El avión aterrizo por fin en la ciudad de Beira y, tras las 2 horas que se demoró la emisión de mi visado, negocié con un conductor para que me llevara a la ciudad, Lonely Planet en mano, a buscar una pensión barata para pasar la noche.

Las primeras impresiones de Mozambique fueron muy emocionantes. Beira estaba conformada por largas calles, muchas sin asfaltar, flanqueadas por un compendio de viejos edificios coloniales, pequeños 'rascacielos' descuidados, chabolas y casas derruidas, y abarrotadas de gentes locales inmersas en sus quehaceres cotidianos. Orondas señoras ataviadas con la típica capulana mozambicana (pañuelo-falda) y portando inmensos bultos en la cabeza. Bueyes. Infinidad de jóvenes vagando o jugando al fútbol en medio de la acera. Cabras. Grupos de gente amontonada en portales, en esquinas, sin hacer nada, dejando pasar tranquilamente otro día de pobreza. Gallinas. Y mucho movimiento de supervivientes buscando algún ‘metical’ a través de básicos medios de subsistencia como la venta ambulante. Y llegamos al centro, donde se encontraban la mayoría de las pensiones baratas.
Tras probar suerte en tres alojamientos y descubrir con estupor que no tenían habitación o ésta estaba a un precio inaceptable (aún no había asumido los precios disparatados del país) y en nada parecido al que sugería la Lonely Planet, el taxista me propuso llevarme a un sitio un poco apartado, cerca del malecón, a una pensión que él conocía. Acepté.
El Hotel Miramar era un antro de proporciones ciclópeas. La recepción estaba llena de inmensos personajes locales sumidos en la indolencia más abyecta y las habitaciones, aunque bastante amplias, eran cochambres sucias y destartaladas, sin cristal en la ventana, sin mosquitera, con puertas de un material similar al cartón y que no albergaba en ninguno de sus rincones restos de su más que probable glorioso pasado. Pero era barato, tenía aire acondicionado y un baño dentro de la habitación y, aunque su suelo no había sido fregado en lustros, sin duda era mucho mejor que un baño compartido en el pasillo. Dejé mis cosas, comprobé que las oficinas de LAM estaban cerradas hasta el día siguiente y bajé a practicar el 'portuñol' con el tipo bizco de la recepción. –‘Boa tarde, ¿voçe conose algún restaurante próximo?’’-. Tan sólo unos metros más arriba, frente al malecón, se encontraba ubicado el bar- restaurante Miramar (recomendado), un local bastante atractivo y de precios aceptables en cuya terraza me senté a tomar mi primera cerveza Manica y a disfrutar como un niño de la vida africana que pasaba ante mí con total naturalidad. Cuando me quise dar cuenta era de noche cerrada, me había bebido unas cuantas cervezas de medio litro (que entraban como agua) y el local se había abarrotado de preciosas mujeres locales muy arregladas, de algún turista borracho y de unos cuantos tipos locales de aspecto totalmente amigable. Sin darme cuenta estaba metido de lleno en la noche mozambicana (que no mozambiqueña)…
Un par de cervezas después me entró hambre y entré en el restaurante a cenar. Mientras esperaba se sentó en mi mesa una preciosa jovencita de eterna sonrisa y escueto vestido. –‘Oi, de onde és?’- preguntó pizpireta. –‘De Espanha’- respondí asombrado… La conversación fue realmente interesante y, entre otras cosas, me dio la oportunidad de concluir que con unas palabras en portugués mezcladas de la forma correcta con el español uno se hace entender sin ningún problema. Además la chica era bellísima. Cuando llegó la cena, 40 minutos después, ya no tenía hambre. –‘Voçe gusta de yantar?´- le pregunté. Sin respuesta alguna se abalanzó sobre mi plato y comenzó a despedazar el inmenso pescado con la mano, arrojándose los trozos a la boca con tremenda ansiedad. – ‘Sou muito golossa, ¿sabes?’- dijo. Sonreí. -¿Y voçe gusta de beber algo?’-, insistí. Con la boca repleta de pescado y patatas fritas le pidió al camarero algún extraño brebaje local que fui incapaz de identificar. Cuando terminó me miró con cara dulce y me dijo, -‘¿Queres conhecer minha casa?’-. Había sido un día muy largo y estaba absolutamente agotado, además de que al día siguiente tenía que madrugar mucho para conseguir algún medio de transporte que me llevara al norte del país, pero la idea de ir a casa con semejante belleza me resultó de lo más atractiva así que sonreí y afirmé con la cabeza mientras levantaba la mano para pedir la cuenta.
Eran más de las 12 de la noche. Caminamos de la mano por las calles de Beira, sin apenas luz. En los portales de las casas se amontonaban grupos de locales de aspecto siniestro que se ponían de pie con intención de cerrarnos el paso hasta que reconocían a la dulce muchacha, vecina del barrio, y se apartaban mirándome como si vieran una gallina preparada para echar en la cazuela. Desde luego la ciudad por la noche era bastante peligrosa y yo iba un poco acojonado, la verdad, pero la dulce muchacha, de cuyo nombre no me acuerdo, hablaba tranquilamente sobre su vida y sus estudios mientras me daba inútiles indicaciones de dónde estábamos. Por fin llegamos a su casa. Entramos por el portal de un edificio tan devastado que sorprende que siguiera en pie. Atravesamos un patio central lleno de críos jugando, y entramos por una puerta que daba al mismo patio. Se fue la luz. Escuche a muchísima gente a mi alrededor hasta que alguien apareció con una vela y vi que estaba rodeado de niños vestidos con ropas raídas y sucias que me observaban curiosos y que varias señoras caminaban por la casa, portando bebes en sus brazos e increpando a los jovencitos en una lengua que no alcancé a comprender. La bella muchacha me llevó a su habitación y se marcho, imaginé, en busca de una vela. 10 minutos después regresó y me dijo –‘Não há luz, vamonos ao restaurante’- y sin más se giró y comenzó a caminar hacia la calle. La seguí a toda velocidad ya que la sola idea de caminar sin su protección por esas tenebrosas calles me aterrorizaba sobremanera. Cuando vi que nos aproximábamos al restaurante de nuevo la miré y le dije -¿No queres venir a meu hotel?. Sonrió y afirmo con una mirada pícara. En la recepción del hostal, de la que salía una terrible y atronadora música, se agolpaban el doble de elementos que antes, todos con su cerveza en la mano. Los atravesamos evitando sus inquietantes miradas y le pregunté al recepcionista si se podían llevar mujeres a la habitación. Todos rieron. –‘Claro senhor, mas tenha cuidado com seus pertences’-, y subimos a mi covacha.
Hicimos apasionadamente el amor. Charlamos, reímos. Volvimos a hacer el amor. Por fin llegó el momento en que mi cuerpo dijo basta y empecé a dar cabezadas entre frase y frase. Comprendí que no era la mejor de las ideas así que le pedí que se fuera. Intercambiamos teléfonos para el día siguiente y mientras nos besábamos en la puerta de la habitación deslicé un fajo de meticales en su mano. No estaba demasiado seguro de si se trataba de una buena acción, de un gesto de prepotencia o de un insulto si lo interpretaba como un pago por sus 'servicios' (nada más lejos de mi intención, ¡vive Odín!), pero al ver en primera persona la extrema pobreza en la que vivía aquella dulce muchacha deseé profundamente que ese dinero se transformara en algo de comida para todos aquellos críos que abarrotaban su casa. Y mientras recordaba que esa misma mañana había perdido el condenado pasaporte en Johannesburgo me dormí profundamente, en gayumbos, sin mosquitera y derrochando felicidad por los cuatro ‘acostados’. Como cada día fuera así no completaba ni la mitad del viaje..
A la mañana siguiente todo se volvió a complicar (aún no conocía Mozambique). Desde la recepción me llamaron a un conductor para que me llevara a las oficinas de LAM. Vitor resultó ser un tipo de lo más simpático y servicial y se convirtió en mi conductor oficial. En las oficinas de LAM, tras hacer cola durante un largo rato (y eso que eran las 7 de la mañana) una señorita impertinente me dijo que sólo había un vuelo semanal a Pemba, que salía al día siguiente y que no había plazas ya. No daba crédito, ¡pero qué complicado es todo!. Me dijo, mientras prácticamente me echaba de la mesa, que como mucho me podía poner en lista de espera y que volviera en 2 horas para ver si había habido alguna cancelación. No quise profundizar en el hecho de que no me llamaran ellos, o de que no me permitieran hacer la consulta por teléfono, o de que fueran absolutamente groseros conmigo, simplemente me marché.
Aproveché el día para conocer la ciudad de Beira cuyo centro neurálgico es la Praça do Municipio, una abarrotada plaza colonial rodeada de comercios y cafés donde la vida de la ciudad alcanza su máxima expresión. Las calles adyacentes, se similar belleza decadente, estaban abarrotadas de puestecitos callejeros en los que se vendía cualquier producto que uno pueda imaginar. Compré una tarjeta SIM local para el móvil, cambié unos ‘dolores’ por meticales, me tomé una Manica, caminé durante un par de horas por el centro, con los ojos muy abiertos, intentando que ningún detalle de esta apasionante vida tan desconocida para mi pasara inadvertido y tomé alguna 'chapa' (cualquier tipo de vehículo para pasajeros, sin límite de plazas) para aventurarme hasta un supermercado donde avituallarme con algunos pruductos de primera necesidad: café, queso, pan y fruta.
Volví unas cuantas veces a las oficinas de LAM pero todas ellas fueron en vano; no tenían el menor interés en ayudarme. Por fin, desesperado, le pedí a Vitor que me llevara a las oficinas de TCO (Transportes Carlos Oliveiras, recomendado), una compañía de autobuses local que fletaba vehículos a casi todos los rincones del país, a precio de avión. Sólo había un bus hacia norte para el día siguiente y éste iba a la ciudad de Quelimane, todavía muy lejos de mi destino final. Pensé que al menos me aproximaría algo y que, aunque fuera etapa a etapa, al menos llegaría a Pemba con tiempo de hacer algo de lo que había planeado. Compré el billete y me marché a hacer tiempo al hostal ya que el bus salía a las 4 de la madrugada y había que estar en la terminal a las 3. No iba a poder despedirme de mi dulce amiga…
|
MOZAMBIQUE Idioma oficial: Portugués |

[foto de un cartel que había en la puerta de mi habitación]
100 días alrededor del mundo - Todos los capítulos:
Parte primera - África:
Sudáfrica:
Mozambique:
Malaui:
Mozambique:
Suazilandia:
Multimedia:
Parte segunda - Sudeste Asiático:
Camboya:
Laos:
Camboya
Multimedia:
Parte tercera - Japón:
Tokio:
Multimedia:
[comentarios (0)]
http://www.laislamagica.com/article.php/100-dias-alrededor-del-mundo-beira