- La vida es aquello que sucede mientras te empeñas en hacer otros planes. John Lennon -



100 diás alrededor del mundo - Phnom Penh (I), la excelencia del caos


Me desperté con un terrible dolor de cabeza, era mediodía. No tardé demasiado en recordar que a las 9 había salido mi autobús a los montes Cardamomo y que había enviado ‘a tomar por culo’ a la recepcionista del hostal cuando ésta había venido a avisarme. Imaginé que en español no lo habría entendido.

Bajé a pedir un café para tragar el analgésico y esperé, sometido al divertido escrutinio de las empleadas de la hostería, a que el terrible dolor remitiera. Pasé al local adyacente, la agencia de viajes que me había vendido el billete, para confirmar que no me devolverían el dinero. Mientras esperaba al dependiente observé en el mostrador una guía de Laos, una de esas zafias versiones fotocopiadas que se encontraban por todas partes. Sentí curiosidad, la compré, y volví a la habitación a decidir qué iba a hacer con mi resacosa vida. Recordé a Ritha y sonreí.

Al medio día ya lo tenía claro. Laos era un destino espectacular y quería ir aunque significara alargar mi estancia en aquella parte del mundo. Decidí que emprendería una ruta siguiendo el Mekong desde Phnom Penh hacia al norte, hasta donde el tiempo me permitiera, visitando todas las localidades que fuera encontrando a mi paso. Me sentí tremendamente emocionado por mi nueva hoja de ruta. Bajé a la agencia de viajes y tras comprar un billete de autobús de vuelta a la capital para el día siguiente, dedique el resto de la jornada a desgastar algunas sillas de las variadas terrazas turísticas de Sihanoukville.

Durante el viaje de vuelta a la capital conocí a Georgia, una encantadora italiana que llevaba casi un mes recorriendo Camboya y que, con cierta tristeza, me comentaba que estaba ligeramente decepcionada por haber encontrado un país más turístico de lo que imaginaba. También hablaba con amargura de aquellos grupos de excursionistas alcoholizados que por allí deambulaban ignorando sistemáticamente el esplendor de las costumbres locales. Entre frase y frase pude observar por la ventana los intensos decorados rurales que nos acompañaba. Hermosos Watt (templos) sobresalían de entre la multitud de frágiles casas de madera firmemente sostenidas sobre los pilares que las mantenían alejadas de la humedad del suelo. Hábiles críos gobernaban con absoluta destreza a unos inmensos búfalos con los que labraban los campos aledaños y un verde manto de vegetación iluminada por una intensa claridad envolvía toda aquella escena, dotándola de un aura de sublime belleza.

Llegamos a Phnom Penh y, tras organizar una cita para cenar, me despedí de Georgia y me dirigí rápidamente realizar mis dos misiones primordiales: reservar habitación en un hostal que había seleccionado en la guía de viajes (por fin aquella incompetente amalgama de papel iba a servir de algo) y conseguir lo más rápido que pudiera un visado para Laos, ya que no quería demorar mi estancia en la capital más tiempo del necesario.

‘The Last Home’ (recomendado) era una pensión regentada por una familia local. Sus pasillos sin duda habían visto tiempos mejores, pero la habitación, en el último piso, era amplia, tenía baño con agua caliente y mostraba unas excelentes vistas de algunas callejuelas muy transitadas de la ciudad. No lo dudé. Tras acomodar a 20-p-k bajé a la terraza a dar cuenta de una cerveza rápida de bienvenida. Allí conocí a Philipp.

Alemán, escritor, y con más de medio siglo consumado, Philipp me relató con exquisito detalle sus aventuras en los más recónditos rincones del mundo en los que había experimentado, según decía, algunas vivencias sobrenaturales. Al principio pensé que era gay, luego que estaba medio chalado, pero tras un par de horas de intensísima conversación comprendí que sencillamente era un personaje muy especial que rebosaba sensibilidad por cada uno de sus vértices. Su vida me cautivó de tal manera que terminó contagiándome su pasión por aquel país, y en especial por aquella ciudad que ciertamente aún no había evocado mi aversión por las grandes urbes. De repente no me importó estar demorando en exceso mis pesquisas sobre el visado para Laos.

-'Laaaos?’- graznó la chismosa propietaria de la pensión, -‘Here visa Laos, 50 dollar. If express, 60 dollar’- anunció con una voz tan chillona que mis tímpanos se hicieron los muertos para salvar la vida. Y sumido en la contagiosa energía positiva de aquella metrópoli y de sus visitantes claudiqué mi pasaporte, bajo la promesa de recibirlo de vuelta al día siguiente con el visado correspondiente. Tras varias horas de conversación con Philipp decidí ir a conocer de primera mano las excelencias de las que me hablaba. Nos despedimos hasta el próximo día y comencé un extenso paseo por la ciudad.

Recorrí algunas de las calles próximas al paseo fluvial y me regocijé en sus infinitos mercados y puestos callejeros, en los que se ofrecían desde productos de higiene o farmacia hasta gastronomía local ‘para llevar’. Disfruté de la infinita amabilidad de sus gentes de eterna sonrisa. Aguanté sin perder las formas a los obstinados conductores de tuk-tuk que de forma mecánica ofrecían sus servicios en cada esquina de la ciudad. Caminé por la avenida fluvial y observé asombrado el extraño entorno que resultaba al combinar un típico paseo francés, con sus glamurosos cafés, sus locales de moda y sus gentes sin prisa, con las riberas del Mekong o del Tonlé Sap, tan exóticas como contaminadas. Departí con vendedores ambulantes que ofrecían todo tipo de consumibles y se prestaban dóciles al regateo más cruel. Comprendí que había que tener cuidado para no pagar menos del precio justo, algo bastante fácil con un poco de guasa y mano diestra. Atravesé plácidos barrios en los que vivían exclusivamente monjes budistas ataviados con sus túnicas naranjas. Me senté en algún café frente a efervescentes cruces en los que, sin ningún tipo de señal de tráfico, los cientos de vehículos que confluían encontraban un hueco por el que transitar. Decidí que aquel caos era mucho más eficiente que cualquier colección de normas modificadas y corregidas hasta la demencia y lo llamé ‘la excelencia del caos’. Crucé miradas y sonrisas con viajeros, con los de verdad, esos que no veía desde África, y me sentí acompañado. Vagué hasta el mercado central, donde la excelencia del caos alcanzaba su máxima expresión. Deambulé por infinitas galerías en las que vendedores, clientes y género se fundían sin lógica alguna. Fui expulsado amablemente de alguna trastienda en la que me había metido por equivocación. Por fin, tras rebautizar al subcontinente como Sudaste Asiático mientras enjuagaba por enésima vez los chorros de sudor que caían por mi frente, volví a la pensión, convencido de que aquella bulliciosa ciudad tenía que ser una amable versión en miniatura de otras grandes metrópolis de la zona que no conocía, como Bankog o Hanoi.

Tras una breve ducha con agua caliente -lo que resultó una primicia- me dirigí a mi encuentro con Georgia. Cenamos y paseamos de nuevo por el paseo fluvial. Tomamos alguna copa entre risas y pláticas y por fin nos despedimos con cierta amargura ya que ella volvía a Italia a la mañana siguiente. Era una chica encantadora y ambos confesamos que hubiera sido perfecto habernos conocido con tiempo de compartir alguna etapa del viaje. Y caí rendido en mi cama, rebosando dicha y dispuesto a hacer de aquella etapa algo memorable.


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