- La fe no es otra cosa que no querer saber la verdad. Friedrich Nietzsche -



100 días alrededor del mundo - Mtendere, la misión


Cuando desperté no me encontraba excesivamente mal y, aparte del hecho de que durante el par de horas que había dormido había compartido la cama con toda suerte de invertebrados, estaba bastante animado. Llamé, sin demasiadas esperanzas, a uno de mis amigos de la noche anterior que en medio de la vorágine había prometido acercarme hasta mi destino. Contestó.

Una hora más tarde me recogió y me llevó a lomos de su moto, atravesando los espectaculares paisajes de aquel extremo de Malaui, hasta la misión, situada en una pequeña localidad en las profundidades del país y muy apartada de carreteras y pueblos.

Según avanzábamos por el último tramo, una hermosa vereda flanqueada por espesa vegetación, comencé a notar una sensación extraña, como si la energía que envolvía aquel remoto emplazamiento se estuviera incrementando. Un sol espléndido iluminaba de una forma singular los colores de aquel lugar imprimiendo una huella de paz y y sosiego a todo el entorno. Paramos en el centro de una explanada circundada por algunos edificios de rudimentaria construcción. Una hermosa joven de mirada sosegada y extensa sonrisa salió a recibirme. -‘¡Bienvenido!’- dijo alegremente, aunque yo sabía que en el fondo mi visita le resultaba más un compromiso que otra cosa. -‘Soy Mafalda, la voluntaria de África Directo’- se presentó. –‘Ven, te voy a enseñar lo que hacemos aquí’- Y así, sin más demora, deposité mis pertenencias en una pequeña casita ubicada en un lateral de aquella plazoleta y la seguí por las distintas dependencias del complejo.

La  Misión de las Hermanas Teresianas de Mtendere disponía de un hospital que cubría las necesidades básicas de todas las poblaciones cercanas (hasta 60.000 personas), en especial todas aquellas relacionadas con la infancia, con su unidad de pediatría o su maternidad. En un edificio contiguo la unidad de tratamiento y prevención del VIH estaba a rebosar de pacientes y familiares que me observaban a mi paso con una mezcla de respeto y miedo, como si esperaran que yo fuera un gran médico venido del otro mundo para traerles algún remedio mágico. Pero no, sólo era un pobre viajero boquiabierto por lo que estaba viendo. En el extremo opuesto se encontraba una gran nave que hacía las veces de centro de reuniones, de aula, o de almacén y donde se realizaban otros programas para la infancia y juventud así como programas educativos y de seguimiento de minorías marginales, como los albinos. Y cerrando el círculo unas pequeñas viviendas alojaban a voluntarios y trabajadores de aquel pequeño vergel que significaba la única esperanza para miles de habitantes de aquel miserable rincón del mundo.

Tras la visita, Mafalda me sugirió dirigirnos al único pueblo de la zona, la pequeña localidad de Tete, a la que se llegaba tras recorrer tres kilómetros de unos campos tan prósperos por su vegetación como míseros por sus gentes, donde sentados en un pequeño jardín y disfrutando de unas cervezas me puso al día de los devenires de aquel espectacular proyecto. Me explicó cómo África Directo, cuyo fundador y amigo me había organizado aquella visita, trabajaba de mano de las Hermanas gestionando algunos de estos programas y aportando medios, dinero y voluntarios, y cómo su misión principal era educar a las gentes locales y proveerlos de los medios necesarios para que pudieran desarrollar esa misma labor una vez la ONG no estuviera allí. Me explicó el terrible problema que el hecho de nacer albino suponía en aquellas tierras ya que, aparte de los obvios problemas físicos en una región de sol inflexible, se les suponían propiedades oscuras (como que mantener relaciones con una mujer albina curaba el SIDA), y esto acababa con ellos sometidos a una implacable marginación.

Inmersos en aquella cautivadora conversación no reparamos en que se había hecho de noche cerrada y por el mismo camino, con una pequeña linterna, volvimos a la misión. Tras una ducha, por fin, me deposité en una cama limpia y cómoda, con el tiempo justo de sentir las intensas emociones que me acechaban antes de someterme al dulce achuchón de Morfeo.

Los siguientes días en la misión fueron indescriptibles. Asistí a los cursos sobre siembra y regadío que recibían las gentes locales, participé con absoluta torpeza en distintas labores como realizar un censo mínimamente fiable de los representantes de las aldeas cercanas y de sus habitantes capacitados para trabajar o repartir grano entre la multitud que hasta allí se acercaba a solicitarlo, ayudé a decorar la nueva ambulancia con los distintivos de la ONG, acudí de espectador a reuniones en las que se hacía seguimiento de los alumnos albinos becados o se discutía sobre la necesidad de comprar nuevo instrumental médico, de contratar a nuevos sanitarios... El ritmo era frenético y Mafalda, sin relegar la sonrisa, manejaba todas las situaciones con una presteza digna de una alta ejecutiva.

Por las tardes me dedicaba a dar larguísimos paseos por aquellos espectaculares campos esmeralda, departiendo con las gentes que iba encontrando a mi paso, caminando junto a familias que portaban inmensos fardos de leña hasta, probablemente, algún remoto lugar, atravesando pequeñas aldeas de barro y paja en las que muchos de sus miembros salían a recibirme y me acompañaban hasta sus lindes, bromeando con los niños que felices e ignorantes se reunían en las praderas para dejar pasar el día lejos de la terrible pobreza que los esperaba en casa, o visitando el bulliciosos mercado de Tete. 

Por las noches Mafalda y yo compartíamos algunas cervezas o unos tragos de la recia ginebra local, escuchando música española, comentando los devenires de otra intensa y conmovedora jornada africana o resumiendo nuestras vidas en una breve recopilación de reseñas. Al segundo día no sabía si la admiraba desorbitadamente o quería echar raíces en su jardín…

Pero por fin llego el día en que hube de partir. Me desperté, de nuevo, a las cuatro de la mañana, triste, cansado y resacoso. Habían sido sólo tres días pero sentía que de alguna manera aquel lugar se había apropiado de un pequeño pedazo de mi corazón. Pensé en cambiar todos mis planes y quedarme pero entendí que allí sólo sería un estorbo; 'aquí no vale con la voluntad, además hay que valer', pensé. Tras despedirme, no sin cierta emoción, de aquella entregada voluntaria, paradigma de la anfitriona perfecta, el motorista que había contratado la noche anterior me acercó por los intransitables caminos de tierra que ocultaban aquel vergel a los ojos de la humanidad hasta la carretera principal.


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