- La fe no es otra cosa que no querer saber la verdad. Friedrich Nietzsche -



100 días alrededor del mundo - Camboya, el sonriente reino jemer.

‘Viajar no alarga la vida, pero sin duda la ensancha’. Un viajero anónimo.

El primero de los vuelos que habría de llevarme hasta Phnom Penh se estrenó con un breve momento de angustia al anunciarse que había un retraso indefinido en la salida. Sólo tenía 45 minutos para cambiar de avión en el aeropuerto de Hong Kong y desde hacía ya 10 minutos le estábamos restando tiempo a la ecuación. Nos ofrecieron un refrigerio para entretenernos. Pedí vino.

Cuando había comenzado a sopesar, con cierto interés, la posibilidad de pasar una noche en la región china pseudo independiente, por fin anunciaron la salida con tan sólo 20 minutos de retraso. Durante el vuelo descubrí con sorpresa que algunas compañías aéreas (Cathay Pacific, muy recomendado) aún mantenían el glamour de antaño y, además de un extenso repertorio de juegos, películas y música para elegir, servían vino y cerveza con sólo sonreír a alguna de las hermosas azafatas que peregrinaban los pasillos. Volví a pedir vino.

Tras correr como un demente por los corredores del bullicioso aeropuerto de Hong Kong, donde hordas de hongkonesas en chándal y luciendo pavorosas permanentes elaboradas sobre unas crines tan teñidas que se podía escuchar a los folículos pidiendo auxilio me ponían toda suerte de obstáculos, pude abordar el último avión y llegar a Phnom Penh, la capital del Imperio. Comprobé excitado que 20-p-k había conseguido sortear todas las dificultades y me esperaba impaciente en la cinta de equipajes. Obtuve mi visado y salí a la calle sin haber decidido cuál iba a ser mi destino final y con cierta ansiedad por tener mi primer contacto con el nuevo continente.

Camboya, el sonriente reino jemer.

Según pisé la calle decenas de conductores de tuk-tuk (remolque-moto) se abalanzaron sobre mí para ofrecerme sus servicios, hablando todos a la vez e ignorando a mis insistentes súplicas para que me permitieran fumar un cigarrillo tranquilo, el primero  en 17 horas. Tras entender que el precio del traslado estaba pre establecido haciendo inútil cualquier intento de regateo, abordé el tuk-tuk del único conductor que hablaba inglés, en dirección a la ciudad.

La primera impresión de Camboya fue espectacular. Las avenidas de Phnom Penh se mostraban imponentes a mi paso, con su bella miscelánea arquitectónica entre lo colonial y lo tradicional, sus emblemáticas palmeras de azúcar adornando cada margen y el incalculable repertorio de coches, furgonetas, carros, motos, tuk-tuks, bicicletas y transeúntes que las tupían ignorando por completo cualquier norma básica de tráfico, como la de circular por la derecha. Era un caos maravilloso. Me recosté en el asiento del remolque, me encendí, por fin, un cigarrillo y disfruté como un chiquillo de toda aquella actividad frenética, mientras contemplaba asombrado cómo mi hábil conductor sorteaba todo tipo de carruajes suicidas que nos abordaban sin contemplación. Una vez llegamos al centro el conductor me preguntó a qué hotel me dirigía. No tenía la más remota idea así que le pedí que me acercara a la estación de autobuses a Sihanoukville, una pequeña localidad costera que supuestamente alojaba las mejores playas del país. No se me ocurría mejor manera de estrenar continente que sometido a las bondades del mar. Ya tendría tiempo de recorrer cada rincón de aquella bulliciosa ciudad.

Durante esos primeros momentos me invadió una sensación de euforia desmedida. Estaba agotado por las más de 17 horas de vuelos pero tenía la impresión de haber llegado a un pequeño reducto de paz y sosiego en el que todo sería infinitamente más fácil que en el continente negro. Me sentía seguro y decidido.

Llegamos a la estación de autobuses, ubicada en un pequeño y sucio callejón en el que había tantos transeúntes, carros, puestecitos y vehículos de toda índole que apenas se distinguían los autobuses. Me abordaron tres o cuatro individuos para venderme los billetes, hablando, de nuevo, todos a la vez. Supuse que debía acostumbrarme a aquello. No tenía Rieles y no aceptaban billetes grandes de dólar así que el conductor del tuk-tuk me mostró un puesto callejero en el que, como si se tratara de perritos calientes en las calles de Nueva York, una señora vendía oro y joyas. La señora me cambió los ‘dolores’ al precio oficial ya que estaba prohibido especular con divisas. ‘Esto va a ser muy fácil’, pensé. Pagué el billete y me dirigí a un sucio y viejo establecimiento aledaño a la estación a por mi cerveza de bienvenida: una pinta de Angkor. Comprobé un poco inquieto que nadie hablaba una palabra de inglés y que el idioma jemer era tan sumamente extraño que bien podía confundirse con el musitar de un ratón o el silbido de un mirlo. ‘Por ahora los gestos son suficientes pero me tendría que hacer con un libro de frases útiles’, recapacité mientras me bebía la cerveza casi de un trago.

El viaje hasta la costa duró otras 5 horas. El agotamiento no me permitía disfrutar de los paisajes como se merecían así que me entretuve en practicar mi hasta entonces ignoto recetario de gestos y muecas con algunos jóvenes jemeres que viajaban en aquel autobús: Un vehículo con aire acondicionado en el que cada pasajero tenía un asiento asignado -algo que jamás vi en África-. ‘Esto va a ser muyyyy fácil’, me repetí mientras observaba a aquella gente extremadamente amable y sonriente. Comencé a revisar mis notas sobre Camboya:

NOTA 12: Bús de Phnom Penh a Sihanoukville: 4$

‘¡Joder, acabo de pagar el triple¡’, bramé ante la mirada curiosa de los pasajeros. Apenas llevaba unas horas en el país y ya me habían timado. ‘Igual no va a ser tan fácil’, recapacité justo antes de que otra agradable sonrisa de una bella viajera anónima me devolviera la razón: ‘¡Esto lo que va a ser es increíble!’ concluí, y sin más polémica el hipotálamo comenzó a producir de nuevo galones de endorfinas.


100 días alrededor del mundo - Todos los capítulos:

 


Parte tercera - Japón:

   Tokio:

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