- Es el hombre un desacierto de Dios o es Dios un desacierto del hombre?. Alguien -



100 diás alrededor del mundo - Phnom Penh (III), la maldición del viajero solitario

Ocio, cultura, viajes, libros, cine, cartelera

Cuando me desperté mi estado era deplorable. Sentía algo similar a una inmensa resaca producida por alcohol adulterado y agravada por un intenso dolor en todas mis articulaciones. Hice un breve repaso de las etapas de la noche anterior pero, aparte de algunas copas de ron que no me habían parecido falsificadas, no recordé nada que me hubiera podido producir ese malestar. Por un momento barajé la posibilidad de que me hubieran intentado drogar, aunque recordé que me ya había sentido mal antes de mi aventura nocturna…

En unos minutos apareció el minibús que debía llevarme a la parada principal, en el centro Siem Reap, donde había de abordar un autobús en dirección Phnom Penh, esa capital que tantos buenos recuerdos me había regalado y que ansiaba saborear por última vez. El viaje fue infernal. Durante las 8 horas que duró, mi estado fue empeorando progresivamente hasta el punto de verme incapaz de mantener una conversación con Andy, un cordial viajero japonés que estaba encantado de regalarme tanta información como necesitara sobre Tokio, mi inminente destino. No podía comer y apenas bebía algo de líquido cada vez que un bache me despertaba de mi letargo, entre el sueño y el vahído. Era sin duda la peor resaca que había tenido en mi vida.

Cuando llegamos a Phnom Penh, Andy y yo nos dirigimos directamente a The Last Home, el acogedor hostal donde me había alojado en mi visita anterior. Tras un breve paso por nuestras respectivas habitaciones nos dirigimos al paseo fluvial a cenar. Me encontraba un poco mejor. Intercambiamos algunas informaciones, yo sobre las bondades de la capital camboyana, Andy sobre las maravillas la capital nipona, y por fin nos dirigimos de vuelta al hostal donde, antes de despedirnos, nos citamos para el día siguiente.

Cuando entré en mi habitación sudaba tanto que hasta los pantalones rezumaban humedad. Me tendí en la cama. Empecé a temblar violentamente mientras un frío desmesurado me invadía el cuerpo. Busqué una manta por el cuarto y tras acurrucarme en la cama y extendérmela por encima, abracé con fuerza mis rodillas. De repente me sobrevino una arcada y, con el tiempo justo de asomar la cabeza por el borde de la cama, comencé a expeler ingentes cantidades de un extraño líquido que emergía de mis fauces con tal vehemencia que alcanzó hasta las paredes de la habitación. Apenas encontré fuerzas para acercar la pequeña papelera que estaba junto a la cama y utilizarla como recipiente para los las vomitonas que siguieron. De nuevo un calor espantoso me obligó a desprenderme de todas las prendas que había ido echando sobre la cama. Tras sufrir varias veces más la disparatada sucesión de estados térmicos, por fin me desvanecí. A media noche me despertó un ruido. Escuché voces y algo que se me antojó un intento de abrir la ventana de mi habitación, que daba directamente al pasillo. Recordé los episodios febriles previos al desvanecimiento e imaginé que estaba delirando. Me volví a dormir.

A la mañana siguiente me encontraba un poco mejor. Mientras intentaba limpiar el cataclismo en que se había convertido el suelo y la pared de la habitación escuché gritos en el pasillo. Entorné la puerta y tras curiosear durante un par de minutos vislumbré lo que estaba sucediendo. Por la noche habían entrado en el edificio y habían forzado algunas de aquellas ventanas interiores que daban a los pasillos: Varios viajeros habían sido desvalijados mientras dormían. Comprendí entonces que no se había tratado de una pesadilla y que realmente habían tratado de entrar en mi habitación aquella noche.

Terminé de limpiar, aún alarmado por el turbador episodio, y me dirigí a un cibercafé que se encontraba al otro lado de la calle. Necesitaba urgentemente reservar una habitación para mi primera noche en Tokio, ya que no sólo era invierno en la capital nipona, lo que suponía un serio obstáculo a la hora de buscar un hostal in situ, además era navidad, fechas en las que la mayoría de las capitales del mundo se colmaban de visitantes y familiares. Conseguí reservar la última habitación de un hostal en un popular barrio tokiota y, cuando me disponía realizar una breve investigación virtual sobre las enfermedades que pudieran haber motivado mis vehementes manifestaciones de la noche anterior, éstas comenzaron de nuevo.

Regresé a la alcoba y volví a hacerme una bola en la cama, intentando que los temblores que me acometían no me hicieran caer de ésta. Se añadió al ciclo un nuevo síntoma que me obligó a saltar de la cama varias veces con el tiempo justo de alcanzar el retrete. Apenas percibía la diferencia entre el líquido que expelía por mi boca y el que expulsaba por mi culo. Me sentí como un guante de látex al que, después de fregar, volteaban incesantemente sobre sí mismo. Me encontraba tan mal que hubiera aceptado cualquier solución, de la naturaleza que fuera.

Por la noche la fiebre rozaba los 40 grados, lo que mermó enormemente mi capacidad para leer los manuales y guías en las que intentaba buscar inútilmente algún dato fiable sobre los síntomas de la malaria. Estaba bastante alarmado. Me arrepentí de haberme deshecho de Andy cuando se había acercado un par de veces por mi habitación para indagar sobre mi estado y ofrecerme algún plan para el día. Decidí que mi primer objetivo era descartar la malaria por medio de un test rápido, ya que desde mi llegada a Asia tan sólo había tomado la profilaxis de forma intermitente, dependiendo de lo que aleatoriamente hubiera considerado zona de riesgo. Conseguí vestirme y bajé a la calle a buscar una farmacia. Cuando giré la primera esquina intuí que iba a ser una misión harto complicada ya que la sucesión de luces y neones de los distintos establecimientos callejeros se mezclaban en mi mente sin orden ni concierto, haciendo prácticamente imposible leer sus letreros, y los rostros de las decenas de conductores de moto y tuk-tuk que me asaltaban se distorsionaban según se aproximaran o alejaran de mí. Estaba delirando.

Caminé vacilante por una avenida por la que, en un momento de sensatez, recordé haber visto una farmacia. La encontré. El dependiente me miró con cara de memo cuando le pedí un test rápido. No tenía ni idea de lo que era aquello, pero amablemente me indicó dónde podía encontrar otra farmacia. En ésta tampoco habían oído hablar de las condenadas pruebas, pero me intentaron vender la profilaxis para el paludismo. Les respondí que probablemente ya era tarde. Cuando me quise dar cuenta había caminado hasta otro extremo de la ciudad, siguiendo la absurda ruta que los distintos boticarios me habían ido sugiriendo. No podía más. Pregunté a un conductor de tuk-tuk dónde había un hospital, me indicó que montara en su remolque. Entendí que no tenía ni idea y que tan sólo quería sacarme dinero. En unos segundo me vi de nuevo rodeado por infinidad de conductores y siniestros personajes que me instaban impetuosamente a subir a sus vehículos. Todos afirmaban saber dónde había un hospital, pero cada vez que les demandaba una explicación sobre la ruta que iban a seguir sonreían y se miraban entre ellos. Ninguno sabía dónde había un hospital. Empecé a temer por mi seguridad ya que estaba convencido de que habían detectado mi debilidad y cada vez había más personajes de aspecto siniestro rodeándome. Agarré mi cartera con fuerza y, abriéndome paso con el brazo libre, aparte a la turba que me asediaba y me dirigí de vuelta al hostal tan rápido como mi estado me permitía. Tras tratar inútilmente de llamar la atención de la propietaria, que se encontraba imbuida tanto en improvisar un impresionante surtido de excusas para evitar el concurso de la policía en la investigación de los robos como en realizar sus propias pesquisas al respecto, me dirigí de vuelta a mi habitación. Saqué del fondo de mi botiquín el blíster de Malarone que llevaba para emergencias, me tomé la primera dosis del tratamiento anti-malárico y tras asumir que estaba completamente solo y que no tenía a quién pedir ayuda, me desvanecí…

A la mañana siguiente sonó mi despertador a las 7:00. Tardé un par de minutos en recordar que en apenas 3 horas salía mi vuelo para Tokio. Miré a mi alrededor. 20-p-k yacía vacía en una esquina y por el suelo de la habitación se amontonaban desperdigados todos sus contenidos, desde toda mi ropa hasta los artículos de mi neceser y mi botiquín, que literalmente había volcado por el suelo la noche anterior en busca del Malarone. Me quería morir.

Tras visitar de urgencia varias veces el baño conseguí dar forma a todo aquel holocausto y, una vez pagada mi cuenta en recepción, abordé un tuk-tuk en dirección al aeropuerto. Probablemente la fiebre no me había dejado meditarlo bien, pero reparé en el grave error que había sido no llamar a la aerolínea para posponer el viaje un par de días. Ya era tarde. Cuando llegué al aeropuerto regresaron los mareos y la fiebre. Mientras aguardaba la salida del vuelo me conecté con el móvil a la wi-fi de la sala de espera y pude comprobar por fin que, como había sospechado, tanto la malaria como el dengue compartían síntomas similares a los que yo tenía, aunque el dengue, además, incluía un sarpullido característico en la piel, lo que me permitió descartarlo. La tercera posibilidad que barajaba era la de una intoxicación aguda, probablemente por pescado o marisco, aunque la única vez que lo había consumido había sido en Siem Reap, cuando algunos síntomas ya habían comenzado. Mi preocupación, a pesar de -y debido a- la fiebre y los mareos alcanzaba ya cotas insondables.

Conseguí subir al avión y en un par de horas llegué a Hong Kong, la única escala en mi vuelo. Allí hube de caminar durante largo rato por los pasillos del inmenso aeropuerto, sorteando de nuevo a las hordas de viajeros que lo colmaban y atravesando un absurdo repertorio de controles de seguridad en los que, tras esperar interminables colas, comprobaban una y otra vez mi pasaporte, mi tarjeta de embarque y el contenido de mi mochila pequeña. Cuando despegó el avión que había de llevarme hasta Tokio y comprobé que tenía a mi disposición una fila entera de asientos me relajé. Tenía mucha fiebre, me encontraba tremendamente mal y había tenido que ir al baño varias veces en las etapas anteriores, pero por fin, tras ingerir la segunda dosis del tratamiento anti-malárico, pude desmayarme tranquilamente, sin preocuparme por llamar demasiado la atención.

Me desperté en el aeropuerto de Tokio. Nunca entendí como pude encontrar las fuerzas necesarias para recorrer los extensísimos pasillos hasta el área de seguridad, atravesar sin incidentes un control de salud en el que una cámara termográfica detectaba, supuestamente, los síntomas de la gripe porcina, superar un control de pasaportes en el que hube de responder a varias preguntas sobre mi procedencia y mi destino y pasar, por enésima vez, por un control de equipaje, pero por fin, febril y tembloroso, conseguí alcanzar la ansiada corte imperial nipona.

 


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Enviado el Friday, 26 de March de 2010