100 días alrededor del mundo - Liwonde National Park, el día de las bestias

Sunday, 21 de February de 2010

Autor: Stevie


Sin más contratiempos llegué a la pequeña población de Liwonde, desde donde se accedía al parque natural. Según bajé de la matola topé con un grupo de españoles que acababan de pasar un par de días en el parque y durante los cinco minutos que pudimos hablar antes de que llegara su transporte me dieron algunos consejos sobre las zonas de acampada y sus riesgos, como los babuinos carteristas o las arañas gigantes. En el supermercado del pueblo hice acopio de algunos alimentos y el mismo guarda del parque que los había traído hasta la estación me acercó hasta las entrañas del espectacular coto.

Liwonde National Park era un pequeño parque natural situado entre la ribera del río Shire y la del lago Malombe. En sus llanuras se podía encontrar todo tipo de vida salvaje, desde los frecuentes elefantes, cocodrilos o hipopótamos hasta los insólitos leones, leopardos o rinocerontes negros, además toda suerte de animales endémicos del continente como diversas variedades de antílopes, cebras, jabalíes verrugosos, babuinos o cientos de especies únicas de aves e insectos.

En un pequeño llano a mitad de una colina protegida por espesa vegetación monté el campamento y una vez terminado, por primera vez, observé el escenario que me rodeaba. Una extensa llanura se extendía imponente ante mis ojos, seccionada por el holgado río Shire, cuya extensa rivera pantanosa le confería las proporciones de un pequeño lago. Tras respirar profundamente me dispuse a dar un largo paseo por aquella ponderación vegetal, intentando localizar los límites de seguridad que, so pena de multa, me habían impuesto los ‘rangers’. No llevaba caminados más de cincuenta metros cuando recordé el consejo de los españoles y giré la cabeza. Desde lo lejos pude ver cómo un babuino descomunal hurgaba en mi tienda, que había quedado abierta. Corrí hacia allá pero nada puede hacer. El primate se había hecho con mi bolsa de comida y se alejaba con ella tranquilamente, observándome de reojo. Paré. Paró. Mientras me contemplaba con cierto recochineo metió la mano en la bolsa comenzó a introducirse en la boca puñados de todo lo que encontraba dentro. Inicié de nuevo su persecución y de nuevo se alejó tirando todo aquello que no resultaba de su agrado. Paré. Paró. Cuando habíamos repetido la demencial danza varias veces opté por recular y recoger todo aquello que el condenado primate había ido tirando, dando por perdido el grueso de mi deliciosa pitanza. Mientras me alejaba lo vi sentado tranquilamente, masticando mi pan de molde mientras me miraba con actitud socarrona… ¡otro pardillo había caído en su trampa!

Tras el incidente pude dar mi ansiado paseo. Desde un mirador en lo alto de aquella colina pude observar las monumentales proporciones de aquella pradera que se extendía allá abajo, y donde infinidad de animales vagaban sin rumbo fijo o pastaban tranquilamente sabiéndose a salvo de su mayor depredador. A estos menesteres dediqué el resto del día y cuando el hambre comenzó a llamar mi atención me trasladé de nuevo a mi campamento y cociné en un pequeño fuego los restos de mi malogrado menú. Después, ya de noche, me tumbé en medio del monte a observar las estrellas y a disfrutar en silencio de aquella tremenda experiencia, pero no encontré silencio alguno: Ramas que crujían, escalofriantes aullidos, insectos del tamaño de mi mano, viento… a los cinco minutos estaba tan escamado que no podía prestarle atención a la exorbitante cantidad de estrellas que iluminaban aquel inmenso cielo africano, así que sin más me introduje en mi pequeña tienda-cápsula en la que apenas cabíamos 20-pk y yo y caí en un profundo sueño.

Alrededor de las seis de la mañana me despertó un estruendo de tal magnitud que hasta el suelo palpitaba. Salí corriendo de la tienda para ver de qué se trataba y me topé, aún con los ojos batallando contra las legañas, con una manada de elefantes que allá abajo, a escasos 30 metros de mi posición, se desplazaban por la llanura. No daba crédito. El compacto grupo de paquidermos que pasaba por delante de mis desorbitados ojos barritaba como si se tratara de un coro de trompetas sarracenos anunciando la capitulación de otro imperio, mientras su trote emulaba el sonido de inmensos timbales marcando el paso de las hordas invasoras. El espectáculo duró apenas un par de minutos antes de que la maleza que me ocultaba me impidiera seguir su ruta, pero me dejó allí plantado durante muchos más, intentando asumir aquel intenso episodio mientras fotografiaba a algunos miembros rezagados que corrían intentando alcanzar a su clan.

Tras el matinal acontecimiento desayuné y me dirigí a la base de los ‘rangers’ a contratar a uno de ellos como guía para realizar un safari por toda aquella meseta salvaje a la que me habían prohibido acercarme sin su tutela. Mi nuevo guía nos trasladó en un destartalado ‘jeep’ hasta la orilla de la zona pantanosa que flanqueaba el río y descargó una pequeña canoa que habría de servirnos como medio de transporte por aquel laberinto de caminos y riachuelos. La visita fue, de nuevo, espectacular. Desde la privilegiada posición de la canoa pude asistir a todo tipo de sucesos tan habituales en una jornada africana cualquiera como sorprendentes para un insignificante urbanita europeo. Distintos antílopes como sables, impalas o gacelas que se acercaban a beber al río, jabalíes verrugosos que pastaban indiferentes por los barrizales adyacentes, aves de colores imposibles, insectos alienígenas... y por fin topamos con el espectáculo estelar del río. A escasos 50 metros dos grupos rivales de hipopótamos comenzaban una lucha territorial. Como si de un ejército organizado se tratara el grueso de la milicia se quedaba rezagado enviando a sus miembros más grandes a intimidarse mutuamente, de uno en uno, en el centro del lago de batalla, mostrándose mutuamente unas fauces tan grandes que se podría acampar dentro. El guía me sugirió que no debíamos acercarnos demasiado dado lo insólito de la situación. Me explicó que en el parque los hipopótamos no eran tan peligrosos como en otras partes de África, ya que nunca habían sido cazados por humanos y no tenían depredadores activos, pero en determinadas situaciones sí podían llegar a acometer… No lo discutí.

Tras tres horas de intensa vida salvaje retorné al campamento, tan agotado como eufórico. Reparé en que no me quedaban provisiones y la espalda empezaba a dar pequeños avisos sobre las cosas de las que no se puede abusar a ciertas edades, como dormir en el suelo o no comer, así que recogí la tienda y demás trastos campistas y volví a ver a los guardas para que me acercaran de nuevo a Liwonde. Había decidido que en lugar de pasar otro día en el parque me dirigiría a una pequeña población donde al día siguiente por fin iba a conocer la Misión de Mtendere, el motivo que me había traído a Malaui. Y de nuevo varias horas a bordo de una vieja matola terminaron con mi maltrecho cuerpo en la frontera oeste con Mozambique, en el pequeño pueblo de Dedza.



100 días alrededor del mundo - Todos los capítulos:

Parte primera - África:

   Sudáfrica:

   Mozambique:

   Malaui:

   Mozambique:

   Suazilandia:

Multimedia:

Parte segunda - Sudeste Asiático:

   Camboya:

   Laos:

   Camboya

Multimedia:

 


Parte tercera - Japón:

   Tokio:

Multimedia:

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