- La duda es una condicin tan desagradable como absurda es la certidumbre. Voltaire -



100 diás alrededor del mundo - Angkor, el florilegio 'templario'

Ocio, cultura, viajes, libros, cine, cartelera

En el aeropuerto de Siem Reap, como prueba irrefutable de lo que habría de encontrar en la ciudad, hordas de turistas se amontonaban en todos mostradores y ventanillas para negociar sus visados, cambiar divisas o reservar hoteles y tours.

Padecí de nuevo el curioso sistema de ‘sorteo de visados’ de los aeropuertos camboyanos, por el que había que entregar la documentación necesaria por una ventanilla y pasar a una zona común en la que un funcionario mostraba al público cada pasaporte que iba sienda aprobado, en silencio, camuflando con la pericia de un ratón y la delicadeza de un mirlo su incapacidad para pronunciar nombres occidentales, hasta que su dueño se reconocía en la foto y lo recogía emocionado, previo pago de la tasa. Lógicamente todos los allí presentes nos amontonábamos sin ley sobre el holgado mostrador esperando ansiosamente reconocer nuestras caras, mientras aprovechábamos para curiosear los datos privados del resto de salvoconductos que iban saliendo.

De nuevo litigué con el conductor del tuk-tuk sobre cuál habría de ser mi destino y por fin, tras conseguir a duras penas imponer mi criterio, llegué al hostal que me había recomendado Jona. Golden Takeo Guesthouse (muy recomendado) era un pulcro hospicio ubicado en una estrecha calle sin asfaltar, lo suficientemente alejado del centro como para eludir su bullicio y suficientemente próximo como para llegar caminando. Deposité mi equipaje en la habitación y sin más interrupciones me dirigí a conocer aquella densa urbe.

Seam Reap era una ciudad moderna, dinámica y, al ser la base para explorar los templos de Angkor, tremendamente turística. En su zona más conocida, la que rodeaba a la popular Pub Street, se podían encontrar toda suerte de establecimientos de hostelería y recreo, en su mayoría de estilos occidentales, así como hoteles, pensiones, locales de masajes, de alquiler de vehículos, tiendas de moda, puestos callejeros y demás parafernalia diseñada para el visitante circunstancial. Caminé por diversas avenidas intentando sacar algo positivo de mi regreso a la vida urbana. Circundé los Jardines Reales, discurrí por algunos concurridos mercados con los que topé en mi devenir y me senté en distintos cafés a observar la enérgica vida local. Al contrario de lo que en principio había supuesto se trataba de una metrópoli bastante amable, lo que me hizo recordar que los jemeres tenían una facilidad inusitada para sonreír. Seguí caminando. Cuando me quise dar cuenta estaba a las afueras de la ciudad. Decidí continuar por aquella carretera comarcal con intención de parar alguna moto que me llevara de vuelta, pero mi fugaz regreso al mundo rural me estaba agradando de tal manera que no puse demasiado interés en mi reingreso al núcleo urbano.

Observé  extrañado cómo un grupo de pescadores, ataviados exclusivamente con su ropa interior, se sumergían en los densos barrizales formados en los meandros del estrecho río que fluía paralelo a la carretera. Una vez dentro extendían una sucesión de precarias redes con la que, simulando un sistema de almadraba, iban obteniendo presas de formas tan adulteradas que parecieran criaturas prehistóricas. Observé de nuevo a chiquillos labrando las tierras, utilizando arcaicos arados cuyos yugos colgaban del cuello de inmensos búfalos de agua que obedecían dóciles las órdenes. Por fin el cansancio me hizo reparar en que aún no había conseguido un transporte, no divisaba vestigio alguno de la ciudad y no pasaba ningún vehículo. Seguí caminando, ya cansado y dolorido, hasta que por fin, tras muchas horas y más de 10 kilómetros volví a entrar en Seam Reap por su extremo opuesto, donde por fin encontré un moto que me acercara de vuelta al hostal. Estaba derrotado.

A la mañana siguiente, aún dolorido por la marcha del día anterior, contraté a un motorista y me dirigí a hacer el inexcusable tour por los templos de Angkor, la antigua capital de ese imperio que dominó todo el Sudeste Asiático entre los siglos IX y XV. No podía dejar de pensar que hubiera deseado cambiar aquella visita por unos días más en Laos, pero algo me decía que no podía pasar por Camboya y no visitar su mayor joya, sus santuarios legendarios. Estaba convencido de que, de haber rehuido la visita, me hubiera terminado arrepintiendo.

La primera parada del tour fue el Angkor Wat, la construcción religiosa más grande del mundo, dentro de cuyos muros se asentó la residencia imperial y donde llegaron a vivir más de 20.000 personas. La construcción, tapizada en su totalidad por toda suerte de floreados excursionistas y pertinaces fotógrafos amateur, se intuía una obra arquitectónica majestuosa. Con un poco de paciencia por fin pude pude deleitarme con los espectaculares bajorelieves que decoraban sus muros, sus decenas de estancias comunicadas entre sí por estrechos pasadizos, sus vertiginosas escalinatas de piedra y sus variadas terrazas y balcones desde los que se divisaba la inmensidad del recinto. No me encontraba demasiado bien y decidí continuar con la visita a otros templos.

La siguiente parada fue en el espectacular templo de Ta Prohm, conocido por ser el único de todos los templos de Angkor que no había sido restaurado, lo que permitía conocer el estado en el que se encontraban antes de su descubrimiento a finales del siglo XIX. La combinación de ruinas y naturaleza, que alcanzaba su máxima expresión con las inmensas raíces de los ficus que lo rodeaban estrangulando los muros y pabellones del templo, otorgaba a la escena un aura tan misterioso que en su día sirvió de decorado para una película de Tomb Rider, si bien podía haber sido incluso fuente de inspiración para cualquier obra de Margaret Weis y Tracy Hickman.

Finalmente recorrí las infinitas construcciones de la ciudad amurallada de Angkor Thom, un inmenso recinto de 10 km2 que albergaba, entre decenas de ellos, uno de los templos más solemnes de la cultura jemer: El Bayón. El templo budista, que se conservaba en un estado envidiable, se mostraba como la más impactante expresión de algo que los expertos denominaban ‘barroco jemer’, consumado a través de más de 200 caras esculpidas en la piedra de las 54 torres que definían su perímetro.

Cuanto terminé mi visita al Bayón estaba extenuado, me dolía la cabeza y me importunaba una leve sensación de nausea. Le pedí a mi conductor que me llevara de vuelta al hostal y arreglé con él que me recogiera por la noche para llevarme a cenar. Me dormí. Por la noche me encontraba mejor, así que, tras una extensa ducha caliente, me encontré con mi chófer y nos dirigimos a la infame Pub Street, una calle revestida de pubs, cafés, restaurantes y discotecas, en la que cientos de turistas se agolpaban para disfrutar de las ‘horas felices’ que se iban sucediendo en los distintos locales o simplemente para deambular de un lado a otro del paseo, mostrando orgullosos la combinación de sus intensos bronceados y su carísimo ajuar. Cenamos en un inmundo puesto callejero en el que por 1 dólar servían un ingente plato de arroz con camarones y nos zambullimos de lleno en la irreflexiva noche de Seam Reap, donde, al igual que en las Vegas, todo lo que allí ocurría allí se quedaba...





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Una forma barata de volar a Camboya para ver los monumentos de Angkor es volar al pais vecino Malasia, y desde alli movernos con AirAsia, que es un operador low cost local muy barato.

 

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