100 diás alrededor del mundo - Bolaven Plateau (II), la ruta del altiplano
Autor: Stevie (Thursday, 18 de March de 2010)
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A la mañana siguiente me desperté con el alba ya que había acordado con Jona que emprenderíamos camino juntos. Y así, sometido a la zozobra residual del vino de arroz y con el roció de la mañana batallando por diluir el dulce sabor a Kate aferrado a mis labios, emprendimos de nuevo la ruta en pos de un horizonte que se nos antojaba asequible...

Recorrimos pistas tan polvorientas que, incluso a muy poca distancia, apenas intuía la figura de Jona a lomos de su moto. Con el krama jemer envolviendo la cabeza bajo el casco y haciendo sonar persistentemente el claxon en cada curva para evitar ser arrollados por otros vehículos, nos adentramos finalmente en los límites del altiplano. Una hora después alcanzamos el pequeño cruce de Thateng, donde hicimos nuestra primera parada.
Jona cada vez daba más muestras de su infinita cordialidad. El respeto y el cariño que mostraba por todas las gentes con las que tratábamos me hizo comprender que yo no había sido demasiado cortés hasta entonces, quizá condicionado por los constantes intentos de fraude a los que los visitantes éramos sometidos. Además chapurreaba algunas palabras en thai, idioma similar al laosiano, lo que, junto a algunas sonrisas sinceras, nos granjeaba la simpatía de los habitantes de aquellas pequeñas localidades rurales.
En Sekong, a unos 75 km de nuestro punto de partida, realizamos una extensa parada para visitar algunas cascadas ubicadas a las afueras, donde nos bañamos y departimos con los viajeros que por allí se encontraban. Dos jóvenes, un francés y una holandesa, cuyos nombres nunca aprendí y con cuyos estilos jamás confraternicé, se sumaron a nuestra comitiva figurándose que teníamos algún plan preconcebido. Realmente nuestro único plan era remontar los caminos del altiplano hasta que el cansancio o la noche nos obligaran a diseminar nuestros huesos por el suelo de algún hogar laosiano que nos acogiera. En el cruce de caminos de Poukham, a 25 km de Sekong, nos detuvimos para almorzar. Tan sólo encontramos un puesto callejero en el que grandes cuencos de arroz pegajoso compartían mesa con gallinas recién decapitadas, con porciones refritas de algún animal irreconocible o con pequeños pescados de río de formas corruptas y olor nauseabundo. Optamos por comer doble ración de arroz y continuar nuestra marcha.
Los caminos de polvo y piedras que, uniendo las localidades de Poukham y Pakson, atravesaban el corazón del Plateau, ascendían la cordillera con pronunciado desnivel, impidiendo que las motos alcanzaran una velocidad excesiva. Lo agradecimos ya que por muchos de sus tramos estos caminos estaban circundados por empinados riscos y profundos acantilados, convirtiéndolo en una senda comprometida. El recorrido fue espectacular. Los paisajes se tornaron absolutamente verdes, los caminos peligrosamente sinuosos y la brisa tan fresca que tuve que vestir todas las prendas de abrigo que había adquirido en el mercado de Banlung. En algunos tramos nos deteníamos a observar la inmensa selva que se extendía allá abajo, de cuyo corazón emergían ocasionalmente cataratas tan elevadas que se podía escuchar el sonido del torrente golpeando con virulencia el lecho del río. Cuando superamos el tramo más escarpado, ya en la meseta, Jona y yo decidimos adentrarnos en algunas de las pequeñas aldeas que habían comenzado a aflorar en los márgenes del camino, con intención de encontrar un hogar en el que pasar la noche.
Soolin era un tipo de lo más jovial. Era casi tan alto como yo, algo realmente extraño por aquellas tierras, lucía una melena tan llamativa que algunos la hubieran confundido con un bisoñé y no hablaba una palabra de inglés. Nos indicó, por señas, dónde podíamos aparcar nuestros vehículos y se ofreció a mostrarnos las distintas cataratas que rodeaban su finca, y de las que decía ser propietario. Sin saber muy bien cómo nos olvidamos de la visita a las cataratas y terminamos negociando con Soolin y su mujer el precio de un suelo para pasar la noche. El acuerdo al que llegamos fue perfecto. Un suelo en un cobertizo anexo a su casa, una cena, una botella de vino de arroz y una visita guiada a la mañana siguiente por todos aquellos espectaculares parajes. Jona y yo no lo dudamos ni un segundo, aunque nuestros jóvenes acompañantes resolvieron que la idea de hacer noche sobre la fría y rígida madera era más aventura de la que estaban dispuestos a padecer y decidieron abandonarnos en busca de un hotel. Supimos que se les haría de noche antes de encontrarlo.

Cuando Soolin consiguió sacarnos de allí era ya de noche profunda. El camino de vuelta se convirtió en una empresa absurda, durante la que tuvimos que parar varias veces a recoger distintos ingredientes de nuestra cena que se habían derramado de las bolsas al atravesar alguno de los socavones que asediaban el camino. Por fin regresamos al hogar, dulce y ansiado hogar.
Mientras la mujer de Soolin preparaba la cena tuvimos la oportunidad de inspeccionar nuestro alojamiento. En un rudimentario cobertizo sin paredes laterales, construido casi al borde de un profundo barranco, nuestro anfitrión había colocado una mesa de madera, unas cajas vacías de botellas a modo de asientos y, en un minúsculo habitáculo lateral que hacía las veces de alcoba, un par de esterillas y una mosquitera completamente agujereada. A lo lejos se escuchaba la acometida de una cascada cuyo tañido hacía prever una envergadura monumental. Allí cenamos, charlando animadamente con nuestro anfitrión, utilizando básicos instrumentos de comunicación como un cuaderno para dibujar o una calculadora para transmitir datos y cifras. Bebimos Laolao -vino de arroz- y fumamos la maría laosiana de Jona, de una fogosidad inusitada. Por fin, agotado y totalmente mamado me desplomé bruscamente sobre el frío suelo del cobertizo, con el tiempo justo de escuchar el murmullo de las cataratas y de sentir la caricia de la felicidad absoluta antes de desmayarme definitivamente
100 días alrededor del mundo - Todos los capítulos:
Parte primera - África:
Sudáfrica:
Mozambique:
- Beira, atrapado en el infierno
- Quelimane, caminando se hace camino
- Ilha de Moçambique, el descaso del guerrero Mandinga
- Tren a Cuamba, en pos de la frontera
Malaui:
- Malaui, el país de la eterna sonrisa
- Senga Bay, de tradiciones y playas
- Liwonde National Park, el día de las bestias
- Dedza, la lujuriosa noche africana
- Mtendere, la misión
Mozambique:
Suazilandia:
Multimedia:
Parte segunda - Sudeste Asiático:
Camboya:
- Camboya, el sonriente reino jemer
- Sihanoukville, pesadilla en Benidorm
- Phnom Penh (I), la excelencia del caos
- Phnom Penh (II), la cuna imperial
- Kratie, el ocaso de los delfines
- Banlung, el otoño perpetuo
- Virachey, de etnias y junglas
Laos:
- Si Pan Don, las 4.000 islas
- Bolaven Plateau (I), easy riding…
- Bolaven Plateau (II), la ruta del altiplano
- Bolaven Plateau (III), cazadores de cataratas
Camboya
Multimedia:
Parte tercera - Japón:
Tokio:
Multimedia:
Comentarios:
Que historia tan emocionante. La leo desde hace una par de semanas y cada nuevo capitulo me gusta mas. Gracias!
Un beso. Claudia
Gracias Claudia!
Aún queda más de la mitad, espero que la sigas, es muy gratificante saber que no lo rememoro solo.
Un beso
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