Y por fin, la paz. Cuando deposité todos mis aperos de ‘viajanza’ en la habitación del hostal ‘Casa De Luis’ (muy recomendado) era ya de noche. Reparé brevemente en que los bolsillos laterales de 20-p-k estaban vacíos, seguramente por la acción de algún mozo de carga del aeropuerto, y, dejando para más tarde el análisis de bajas colaterales, salí a charlar animadamente con la familia de Luis, el propietario del hostal.

Su colosal señora me hizo un somero repaso a las bondades de la isla, los restaurantes de mayor calidad y los servicios que ella misma ofrecía, como el desayuno o el servicio de lavandería. Sin más demora que lo que tardé en entregarle a la inmensa matrona mi ropa sucia, me dirigí a uno de esos exquisitos comedores donde servían exclusivamente el pescado del día y cerveza. Perfecto para los indecisos además de ser mi comida favorita.
En medio de la cena me asaltó una dama completamente borracha esputando extrañas consignas. La señora llevaba tal pedo que no acertaba a entender si me hablaba en portugués o en alguna lengua Bantú, pero sin apartar la sonrisa de mi rostro le seguí el juego hasta que se aburrió. Entonces se acercó a otra mesa donde un tipo mayor, rubio y bastante quemado por el sol intentaba acabar su pez y su cerveza tranquilamente. Éste siguió la misma técnica y durante toda la cena nos estuvimos pasando a la borracha de una mesa a otra como si de un frenético juego de Beodoball se tratara. El tipo me cayó bastante simpático, pero mi estado no era de lo más social así que opté por dirigirme de vuelta a mi hostal y proyectarme contra la cama con moderada violencia.
El día siguiente lo dediqué a pasear por la pequeña isla y a maravillarme con sus palacios convertidos en museos, su imponente fuerte portugués, sus pequeñas callejuelas y sus playas repletas de gentes locales realizando sus abluciones diarias. Tras unas horas conocía a toda la juventud isleña que, sin una ocupación definida, pasaban las horas deambulando por las calles en busca de algún entretenimiento. Comenzaron a llamarme 'el espanhol' y a proponerme enrevesados choques de mano a cada nuevo encuentro, o a hacerme insistentes preguntas sobre mi estado civil. Me sentí como en casa. A media tarde me dirigí de nuevo a la terraza de la noche anterior y me senté a tomar otra de esas maravillosas Manica heladas de medio litro. Reparé en que el tipo ‘acangrejado’ de la noche anterior se estaba trabajando otras tantas en la mesa de al lado y comenzamos a charlar.
Jim resultó ser un personaje encantador. Inglés, de cincuenta y tantos y viajero de profesión, había recorrido más de 150 países de los que recordaba cada detalle con sorprendente claridad. Era, además, un competente bebedor de cerveza que se mantenía durante todo el día en ese limbo entre la embriaguez y la razón, haciendo gala de un ingenio de considerables proporciones. Un pedete lúcido, vamos. Viajaba desde hacía unas semanas con Nelly, una bella aventurera norteamericana de 30 años que también disponía de un amplio repertorio de episodios sorprendentes para relatar. Hubo una tremenda conexión desde el principio y tras un par de días de tranquilidad, sol, pescado y cerveza, acordamos imbuirnos de nuevo, juntos, en el África más sugerente, en dirección a Malaui.
La última noche en la apacible isla me quedé en el hostal y me dediqué a leer algo sobre la historia de Moz y a realizar algunas anotaciones de mis primeras impresiones sobre el espectacular país, otro de esos cuya historia pone los pelos de punta.
EXTRACTO DE LECTURA 1

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