100 diás alrededor del mundo - Bolaven Plateau (I), easy riding…
Autor: Stevie (Tuesday, 16 de March de 2010)
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Tras casi 4 horas de viaje llegué a la insípida ciudad de Paksé, la metrópolis más importante del sur de Laos y capital de la provincia de Champasak. Mi intención era alquilar una moto y dedicarle unos días a recorrer la región montañosa del Bolaven Plateau, donde se ocultaban las cataratas más impactantes de todo Laos.

Me alojé en un motel llamado Tha Luang Guesthoue (recomendado, aunque un poco caro) y dediqué e resto del día a labores tan dispares como comprar un billete de avión de vuelta a Camboya para unos días después, comprar una mochila pequeña que substituyera a la difunta 5-pe-que, hacerme con mapa de carreteras del área del Plateau, recorrer varios negocios de alquiler de motocicletas en busca de un precio razonable y degustar las distintas modalidades del exquisito café que se cultivaba en aquella región. A la mañana siguiente, con mi nueva alforja repleta de mudas y utensilios de supervivencia, recogí la motocicleta que había alquilado, una compacta Honda de de 110 cc, y comencé mi periplo montañero, en dirección al norte.
Aún no había abandonado el área urbana de Paksé cuando tuve mi primer contratiempo. En el semáforo de una avenida principal me detuve en el lado equivocado, interrumpiendo la circulación de infinidad de vehículos que me abucheaban con su pavorosa cacofonía de cláxones, haciendo gala de una ira totalmente fuera de lugar. Cuando aún intentaba retirarme de allí me vi repentinamente rodeado por una cuadrilla de agentes de tráfico que me abroncaban con cierta virulencia, en laosiano y todos a la vez. Me quité el casco para aumentar la credibilidad de mis disculpas y cuando los policías vieron que mis ojos eran tan redondos como la aureola de un pezón, me acompañaron amablemente al lado correcto de la avenida y se despidieron cortésmente. Comprendí que en Laos los turistas disponíamos de una amnistía permanente de la que esperé no tener que hacer más uso.
Y por fin me aventuré por las pequeñas carreteras comarcales que habrían de conducirme hasta el altiplano. Cuando llevaba recorridos casi 20 kilómetros por aquellas pistas flanqueadas por unos paisajes tan espectaculares que hube de pararme varias veces a admirarlos, mi cerebro comenzó a generar una cantidad absurda de endorfinas, tantas que por momentos sentía que las ruedas de la moto apenas acariciaban el asfalto, tantas que desplazaron definitivamente a mi razón. Me sentía un epítome de Dennis Hopper y Ambrose Bierce, una miscelánea de Steppenwolf y Lynyrd Skynyrd, una aleación genética entre Chihiro y Bilbo Bolsón...
En cada pequeño local de carretera en que me sentaba a refrescarme con una cerveza o a deleitarme con un café y tras depositar casco, guantes y alforja sobre la mesa, contemplaba orgulloso el reflejo de mi rostro, totalmente impregnado en fango y polvo del camino, en algún vidrio del local. Antes de despedirme, sin poder rectificar la grotesca sonrisa que se había adherido a mi semblante, improvisaba alguna sentencia en francés, idioma que desconocía por completo pero que algunos aldeanos y campesinos laosianos invocaban ocasionalmente, y, tras consultar brevemente el mapa de carreteras e implantarme de nuevo la indumentaria motera, reanudaba la marcha por aquellas calzadas y veredas circundadas por infinitas aldeas, por espesas arboledas, por laboriosos campesinos, por inmensos búfalos, y por una luz tan intensa que impregnaba irremediablemente todo aquel folklore de pura poesía.
Por fin, 85 kilómetros y 3 horas después, llegué a Kieng Than Lei, un sucinto pueblo erigido entre la maleza a los pies de la catarata Tad Lo. El lugar era espectacular. Rodeadas por pequeños rápidos y cascadas, una serie de básicas construcciones de madera daban forma a aquella pequeña villa en la que la mitad de sus viviendas eran albergues para viajeros. Busqué una habitación en una minúscula cabaña ubicada en un céntrico prado y sin más demora comencé a recorrer los márgenes del río en busca de sus distintos saltos de agua. En mi devenir topé con un viajero que, igual que yo, caminaba solo y sin prisa por aquellos parajes, intentando absorber toda la energía contenida en el compendio de torrentes y cascadas que abrazaban la aldea. Jona resultó ser un personaje encantador. Norteamericano, vegetariano y totalmente devoto de las culturas asiáticas, se había quedado sin trabajo unos meses atrás y había decidido gastarse sus ahorros en un viaje sin calendario por el subcontinente asiático. Conectamos rápidamente y pactamos escanciar unas cervezas al atardecer, después de completar nuestras respectivas inspecciones de las bondades de aquel lugar.

La noche se convirtió en una función mágica. Cenamos, reímos, brindamos con vino de arroz, intercambiamos mil historias, mil miradas cómplices. La espontaneidad de Kate volvió a socavar mi voluntad. Cuando ya mi delirio alcanzaba cotas insondables conseguí apartarla de la compañía de Marie y de Jona y allí, bajo el grandioso manto de estrellas que cubría toda la escena, dimos rienda suelta a nuestra pasión y culminamos una hermosa historia que había comenzado unos días antes en otro extremo del país. Cuando llegó el momento de despedirnos no pude detener la verborrea emotiva que me sobrevino. Intenté explicarle que no me importaba cambiar mis planes, que necesitaba tiempo para conocerla, para aprenderme cada recoveco de su mundo, de su cuerpo… pero Kate, amante versada y diestra viajera, puso suavemente su dedo índice en mis labios e, impregnándome hasta la enajenación del turquesa de sus ojos, me susurró: -‘I know, sweetheart, but that’s the way it should be…’- y tras dedicarme una sonrisa que me rasgó el corazón se adentro en la penumbra, en dirección al olvido.

[aldea en los alrededores de Kieng Than Lei]
100 días alrededor del mundo - Todos los capítulos:
Parte primera - África:
Sudáfrica:
Mozambique:
- Beira, atrapado en el infierno
- Quelimane, caminando se hace camino
- Ilha de Moçambique, el descaso del guerrero Mandinga
- Tren a Cuamba, en pos de la frontera
Malaui:
- Malaui, el país de la eterna sonrisa
- Senga Bay, de tradiciones y playas
- Liwonde National Park, el día de las bestias
- Dedza, la lujuriosa noche africana
- Mtendere, la misión
Mozambique:
Suazilandia:
Multimedia:
Parte segunda - Sudeste Asiático:
Camboya:
- Camboya, el sonriente reino jemer
- Sihanoukville, pesadilla en Benidorm
- Phnom Penh (I), la excelencia del caos
- Phnom Penh (II), la cuna imperial
- Kratie, el ocaso de los delfines
- Banlung, el otoño perpetuo
- Virachey, de etnias y junglas
Laos:
- Si Pan Don, las 4.000 islas
- Bolaven Plateau (I), easy riding…
- Bolaven Plateau (II), la ruta del altiplano
- Bolaven Plateau (III), cazadores de cataratas
Camboya
Multimedia:
Parte tercera - Japón:
Tokio:
Multimedia:
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