100 días alrededor del mundo - Maputo, éxodo y evasión

Thursday, 25 de February de 2010

Autor: Stevie


Los días siguientes supusieron un disparatado éxodo a través de las profundidades de ese remoto extremo de África. Desde que partí de Mtendere y atravesé de nuevo en bici la frontera, una interminable antología de medios de transporte, a cada cual más precario, me llevó por recónditos rincones de Mozambique en dirección a mi siguiente destino en el extremo opuesto del país: Maputo.

Hice noche en la ciudad de Tete, una calurosa ciudad a orillas del río Zambezi cuya ubicación le confería la condición de importante nodo de trasportes entre Zimbaue, Mozambique y Malaui. En Beira me alojé en aquella primera pensión del comienzo del viaje, donde, antes de volver a abordar uno de esos autobuses que parten sin haberse estrenado el día, retomé brevemente el contacto con mi viejo amigo Vitor. Recordé la inexperiencia que exhibía por aquellas fechas, de las que, aunque hubiera jurado que eran lustros, no hacía ni un mes, y por primera vez fui consciente del desparpajo que había desarrollado durante esas apasionantes semanas de viaje. Y por fin, tras tres intensas jornadas y más de 2.500 kilómetros de madrugones, socavones y polvo, alcancé la pequeña localidad costera de Praia de Tofo, un pequeño reducto de mochileros y esparcimiento en el extremo oriental de la península de Ponto do Barra, donde tenía planeado descansar algún día.

La península era un pequeño paraíso. Sus rudimentarios caminos de tierra se abrían paso por espesos boscajes en los que la tradicional acacia africana se mostraba amedrentada ante los frondosos palmerales que la cubrían. Recordé que alguien me había explicado que las palmeras eran uno de tantos elementos no autóctonos que los árabes habían aportado al sur del continente. Dediqué tres días a conocer sus espectaculares playas de nívea arena y aguas turquesa, a compartir crónicas y cervezas con infinidad de peregrinos de todo el mundo, algunos de los cuales dejaban mi aventura en mera anécdota, y a recorrer algunas de sus localidades de mayor belleza, como Inhambane, una pequeña ciudad colonial situada en el extremo occidental del cabo y cuya bahía ofrecía algunas de las mejores puestas de sol de la región. Y por fin, con las pilas recargadas y el espíritu redimido, cabalgué otra arcaica bestia metálica hasta el bastión de la vida mozambicana, la dinámica y peligrosa ciudad de Maputo, capital de la república.

La capital me recibió indiferente, con su tráfico, su polución y sus ruinosos edificios ignorando totalmente mi presencia. Las largas avenidas que hube de recorrer desde la multitudinaria estación de autobuses hasta el hostal en el que me pensaba alojar mostraban sin pudor alguno la decadencia de aquella bulliciosa ciudad, centro social y económico de Mozambique. Llegué a ‘Base Backpackers’ (recomendado) donde me colocaron en la última cama libre del hostal, en un dormitorio compartido con otras 8 personas, y me dirigí a la recepción a realizar mis habituales pesquisas sobre hostelería, ocio y seguridad. No me dio tiempo ni a empezar. El recepcionista sacó un folio con un mapa de la ciudad impreso en blanco y negro y, mirándome a los ojos con actitud de ‘esto va en serio, chaval’, me explicó que todas las zonas marcadas con bolígrafo rojo eran zonas prohibidas, al menos si quería que mi culo conservara su virtud indemne, y que limitara mis escarceos a las zonas sin marcar. Miré el mapa. Era todo rojo salvo un par de avenidas próximas y un par de zonas bastante alejadas a las que se llegaba tras varios transbordos en chapa. Imaginé que aquello, de nuevo, era una exageración, pero los comentarios del resto de viajeros que habitaban aquella pequeña hostería me hicieron dudar. Además me informaron del riesgo añadido que suponía la policía local, ya que su mayor entretenimiento era perseguir turistas y retener su pasaporte hasta que estos pagaran la multa de una denuncia fingida. Mi aversión a las ciudades grandes, de nuevo, encontró una alberca donde saciar su sed.

Salí a dar un paseo. Recorrí las avenidas ‘autorizadas’ intentando encontrar algo positivo que sacar de aquel sitio. Comenzó a llover intensamente. Volví al hostal y me senté cabizbajo en el salón, junto a otros viajeros. No tenía ninguna gana de estar allí, en aquella gran urbe corrupta y sucia, lejos del hermoso verde de los bosques, del penetrante rojo de los campos y del intenso negro de los afables aldeanos. Recordé Mtendere, sus prados, sus gentes, su anfitriona, y desee profundamente estar allí…

Una vez conseguí salir aquellas reflexiones consagré el resto de la tarde a charlar con los viajeros que por allí se refugiaban y así conocí a Ben, un joven e inexperto viajero inglés que se había aventurado hasta Maputo desde Sudáfrica por aquello de añadirle un nuevo sello a su pasaporte y que contaba ansioso las horas que le quedaban para salir de allí. Me habló de Suazilandia, un minúsculo reino al sudoeste de Maputo para el que había conseguido un transporte a la mañana siguiente. Se me iluminó la mirada. Informé al recepcionista de que mi estancia iba a ser mucho más corta de lo que en principio le había confirmado, consulté algunos datos básicos en una vieja guía de África que circulaba por el hostal y me dirigí a mi dormitorio a disponer a 20-p-k para el inminente abordaje de una nueva frontera..



100 días alrededor del mundo - Todos los capítulos:

Parte primera - África:

   Sudáfrica:

   Mozambique:

   Malaui:

   Mozambique:

   Suazilandia:

Multimedia:

Parte segunda - Sudeste Asiático:

   Camboya:

   Laos:

   Camboya

Multimedia:

 


Parte tercera - Japón:

   Tokio:

Multimedia:

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