100 diás alrededor del mundo - Bolaven Plateau (III), cazadores de cataratas.
Autor: Stevie (Monday, 22 de March de 2010)
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Amanecí muy pronto. La noche había resultado bastante dura ya que entre el rígido suelo del cobertizo y el húmedo frío del ambiente apenas había conseguido pegar ojo.

Busqué el diáfano habitáculo de madera que, a varios metros del cobertizo, hacía las veces de letrina. Tras unos segundos asumí que el color encarnado del líquido que estaba orinando no era un efecto de la fina película legañosa que aún cubría mis pupilas: ¡estaba meando sangre!. Volví rápidamente al cobertizo a comunicárselo a Jona con la esperanza de que él tuviera alguna explicación tranquilizadora, pero cuando llegué Soolin ya se encontraba por allí, ataviado con todo el instrumental necesario para nuestro itinerario matutino y apremiándonos para comenzar la ruta. Me entusiasmé de tal forma que archivé mi pequeño incidente hasta un análisis posterior…
La humedad de la mañana era exagerada. Tras un par de kilómetros de marcha a través de infinidad de pequeños senderos nuestra ropa estaba tan impregnada en sudor que escurriéndola se podría haber llenado un cuenco de arroz, pero cuando ya iba a requerir un breve receso apareció. Una catarata imponente, de más de 40 metros de altura, brotaba de la espesura de la selva divulgándose con tal ferocidad que en su base pareciera estar diluviando. Toda la explanada que circundaba el lecho, donde la catarata rompía con toda su cólera, se había transformado en un hermoso campo de amapolas coronado por un inmenso arcoíris. El espectáculo era grandioso. Nos acercamos a su base, atravesamos varias veces la película de minúsculas gotas que parecían suspendidas en el aire y por fin nos revolcamos entre las infinitas flores que cubrían la pradera. Soolin nos apremió, faltaban mucho por hacer.
Regresamos por los mismos senderos. Ocasionalmente nos introducíamos en la maleza circundante hasta nuevas cascadas o rápidos.Algunos fluían atravesando la espesura de la selva laosiana, otros aguardaban a que hubiera un claro para romper con todo su brío. No cabía duda de que aquel recóndito recodo del Bolaven Plateau era un paraíso en tierra de hombres.
Ya a media mañana regresamos a la casa. Soolin recogió unas raídas cuerdas de escalada y nos conminó a seguirle hasta los barrancos que acotaban su parcela. Nos acompañó su perro. Ante nuestra sorpresa el casero y el can comenzaron a descender por los comprometidos senderos que ribeteaban la quebrada. Los seguimos. En un punto en el que resultaba imposible descender sin ayuda, Soolin ató el deshilachado cabo a una rama y, tras lanzarlo con fuerza hacia el vacío, comenzó a descender por él. Tras un lacónico debate con Jona e ignorando los fotogramas de los ‘Hombres de Harrelson’ que destellaban en mi cabeza, me aventuré a descender por aquel atolladero, sin dejar de pensar que en algún momento habría que deshacer todo ese camino pero consciente de que el premio, la inmensa catarata que había custodiado mis sueños, iba a merecer la pena. El hecho de que me empeñara en grabar toda aquella peripecia complicó aún más mi descenso pero por fin, tras casi una hora de alpinismo de aficionado, llegamos a la base. El perro también.
El río que por allí transitaba estaba acotado por infinidad de rocas que daban pie a elevadas simas a ambos flancos. De frente, la inmensidad de la selva laosiana exhibiéndose sobre las decenas de cerros que se sucedían en la lejanía, y detrás, la catarata. Un inmenso torrente de agua que se precipitaba desde al menos 50 metros de altura volvía a formar en su base una escena indescriptible. Toda la hondonada estaba cubierta por una densa arboleda que, forjando un muestrario de bóvedas y techumbres, daba cobijo a varios rápidos y bañeras que resultaban de la violenta torrentera. El ensordecedor ruido complicó sobremanera el último tramo del camino que, a través de rocas y troncos caídos nos acercaba a la base misma de la cascada. Decidimos desprendernos del calzado e introducirnos en las concavidades que se alternaban con los tremendos rápidos, desde las que volvíamos a trepar a alguna roca o rama que nos permitiera salvar el siguiente torbellino.

Era ya mediodía cuando regresamos al hogar. Nuestra casera nos había preparado una deliciosa comida con los restos de la cena y, tras dar buena cuenta de ella y despedirnos emotivamente de la entrañable familia que nos había acogido y nos había regalado su hospitalidad y simpatía, cabalgamos de nuevo nuestras motos en dirección al próximo destino, aún anónimo.
El último tramo del Plateau fue bastante complicado. La infinidad de socavones que revestían la pista nos obligaba a conducir en constante caracoleo, desplazándonos de un extremo a otro del camino como si el vino de arroz condicionara nuestro juicio. Jona, en un despiste provocado por la hermosura de las extensas plantaciones de café que cubrían todos los prados aledaños, atravesó uno de estos socavones produciéndole a la rueda delantera una mordida de tal calibre que temimos no poder continuar. Aún así llegamos a la localidad de Pakxong, la cuna del café laosiano. Allí, mientras yo daba cuenta de varias modalidades de mocas locales, Jona consiguió que le rectificaran la llanta a golpe de martillo. Todo salía bien, no podía ser de otra forma. Contemplamos la posibilidad de alojarnos en el pueblo hasta el próximo día pero, después del inenarrable espectáculo al que habíamos asistido, patrocinado por los mejores anfitriones que uno pueda desear, consideramos que nuestro recuerdo de aquella etapa perfecta no debía ser vulnerado. Decidimos regresar a Paksé, nuestro punto de partida. De camino nos detuvimos en una última catarata, conocida como Tat Yuang, otro espectacular salto de agua en cuya inmensa pileta Jona disfrutó de nuevo de un baño mientras yo verificaba el estado de afección. Al comprobar que iba mejorando deduje que el hecho de haber pasado el día anterior sobre una moto recorriendo escabrosos caminos de piedras habría tenido algo que ver.
Llegamos de noche y agotados. Volví al mismo hostal donde me había alojado a mi llegada y donde 20-p-k me aguardaba impaciente. Tras la primera ducha en tres días me dirigí a mi cita de despedida con Jona. Tomamos unas cervezas, intercambiamos algunas fotos y de nuevo concluimos que tanto nuestro encuentro como el descubrimiento del escondite de Soolin no había sido por azar. Y así me despedí definitivamente de Jona, uno de los mejores tipos que jamás había conocido y del que sin duda me acordaría durante mucho tiempo. De nuevo sentí cierto pesar pero asumí que el destino del viajero era convivir con emociones tan intensas como efímeras, e intentar que el recuerdo de esos momentos perdurar para siempre.
Dediqué el día siguiente a pasear por Paksé, intentando modificar mi primera impresión de la ciudad. Descubrí algún rincón entrañable y disfruté de buena comida y delicioso café, pero tanto la ciudad, tomada al asalto por viajeros de paso, como sus habitantes, en su mayoría comerciantes ya subyugados al poder del oro, me dejaron indiferente.
Cuando llegué al exiguo aeropuerto de Paksé eran las 5 de la mañana. Mientras esperaba a mi avión repasé mentalmente cada etapa de mi visita y concluí que Laos era un destino único en el mundo. Me prometí que en mi siguiente viaje no podría dejar de recorrer el norte del país, del que había oído historias increíbles. Finalmente abordé el vuelo a mi siguiente objetivo, ya de vuelta en Camboya: Siem Reap, el florilegio 'templario'.
100 días alrededor del mundo - Todos los capítulos:
Parte primera - África:
Sudáfrica:
Mozambique:
- Beira, atrapado en el infierno
- Quelimane, caminando se hace camino
- Ilha de Moçambique, el descaso del guerrero Mandinga
- Tren a Cuamba, en pos de la frontera
Malaui:
- Malaui, el país de la eterna sonrisa
- Senga Bay, de tradiciones y playas
- Liwonde National Park, el día de las bestias
- Dedza, la lujuriosa noche africana
- Mtendere, la misión
Mozambique:
Suazilandia:
Multimedia:
Parte segunda - Sudeste Asiático:
Camboya:
- Camboya, el sonriente reino jemer
- Sihanoukville, pesadilla en Benidorm
- Phnom Penh (I), la excelencia del caos
- Phnom Penh (II), la cuna imperial
- Kratie, el ocaso de los delfines
- Banlung, el otoño perpetuo
- Virachey, de etnias y junglas
Laos:
- Si Pan Don, las 4.000 islas
- Bolaven Plateau (I), easy riding…
- Bolaven Plateau (II), la ruta del altiplano
- Bolaven Plateau (III), cazadores de cataratas
Camboya
Multimedia:
Parte tercera - Japón:
Tokio:
Multimedia:
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