- Es el hombre un desacierto de Dios o es Dios un desacierto del hombre?. Alguien -



100 días alrededor del mundo - Johannesburgo, primer percance

‘Un viaje de mil millas comienza con el primer paso’. Lao-Tsé

Era el primer lunes de noviembre. En circunstancias normales habría despachado la jornada sentado frente al ordenador, procurando, entre bostezos y lamentos, concluir alguna de las tediosas labores anotadas en mi agenda, o sencillamente entregado a la molicie de la nube digital. Este lunes, sin embargo, estaba resultado absolutamente apasionante ya que lo había consagrado a saldar los pormenores de mi inminente extravagancia: Un fugaz viaje alrededor del mundo que habría de durar, a priori, 90 días.

Imprimir los billetes electrónicos, la tarjeta de embarque, la póliza de seguro y los permisos necesarios, escanear el pasaporte y el carné de conducir internacional, volcar al teléfono móvil copias de toda la documentación y seleccionar la música para el reproductor de Mp3 fueron algunos de estos cometidos de última hora que perpetré tan entusiasmado como confuso. Vacié de nuevo la inmensa mochila, que superaba los 22 kilos de peso, y realicé la enésima selección de contenidos. Excluí algún instrumental de supervivencia, descarté toda la ropa de invierno, deseché todas las lecturas que no tuvieran relación con el viaje y volví a armar el petate, rellenando cada recoveco con un sinfín de pequeños objetos que se me antojaban imprescindibles. 20 kilos, menos imposible.

La sensación de algo que, a falta de datos más técnicos, siempre había denominado ‘nervios placenteros’ iba aumentando conforme pasaban las horas. Un persistente nudo en el estómago y una más que obvia celeridad al hablar o desplazarme eran la prueba de que algo extraordinario estaba a punto de suceder. Por fin a las 6:00 de la tarde abracé y besé a mi anciano padre que me examinó con profunda pena, como si fuera la última vez que nos fuéramos a despedir, y abordé el coche de Miguel, mi resignado hermano, que inconscientemente me dedicaba furtivas miradas de desaprobación. ¿Realmente aquel viaje era un disparate de tal magnitud?. Mozambique, Malaui, Camboya, Japón, Nicaragua, Costa Rica, Panamá... a mí se me antojaba una aventura absolutamente fascinante.

Una cerveza con Miguel en la T4 de Barajas, tan breve como emotiva, y por fin, tras un mes de intensos preparativos, la aventura. Primer destino: Johannesburgo, Sudáfrica.

Johannesburgo, primer percance

Llegué agotado puesto que el vuelo, que iba atestado, se prolongó unas 9 horas y siempre me había resultado imposible dormir sentado. Recordé que no muchos años antes los aviones solían volar a media capacidad, lo que suponía que encontrar alguna fila de asientos libres para echar un sueñecito no era una empresa tan disparatada.

En el aeropuerto me esperaba Hans, el propietario de Gandhi’s Backpackers (recomendado), un pequeño y acogedor hostal que había reservado para los 2 días que había de pasar en la capital económica de Sudáfrica antes de volar a Mozambique. El tipo, un afable expatriado suizo, me montó en su pick-up y mientras conducía por las calles de aquella bulliciosa metrópoli, icono del movimiento anti-apartheid, me puso al día sobre sus bondades.

–‘No se te ocurra caminar solos por las calles de Jo’burg, aquí una vida no vale nada y te pueden asaltar para robarte hasta un paquete de tabaco’- amenazó. ‘Pues sí que empezamos bien’, pensé, sin saber que este comentario lo iba a escuchar tantas veces a lo largo del viaje que iba a perder toda credibilidad…
Dediqué los 2 días que pasé en Jo’burg a hacer algunos recados, siempre en taxi, y a departir con algunos de los viajeros que allí se alojaban y que, al igual que yo, hacían esporádicas incursiones en la ‘zona de guerra’ para regresar tan rápido como podían al hostal-búnker. ‘¿No estará siendo un poco exagerado el amigo Hans?’, me preguntaba cada vez que me topaba con alguna de las cámaras de seguridad instaladas por el edificio... Y por fin acabaron aquellas 2 jornadas de transición y llegó el día en que realmente comenzaba la gesta.

Llegué al Aeropuerto Internacional OR Tambo de Johannesburgo a las 6:00 de la mañana y me puse en la cola el primero ya que aún no habían abierto el mostrador de facturación. El vuelo que habría de llevarme a la ciudad de Pemba, en el norte de Mozambique, salía a las 8:30 am. Abrieron el mostrador, puse mi mochila -a la que desde ahora llamaré 20-pa-ká- en la báscula y busqué mi pasaporte. Tras varios repasos a la carpeta en la que llevaba toda mi documentación y a los bolsillos de la mochila pequeña -a la que desde ahora llamaré 5-pe-ke- entré en pánico. ¿Dónde coño estaba mi pasaporte?. Me aparté de la fila y comencé a vaciar como un lunático a 20-pa-ká, arrancándole todo el plástico con el que previamente la había envuelto en una de esas extravagantes máquinas de los aeropuertos, y desparramando violentamente por el suelo de la sala todo su contenido, ése al que con tanto tiempo y cariño había ido asignando un emplazamiento ideal. El pasaporte no estaba por ningún sitio, ¡y la aventura sólo estaba empezando!. No daba crédito. En un momento de lucidez conseguí hacer un repaso mental de cada fase del viaje hasta ese momento y recordé que la última vez que había necesitado el pasaporte había sido en un banco del centro comercial South Gate, en el que había cambiado unos dólares por Rand. El edificio no se encontraba demasiado apartado del aeropuerto así que reconstruí como pude a 20-p-k y corrí como un perturbado hacia la parada de taxis más cercana.

Llegué al centro comercial en 20 minutos, aún estaba cerrado. Mi desesperación no encontraba fin. Había invertido bastante dinero en este vuelo, que no formaba parte de bono ‘vuelta al mundo’ de One World (recomendado a pesar de Iberia) con el que viajaba, y no tenía ni idea de cuándo habría otro vuelo a Mozambique, puesto que, incluso desde antes de ir ya me había hecho una idea de lo complicado que podía llegar a ser todo lo relacionado con la antigua colonia portuguesa. Cuando por fin abrieron el centro comercial me dirigí al galope hacia al banco, que aún estaba cerrado, y monté guardia en la puerta. A las 7:45 llegaron los primero empleados. Escogí a una joven de amable semblante y considerable envergadura y la asalté como un demente, chapurreando todo tipo de consignas en ese inglés que un día dominé y que ahora, tras casi 10 años de hibernación, estaba totalmente oxidado. Por fin, tras conseguir hacerme entender, la afable empleada bancaria desapareció tras la verja de seguridad. 5 minutos después regresó y, asomándose por una pequeña rendija de la verja, me preguntó mi nombre. Se lo dije, comprobó que era el mismo que figuraba en el pasaporte que había encontrado abandonado en un despacho y me lo pasó a través de la misma rendija. ¡Increíble, a la primera!, me felicité mientras volaba en dirección a la salida.

30 segundos después había recorrido los interminables pasillos del descomunal centro comercial y me abalanzaba sobre de un viejo taxi gritándole ‘Le doy 10 Rand extra si me lleva al aeropuerto en 7 minutos’, lo que quedaba para que cerraran el mostrador de facturación. Al abuelillo le divirtió el reto y aceptó y, aunque su destartalado coche no pasaba de 80 km/h, su innegable habilidad al volante nos hacía avanzar con suficiente firmeza. Tardó 10 minutos, le pagué los 10 Rand extra y me deslicé como un avezado patinador artístico por los pasillos del Tambo International hasta el mostrador de LAM (Linhas Aéreas de Moçambique, a evitar si se puede).

– ‘Lo siento señor, hemos cerrado la facturación hace 5 minutos’-me anunció la empleada de la aerolínea sin apartar la mirada de la pantalla del ordenador. De nuevo no daba crédito. Pasé por todos los estados persuasivos que conocía. Primero interpreté un extenso surtido de muecas de aflicción, después me puse serio y le hablé de la extrema importancia de ese vuelo, por fin entré en cólera y pedí hablar con un encargado… todo ello fue inútil. La zorra del mostrador levantó la cabeza de la pantalla y, justo antes de recoger sus papeles y marcharse ignorando por completo mis demandas, me dedicó un último mohín de desdén.

Me dirigí al mostrador de venta de billetes. Exigí hablar con un responsable y salió una amable señorita de hermoso y oscuro rostro que ante mis insistentes súplicas llamó por radio al avión.

–‘Lo siento señor, han cerrado las puertas hace 1 minuto, ya no puede subir nadie’- se disculpó. –‘¡Pero si llevo 20 minutos discutiendo con su compañera!’- grité desesperado, -¿insinúa que hasta hace 1 minuto se podía subir al avión?’-… De nada sirvieron mis lamentos y aspavientos sobreactuados, el vuelo a Pemba partió dejándome irremediablemente en tierra.

Intenté conseguir otro billete a la misma ciudad, ya fuera directo o con escalas, ya fuera con LAM o con cualquier otra compañía, ya fuera a un precio razonable o un atraco a mano armada, pero fue imposible. La ira generalmente nubla la razón y sospecho que esa fue la excusa para tomar aquella decisión…

–‘¿Ah, sí?, pues deme un billete en el primer avión que vuele a Mozambique!’-, bramé. -‘¿Está seguro señor?, sólo hay un vuelo y va a la ciudad de Beira, que queda muy lejos de donde usted iba antes’-. -‘He dicho, señorita, ¡que me dé un billete a Mozambiqueee!’- aullé, ya fuera de control. Dicho y hecho, 3 horas después estaba volando a Beira, la segunda ciudad más grande del país y un abrasador infierno en medio de la nada, apenas mencionado en guías de viaje y con muy poco que ofrecer al visitante. Me daba igual, mi intención era salir de allí a la mañana siguiente por cualquier medio posible… ¡pobre iluso! (Nota breve: Iluso, idiota en portugués)


[kit de viaje, por si había que reclamar al seguro]


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Parte tercera - Japón:

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Comentarios:


100 días alrededor del mundo - Johannesburgo, primer percance

Iluso, idiota en portugués... Juuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuaaaaaaaaaaaaaaaassssssssssssssss......!!!!!!!!!

- GB -



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