Amanecí muy pronto. La noche había resultado bastante dura ya que entre el rígido suelo del cobertizo y el húmedo frío del ambiente apenas había conseguido pegar ojo.

Busqué el diáfano habitáculo de madera que, a varios metros del cobertizo, hacía las veces de letrina. Tras unos segundos asumí que el color encarnado del líquido que estaba orinando no era un efecto de la fina película legañosa que aún cubría mis pupilas: ¡estaba meando sangre!. Volví rápidamente al cobertizo a comunicárselo a Jona con la esperanza de que él tuviera alguna explicación tranquilizadora, pero cuando llegué Soolin ya se encontraba por allí, ataviado con todo el instrumental necesario para nuestro itinerario matutino y apremiándonos para comenzar la ruta. Me entusiasmé de tal forma que archivé mi pequeño incidente hasta un análisis posterior…
La humedad de la mañana era exagerada. Tras un par de kilómetros de marcha a través de infinidad de pequeños senderos nuestra ropa estaba tan impregnada en sudor que escurriéndola se podría haber llenado un cuenco de arroz, pero cuando ya iba a requerir un breve receso apareció. Una catarata imponente, de más de 40 metros de altura, brotaba de la espesura de la selva divulgándose con tal ferocidad que en su base pareciera estar diluviando. Toda la explanada que circundaba el lecho, donde la catarata rompía con toda su cólera, se había transformado en un hermoso campo de amapolas coronado por un inmenso arcoíris. El espectáculo era grandioso. Nos acercamos a su base, atravesamos varias veces la película de minúsculas gotas que parecían suspendidas en el aire y por fin nos revolcamos entre las infinitas flores que cubrían la pradera. Soolin nos apremió, faltaban mucho por hacer.
Regresamos por los mismos senderos. Ocasionalmente nos introducíamos en la maleza circundante hasta nuevas cascadas o rápidos.Algunos fluían atravesando la espesura de la selva laosiana, otros aguardaban a que hubiera un claro para romper con todo su brío. No cabía duda de que aquel recóndito recodo del Bolaven Plateau era un paraíso en tierra de hombres.
Ya a media mañana regresamos a la casa. Soolin recogió unas raídas cuerdas de escalada y nos conminó a seguirle hasta los barrancos que acotaban su parcela. Nos acompañó su perro. Ante nuestra sorpresa el casero y el can comenzaron a descender por los comprometidos senderos que ribeteaban la quebrada. Los seguimos. En un punto en el que resultaba imposible descender sin ayuda, Soolin ató el deshilachado cabo a una rama y, tras lanzarlo con fuerza hacia el vacío, comenzó a descender por él. Tras un lacónico debate con Jona e ignorando los fotogramas de los ‘Hombres de Harrelson’ que destellaban en mi cabeza, me aventuré a descender por aquel atolladero, sin dejar de pensar que en algún momento habría que deshacer todo ese camino pero consciente de que el premio, la inmensa catarata que había custodiado mis sueños, iba a merecer la pena. El hecho de que me empeñara en grabar toda aquella peripecia complicó aún más mi descenso pero por fin, tras casi una hora de alpinismo de aficionado, llegamos a la base. El perro también.
El río que por allí transitaba estaba acotado por infinidad de rocas que daban pie a elevadas simas a ambos flancos. De frente, la inmensidad de la selva laosiana exhibiéndose sobre las decenas de cerros que se sucedían en la lejanía, y detrás, la catarata. Un inmenso torrente de agua que se precipitaba desde al menos 50 metros de altura volvía a formar en su base una escena indescriptible. Toda la hondonada estaba cubierta por una densa arboleda que, forjando un muestrario de bóvedas y techumbres, daba cobijo a varios rápidos y bañeras que resultaban de la violenta torrentera. El ensordecedor ruido complicó sobremanera el último tramo del camino que, a través de rocas y troncos caídos nos acercaba a la base misma de la cascada. Decidimos desprendernos del calzado e introducirnos en las concavidades que se alternaban con los tremendos rápidos, desde las que volvíamos a trepar a alguna roca o rama que nos permitiera salvar el siguiente torbellino.

100 días alrededor del mundo - Todos los capítulos:
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Camboya
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