- La vida es aquello que sucede mientras te empeñas en hacer otros planes. John Lennon -



100 días alrededor del mundo - Malaui, el país de la eterna sonrisa


A lomos de las destartaladas bicicletas alcanzamos, tras 20 minutos, el primer puesto fronterizo: la aduana de Mozambique. Hicimos una breve cola y tras aleccionarnos sobre la importancia de un visado previo para volver a entrar en el país, el grueso policía fronterizo nos selló el pasaporte. Volvimos a subir de nuevo en las bicis y nos dirigimos al puesto malauí.

Tras dos o tres kilómetros en los que mi máxima preocupación era saber de qué nacionalidad gozaban los habitantes de aquellas aldeas que, ubicadas en 'tierra de nadie', flanqueaban el camino, llegamos al nuevo puesto fronterizo. Éste se demoró algo más ya que nos pidieron hasta le inútil certificado de vacunación, pero en media hora, por fin, introdujimos nuestros derrotados cuerpos en Malaui, el país de la eterna sonrisa. Negociamos con un el conductor de una camioneta y éste nos acerco al primero de todos los cruces de camino por los que habríamos que pasar antes de llegar a nuestro destino final: Senga Bay, un pequeño poblado a orillas del inmenso Lago Malaui donde pensábamos dejar descansar nuestros maltrechos cuerpos algunos días.

Desde el principio y aunque pensaba que Malaui era aún más pobre que Mozambique, se me antojó más desarrollado, al menos en lo que a infraestructuras se refiere. Las carretera estaban asfaltadas, algo que no se suele ver en el país vecino, y las casas de barro o de adobe dejaban paso a nuevas construcciones, muchas de ladrillo y con techos de zinc. Los automóviles parecían estar en mejor estado y sus gentes nos miraban alegremente, mostrando tras su descomunal sonrisa una simétrica hilera de enormes dientes de un blanco nuclear.

Según nos aproximábamos al lago la vegetación, de un intenso follaje esmeralda, comenzó a revelarse de forma suntuosa. Y llegamos a Mangochi, un pequeño pueblo cuya ubicación en un transitado cruce de caminos lo convertía en un nodo natural para los transportes. Decenas de ‘matolas’ (la versión malauí de las chapas) recorrían sin descanso sus blancas calles, con su cobrador descolgado de la puerta como si de un acróbata demente se tratara, anunciando el destino final de su vehículo.

Sorprendentemente llamamos muchísimo la atención y llegó un momento que nos encontramos, de nuevo, totalmente rodeados por una jauría de cobradores que nos acometían con excesiva vehemencia, ofreciendo todos y cada uno de los destinos del país. Nelly se empezó a agobiar de nuevo y Jim la volvió a apartar de aquella manada de lobos sedientos de Kwacha, mientras yo trataba inútilmente de entender cómo llegar a Senga Bay. Unos me gritaban que había de dirigirme primero a tal cruce de caminos para cambiar de matola, agarrando mi brazo y empujándome hacia su furgoneta sin esperar mi respuesta. Otros me gritaban que me estaban engañando y agarraban mi otro brazo intentando soltarme del primero… ¿pero no se suponía que Malaui era un país tranquilo y apacible?.

Decidimos alejarnos de aquella demencia y dirigirnos al banco a por divisa local, tomar una cerveza muy fría y comer algo. Cuando, una hora después, terminamos nuestros recados observamos sorprendidos que una de las matolas en las que nos habían intentado introducir por la fuerza, repleta de pasajeros, nos seguía por todo el pueblo. El cobrador se acercó. –‘Os estamos esperando’- dijo (en inglés). ‘pero este tío está zumbado’, pensé, ‘nos está siguiendo por todas partes con la furgoneta llena de gente esperando para partir’. Tras una breve conversación en la que nos aseguró por todos los medios que la única manera de llegar a Senga Bay era yendo primero a un nodo por el que ellos pasaban, nos confiamos, agotados, al alevoso destino y subimos a la ‘furgo’. Por supuesto terminamos mucho más lejos de nuestro objetivo final, en un polvoriento cruce de caminos que alojaba un pequeño mercado y donde decenas de matolas se cruzaban intercambiándose los destinos y haciendo prácticamente imposible saber dónde iba cada una.

Por fin, tras dos o tres transbordos más y una matola averiada llegamos a Senga Bay, ya de noche cerrada. Encontramos sin demasiada dificultad un camping a la orilla del lago, sobre una apacible pradera de espesa hierba, y desparramamos nuestros vejados cuerpos en unas tumbonas, abrazados a unas inmensas Calsberg de medio litro. Tras tres días de incesante éxodo por los más dispares decorados del sudeste africano habíamos alcanzado nuestro destino: una pequeña y silenciosa localidad costera bañada por las aguas del lago Malaui e iluminada, allá a lo lejos, por las luces de las barcas de pesca que faenaban en el lago.


100 días alrededor del mundo - Todos los capítulos:

 


Parte tercera - Japón:

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