, y luchando por que el peso de 20-p-k, que sobresalía hasta casi el borde del abismo, no me hiciera perder el equilibrio era cuanto menos absurda. De esta guisa atravesamos la ciudad y alcanzamos la casa sin ningún incidente.

En aquella limpia y cuidada casa de huéspedes me alojé durante los siguientes dos días que dediqué a pasear por Quelimane, una bella ciudad a orillas del inmenso río Cuacua, y cuyo nombre se especula con que proceda de las palabras en inglés ‘killing man’, por aquello de la temida malaria. Me dediqué a pasear por sus polvorientas avenidas, a hacer pequeñas compras en sus eternos mercados, a tomar muchas cervezas Manica de a medio litro y a visitar a mi amiga Odete que resultó ser una señora extremadamente culta y amigable y cuya conversación me resultó de lo más interesante. Y seguía sin ver turistas, ni blancos, ni verdes, ni morados.

Por fin llegó el domingo. Odete me recogió para llevarme al aeropuerto y antes de subir a la pequeña avioneta, propiedad de… ¡LAM!, tuvimos una última charla en el aeropuerto. Quedamos en mantener el contacto por si en el futuro comenzábamos algún tipo de colaboración, sociedad, o similar, y es que la idea de salir para siempre de Madrid y establecerme en algún país donde todavía la gente esté viva y no se hayan convertido en zombies consumidores me venía rondando la cabeza desde hacía mucho tiempo.

Durante los dos días en Quelimane había desistido de mi idea de viajar hasta Pemba ya que había perdido demasiados días en el intento. Mi siguiente destino: Ilha de Moçambique, una pequeña y hermosa isla rica en historia y tradiciones y considerada por la Unesco 'patrimonio de la humanidad'. Tras un par de horas de vuelo llegué a Nampula desde donde había que coger una chapa directa hasta Ilha. Asumí que ese mismo día iba a ser imposible y que iba a tener que hacer noche en otra infernal ciudad, pero aún así le dije al taxista que me llevara a la terminal de chapas.

Y de repente cambiaron los vientos y cambió mi suerte, y encontré una chapa rezagada que se dirigía ese mismo día a la isla. La chapa en cuestión era una pequeña y destartalada furgoneta tipo volswagen de 15 pasajeros en la que llegué a contar 25. Los asientos estaban tan consumidos que muchos se habían partido, permitiendo que medio trasero colgara libremente. El olor a humanidad y animales era tan intenso que pensé que se me iba a quitar el hambre para el resto de mi vida. Un par de gallos amarrados por las patas movían con angustia sus alas, imagino que para darse un poco de ese aire que tanto faltaba dentro de aquel minúsculo cubículo. La presión que ejercían los inmensos pasajeros que la abarrotaban por fin terminó con mi cara aplastada contra una de las ventanillas traseras, que no se abría, y por la que se podía observar, girando mucho los ojos, un espectacular paisaje en el que la vegetación había desaparecido dando paso a extensos campos de rojiza tierra arcillosa. Y de esta guisa circulamos por caminos sin asfaltar durante 4 horas, 2 de las cuales lo difruté como un chiquillo, hasta que por fin alcanzamos el estrecho puente que nos habría de cruzar hasta la ansiada Ilha de Moçambique.


100 días alrededor del mundo - Todos los capítulos:

 


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