100 diás alrededor del mundo - Kratie, el ocaso de los delfines
Autor: Stevie (Tuesday, 09 de March de 2010)
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El viaje a Kratie no fue especialmente cómodo, aunque tras la experiencia africana aún consideraba un viaje de 5 horas como un pequeño paseo. Durante el trayecto tuve la oportunidad de intercambiar impresiones con algunos vendedores ambulantes que se abalanzaban como posesos sobre el minibús cada vez que éste realizaba alguna parada logística

En los puestos de comida de estos locales de carretera se ofrecían todo tipo de delicias culinarias, como tarántulas fritas o saltamontes rebozados, siempre acompañados del delicioso arroz pegajoso (glutinoso), inexcusable compañero de cualquier guiso jemer. Me abstuve de la cata y dediqué algunos minutos a intentar no defecarme mientras una tarántula viva, que una chiquilla había depositado en mi hombro, se desplazaba por mi cuello en dirección a mi colapso.
Por fin llegamos a Kratie, una pequeña localidad a orillas del Mekong cuyo principal atractivo era la pequeña colonia de delfines del Irrawaddy -unos esquivos cetáceos de agua dulce de los que apenas quedaban 70 ejemplares- que habitaban sus aguas. Me alojé en una sucia pensión en el paseo fluvial por la que pagué 3 dólares y, mientras escanciaba la tradicional cerveza de bienvenida intentando asumir lo absurdo del importe, me sumí en una interesante conversación con Jeremy, un viajero inglés que recorría por enésima vez el subcontinente tras, también por enésima vez, haber dedicado algunos meses a reconstruir sus finanzas en su país natal. Me pareció una vida perfecta y la envidia estimuló mi ambición: no tardaría en imitarle.
Contratamos a unos motoristas para que nos llevaran hasta el pueblecito de Kampi, unos 15 kilómetros al norte, donde en un pequeño remanso del río moraban los delfines, y abordamos una embarcación que nos paseó por aquel pequeño lago en busca de los escurridizos cetáceos.
El lago estaba repleto de embarcaciones. Por un momento me sentí parte de esa antología de excursionistas irreverentes capaces de pisotear una orquídea para conseguir la foto de otra sin llegar a ver realmente ninguna de las dos. Quise huir de ahí y dejar en paz a los pobres delfines, pero en unos minutos el remanso se vació de barcazas y estridentes visitantes y dio paso a un espectacular atardecer. El abrumador silencio, ocasionalmente interrumpido por el chapoteo que las pequeñas aletas de los delfines producían al seccionar la superficie, se tornó en la sintonía de un estremecedor ocaso que pasó por todo el espectro de colores que el cerebro humano es capaz de interpretar. Desde el áureo más rutilante hasta el púrpura más insolente, el sol nos fue regalando una escala de matices imposibles que nos trasladaron, sin movernos, por un sinfín de mágicos escenarios, a cada cual más inverosímil.
Cuando recuperé la respiración era casi de noche y el timonel nos insistía para que volviéramos a la orilla. Unos minutos después, ya de noche cerrada, alcanzamos de nuevo la pequeña localidad de Kratie donde me despedí de Jeremy hasta más tarde y me adentré en la oscuridad de las escasas calles que conformaba el pueblo en busca de un restaurante local donde poder experimentar con la gastronomía jemer. No tardé en encontrar uno.
Cuando la camarera salió de su asombro, donde había entrado al desviar su mirada de la atronadora tele del restaurante y verme allí sentado, se acercó y comenzó a hablarme en jemer. No había manera de entenderme con ella -y tan sólo estaba pidiendo la carta- así que le hice el gesto universal de ‘comer’, introduciéndome las yemas de los dedos en la boca repetidamente. La camarera se alejó asintiendo y en un minuto regresó con una bandeja de la que empezó a mudar objetos a mi mesa: Una gran jarra con un líquido amarillento, un pequeño tazón vacío, dos recipientes con salsas, otro tazón un poco más grande y también vacío, un cuenco repleto de arroz pegajoso, un plato con una especie de pez sacado de la peor pesadilla de Tolkien, una escudilla metálica y varios botes de mojos variados.

Tras un par de cervezas con Jeremy me trasladé a mi habitáculo a descansar algunas horas antes de otro extenso viaje que habría de llevarme hasta Banlung, una localidad que el azar había escogido para mí cerca de la frontera de Vietnam.
100 días alrededor del mundo - Todos los capítulos:
Parte primera - África:
Sudáfrica:
Mozambique:
- Beira, atrapado en el infierno
- Quelimane, caminando se hace camino
- Ilha de Moçambique, el descaso del guerrero Mandinga
- Tren a Cuamba, en pos de la frontera
Malaui:
- Malaui, el país de la eterna sonrisa
- Senga Bay, de tradiciones y playas
- Liwonde National Park, el día de las bestias
- Dedza, la lujuriosa noche africana
- Mtendere, la misión
Mozambique:
Suazilandia:
Multimedia:
Parte segunda - Sudeste Asiático:
Camboya:
- Camboya, el sonriente reino jemer
- Sihanoukville, pesadilla en Benidorm
- Phnom Penh (I), la excelencia del caos
- Phnom Penh (II), la cuna imperial
- Kratie, el ocaso de los delfines
- Banlung, el otoño perpetuo
- Virachey, de etnias y junglas
Laos:
- Si Pan Don, las 4.000 islas
- Bolaven Plateau (I), easy riding…
- Bolaven Plateau (II), la ruta del altiplano
- Bolaven Plateau (III), cazadores de cataratas
Camboya
Multimedia:
Parte tercera - Japón:
Tokio:
Multimedia:
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