100 diás alrededor del mundo - Banlung, el otoño perpetuo.
Autor: Stevie (Thursday, 11 de March de 2010)
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De nuevo despuntaba el alba cuando abordé un minibús en dirección a otro remoto paraje, y de nuevo tuve que bregar con varios conatos de timo, tan inocuos que hasta me costaba disimular la sonrisa.

El viaje, cuya dureza probó que por fin me estaba ablandando, me llevó por polvorientas carreteras que se abrían paso a través de la foresta que cubría el noreste del país, y que producían tal polvareda al paso de vehículos que toda la vegetación que saciaba las veredas del camino se veía sometida a la penitencia de un otoño perpetuo, al encontrarse permanentemente teñida del intenso color castaño de la greda. La visión era sobrecogedora y por primera vez desde que había llegado a Camboya pude asistir a escenas de ese intenso mundo rural que se desarrollaba entre aquella espesa vegetación. Durante el camino tuve la oportunidad de sacar mi reciente adquisición, un pequeño cuaderno de frases útiles, y ensayar mis primeras clausulas en jemer con unas revoltosas jovencitas que, entre risas traviesas, lanzaban pequeños objetos para llamar mi atención. Cuando uno no es mirlo o ratón la pronunciación del idioma jemer se convierte en una empresa de una magnitud colosal y tras varios intentos fallidos descubrí que la manera más asequible de alcanzar algún resultado era mostrando al interlocutor la frase en cuestión escrita en el libro. No encontré, aún así, una solución para comprender las respuestas que me daban, aunque de momento no fue un obstáculo demasiado importante para establecer un contacto somero.
Por fin, tras muchas horas, llegamos a Banlung, la pequeña capital de la provincia de Ratanakiri, erigida sobre un yermo en medio de toda aquella ponderación vegetal. El minibús que me transportaba se adentró en una pequeña finca privada a las afueras del pueblo y allí, sin decir nada, me abandonó. Enseguida entendí que aquello era parte de un acuerdo comercial que el conductor mantenía con los propietarios de la finca, un hostal regentado por una familia china, por el que dejaría allí a todos los posibles clientes que transportara con la certeza de que, ante la alternativa de volver caminando hasta el centro del pueblo, estos aceptarían alojarse allí. Esta treta se convertiría en un clásico en cada uno de mis traslados por el subcontinente.
Tras un largo debate moderado por una inmensa botella de Angkor, acordé con los propietarios del hostal que mi estancia estaría condicionada al precio que me hicieran por un guía, ya que mi intención durante los próximos días era escrutar las incontables bondades de aquel remoto rincón del país y cuya visita estelar era el Parque Nacional Virachey, el coto protegido más extenso de Camboya y hogar de algunos grandes gatos como tigres o leopardos, así como algún ejemplar de los casi extintos rinocerontes de Java. Y de esa manera, escogiendo las 6 de la mañana del día siguiente como hora de partida, cerramos el acuerdo y me dirigí a dar un extenso paseo por aquel peculiar pueblo desértico en medio de la selva.
Ciertamente aquel lugar tenía mucho encanto. Sus polvorientas calles estaban abarrotadas de gentes sonrientes, de puestos de comida, de pequeños comercios y de establecimientos en los que se ofrecían todo tipo de excursiones y servicios de recreo. Realicé algunas compras en el concurrido mercado y, entre otros ropajes, me hice con un Krama, el pañuelo tradicional jemer usado para fines tan dispares como cubrirse la cabeza o la cara, portar bebes, o utilizarlo a modo de foulard o pareo, y que a la postre resultaría de gran utilidad.
Ya de noche, en una pequeña terraza en la que me había sentado a comer algo, terminé rodeado a la mesa toda la familia que regentaba el lugar mientras el hijo mayor, que chapurreaba algunas palabras en inglés, iba traduciéndome las preguntas de cada uno de los miembros del clan y transcribiéndoles mis réplicas. Así me enteré de que aquella noche se iba a celebrar en un descampado a las afueras del pueblo uno de los eventos del año: La feria de Banlung. Pensé que no podía dejar pasar aquella oportunidad de conocer algunas de las costumbres y tradiciones jemeres y encaucé mis pasos hacia el recinto a través de las tenebrosas calles que circundaban el centro del pueblo.
La feria de Balung, a primera vista, no se diferenciaba demasiado de una feria en cualquier otro lugar del mundo. Una noria, un tiovivo, varios tenderetes de tiro al peluche y multitud de puestos de comida y bebida que daban cobijo a infinidad de cachorros jemeres. Ellas, coquetas, andaban en grupos y, vestidas con sus mejores galas, sobreactuaban constantemente con intención de llamar la atención de los mancebos. Ellos, presumidos, exhibían su madurez descolgándose de los cubículos de la noria o montando a los caballitos del tiovivo como si estuvieran rodando una escena de una película de vaqueros. Al fondo, frente a una extensa explanada, un escenario en el que se preparaba la actuación estelar de la noche. Me sentí emocionado; una actuación de música tradicional jemer era el mejor regalo que aquel largo viaje podría hacerme.
Tras un par de vueltas por la verbena me acomodé entre el público que ya abarrotaba la explanada y me dispuse a disfrutar del evento, que por fin dio comienzo. El espectáculo, ante mi estupor, consistía en un concurso en el que diversos jóvenes vestidos con ropa de mujer interpretaban temas de algunos grupos occidentales de los años 80 y 90 asociados al movimiento gay. Era una gala de ladyboys.

Y de nuevo mi pequeño ‘manual del joven jemer’ encontró un ruedo donde probar su valía, y de nuevo tuve que huir de algunas doncellas que consiguieron sobresaltarme al entender cuál era el sentido de aquellas cifras que escribían en la arena. Por fin, tras un par de horas, decidí abandonar aquella celebración y dirigirme a descansar para las intensas jornadas venideras.
A la mañana siguiente, puntualmente, apareció mi nuevo guía. Un diminuto personaje cuyo tono de voz podría amedrentar al mejor cristal de bohemia y cuyas maneras bien podrían haberle granjeado un puesto de honor en la gala de la noche anterior. Makara resultó ser un tipo de lo más afable que sin más me subió a lomos de su pequeña scooter y se puso manos a la obra. Recorrimos algunos de los rincones más bellos de la provincia de Ratanakiri. Paramos en una aldea donde se encontraba su casa. En la minúscula construcción de madera alzada sobre los clásicos pilares habitaban dos pequeños jemeres que resultaron ser sus hermanos, de los que había de cuidar cuidaba dada su orfandad. Recorrimos varias cataratas, algunas de las cuales permitían transitar por detrás de la caída de agua convirtiéndolo en un pasatiempo emocionante, y jugamos durante largo rato con una pareja de elefantes; las mascotas de una familia en cuya casa paramos a tomar un tentempié. Y por fin, a media mañana, dirigimos nuestros pasos hacia el Parque Nacional Virachey, mi destino más ansiado.
100 días alrededor del mundo - Todos los capítulos:
Parte primera - África:
Sudáfrica:
Mozambique:
- Beira, atrapado en el infierno
- Quelimane, caminando se hace camino
- Ilha de Moçambique, el descaso del guerrero Mandinga
- Tren a Cuamba, en pos de la frontera
Malaui:
- Malaui, el país de la eterna sonrisa
- Senga Bay, de tradiciones y playas
- Liwonde National Park, el día de las bestias
- Dedza, la lujuriosa noche africana
- Mtendere, la misión
Mozambique:
Suazilandia:
Multimedia:
Parte segunda - Sudeste Asiático:
Camboya:
- Camboya, el sonriente reino jemer
- Sihanoukville, pesadilla en Benidorm
- Phnom Penh (I), la excelencia del caos
- Phnom Penh (II), la cuna imperial
- Kratie, el ocaso de los delfines
- Banlung, el otoño perpetuo
- Virachey, de etnias y junglas
Laos:
- Si Pan Don, las 4.000 islas
- Bolaven Plateau (I), easy riding…
- Bolaven Plateau (II), la ruta del altiplano
- Bolaven Plateau (III), cazadores de cataratas
Camboya
Multimedia:
Parte tercera - Japón:
Tokio:
Multimedia:
Comentarios:
La segunda foto me ha recordado a la película "La chaqueta metálica". Debe ser que esos paisajes se parecen mucho y no cambian demasiado...
- GB -
No sé si llegaron a rodar algo en Vietnám de verdad, creo que se rodo todo en distintas partes del mundo, incluido, si no me equivoco, República Dominicana, pero lo que es seguro es que los decorados de Kubrick emulaban perfectamente al Sudeste Asiático...
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